Es lo que digo yo: Todo es culpa del siete.

La peligrosa costumbre de responsabilizar a la afición de los fracasos de Las Ventas, ha vuelto a relucir tras el sonoro fracaso de la pasada Corrida de la Hispanidad.

Por Luis Cuesta – De Sol y Sombra

En la tauromaquia existe una curiosa contradicción: cuando un torero triunfa en Madrid, el mérito pertenece exclusivamente a su arte, su valor y su capacidad para emocionar. Pero en ocasiones cuando las cosas no salen como se esperaba, aparece un culpable al que señalar: el tendido siete. No el toro, ni los profesionales, el culpable de todo para un sector de la crítica es el tendido siete o al menos así lo están tratando de vender algunos medios.

La Corrida de la Hispanidad, ha vuelto a poner de manifiesto esta tendencia. Tras una tarde que despertó enormes expectativas por la presencia de Morante de la Puebla y por no haber conseguido el triunfo, gran parte del debate se ha concentrado en el comportamiento de un sector de los aficionados, como si sus protestas fueran suficientes para culparlos de todo lo ocurrido.

Pero conviene hacerse algunas preguntas.

¿Cómo es posible que un grupo relativamente pequeño de espectadores tenga la capacidad de imponer su voluntad a una plaza con más de veinte mil personas?

¿Acaso el resto de los aficionados carece de criterio propio? ¿Son incapaces de distinguir una buena faena de una mala? ¿Necesitan que alguien desde un tendido les indique cuándo aplaudir, cuándo protestar o cuándo emocionarse?

La explicación de algunos medios y aficionados resulta difícil de sostener.

Porque cuando un torero consigue poner Madrid boca abajo, cuando una faena alcanza esa dimensión artística que convierte una tarde cualquiera en un acontecimiento histórico, el tendido siete también está allí.

No desaparece. No abandona sus localidades. No deja de existir. Y, sin embargo, nadie le atribuye entonces el poder de impedir el triunfo.

¿Entonces porque su influencia parece determinante únicamente cuando las cosas salen mal?

El toro, el gran ausente de la discusión

Hay algo todavía más preocupante en esta polémica: la facilidad con la que algunos están queriendo desplazar la atención del ruedo hacia los tendidos.

Porque mientras se discute sobre gritos, protestas y supuestas campañas contra determinados toreros, parece olvidarse un elemento fundamental del espectáculo: el toro. Ese que solo interesa cuando no aparecen anunciados los protegidos de siempre.

¿También fue responsabilidad del tendido siete la presentación del ganado lidiado en la pasada Corrida de la Hispanidad?

¿Fueron esos aficionados quienes eligieron los toros? ¿Determinaron su trapío, su fuerza o su comportamiento? ¿Decidieron qué animales debían salir por la puerta de chiqueros?

Naturalmente que no y lo saben perfectamente lo que hoy lanzan dardos contra el siete, al que culpan por el fracasado cierre de la feria de otoño.

Madrid no puede convertirse en una plaza complaciente

El prestigio de Las Ventas no se construyó sobre la unanimidad ni sobre los aplausos obligatorios.

Madrid es Madrid precisamente porque su afición ha mantenido históricamente un nivel de exigencia que la distingue de otras plazas.

En sus tendidos conviven distintas sensibilidades, maneras de interpretar el toreo y criterios sobre lo que merece reconocimiento.

Esa diversidad no representa una debilidad. Es parte esencial de su personalidad. El tendido siete, con sus virtudes y defectos, pertenece a esa historia.

Se puede discrepar de sus formas. Se pueden considerar exageradas determinadas protestas. Incluso se puede cuestionar la oportunidad de algunas de sus intervenciones. Pero de ahí a convertirlo en una especie de organización terrorista capaz de controlar emocionalmente a miles de espectadores existe una distancia considerable.

La libertad del aficionado también merece respeto

En ocasiones parece que la libertad de expresión en una plaza de toros solamente resulta aceptable cuando se manifiesta mediante aplausos. Los críticos parecen olvidar que el espectador que paga una entrada no adquiere la obligación de festejar cuanto sucede delante de sus ojos. Tene derecho a emocionarse, a permanecer indiferente y también a expresar su desacuerdo, siempre dentro de los límites del respeto y sin impedir deliberadamente el desarrollo de la lidia.

La libertad del torero para crear y la libertad del aficionado para juzgar no son principios incompatibles. Por el contrario, forman parte de la esencia misma de la tauromaquia.

Morante de la Puebla es un artista extraordinario, capaz de interpretar el toreo con una sensibilidad que muy pocos poseen. Reconocer su grandeza no significa, sin embargo, que cada una de sus actuaciones deba quedar al margen de cualquier cuestionamiento.

La admiración verdadera no necesita eliminar la crítica.

Y el respeto a una figura tampoco exige desacreditar a quienes contemplan las cosas desde una perspectiva diferente.

El siete como excusa

La tauromaquia atraviesa un momento en el que necesita más autocrítica que nunca.

Necesita empresas comprometidas con la categoría de sus espectáculos, ganaderías capaces de ofrecer toros acordes con la importancia de cada plaza y profesionales dispuestos a asumir las exigencias que acompañan a los grandes acontecimientos.

También necesita aficionados independientes.

Resulta demasiado sencillo responsabilizar a un sector de la plaza de una o dos tardes decepcionantes de la pasada feria de otoño. Ya que es mucho mas complicado reconocer y explicar que las expectativas pueden frustrarse por razones estrictamente taurinas.

Y entre esas razones se encuentran la presentación del ganado, su comportamiento, y, naturalmente, la actuación de los propios toreros. Reducir todo ese conjunto de circunstancias a las protestas de un sector del público constituye una explicación tan cómoda como insuficiente.

El tendido siete también estaba allí cuando Morante triunfó en el 2025

Conviene recordar una realidad que suele quedar fuera de estas discusiones.

Las grandes tardes de Morante del año pasado, aquellas que forman parte de la memoria colectiva de la afición madrileña, también se celebraron con el tendido siete ocupado.

Allí estaba cuando Morante alcanzó la gloria.

Allí estaba también.cuando toda la plaza se rindió ante faenas extraordinarias.

Allí estaba cuando la emoción terminó imponiéndose a cualquier diferencia de criterio.

Esto no significa justificar todos sus comportamientos. Ningún sector del público posee el monopolio de la verdad taurina.

Pero tampoco resulta razonable atribuirle una responsabilidad que corresponde compartir entre todos los protagonistas del espectáculo.

La exigencia no es el enemigo

El verdadero peligro para Las Ventas no reside en la existencia de un sector de aficionados críticos.

El peligro aparece cuando se pretende que la discrepancia sea interpretada automáticamente como una agresión y que la exigencia se confunda con una actitud extraña dentro de la tauromaquia moderna.

Madrid necesita conservar su personalidad.

Necesita toreros capaces de conquistarla, toros que respondan a su categoría y aficionados que mantengan la independencia de su juicio.

Lo que no necesita son dedos inquisidores que señalan como culpables al siete cada vez que una corrida no alcanza la dimensión esperada y que tapan con otro, los hechos reales que catapultan las tardes al olvido.

El tendido siete no es infalible, pero tampoco es responsable de todos los males de Las Ventas.

Y quizá la pregunta que deberíamos hacernos no es por qué protesta una parte de la afición, sino por qué resulta tan incómodo para algunos que todavía existan espectadores dispuestos a exigir y respetar el reglamento.

La tauromaquia hoy en día necesita menos excusas y más verdad. Y esa verdad comienza por reconocer que la exigencia del aficionado no es el problema: al contrario es una de las razones por las que Las Ventas sigue siendo la primera plaza del mundo.

El problema real es cuando queremos bajarle un punto a la exigencia y uniformar los criterios al gusto de los profesionales. Ahi es cuando comienzan los verdaderos problemas. Por eso Madrid es Madrid y ojalá que se mantenga así por muchos años más.

Es lo que digo yo.


De Sol y Sombra
La Pasión que nos Une

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