Un Niño Sin Fiesta – En la Muerte de Carlos Fuentes (1928-2012)

Pregón Taurino, Obra Taurina Fundamental de Carlos Fuentes.

Dejando a lado el catálogo habitual, a veces se tiene la sensación que es cierto aquello de que cuando un gran hombre muere, toda una biblioteca se va con él y será porque siempre hay algo más detrás de la magna obra. Cierto, Carlos Fuentes fue “un niño sin Fiesta” pero de cuando en cuando, siempre que las letras –y hay momentos en que- importan más todo, hay quienes importan más que nadie. Hoy, para pena nuestra, muere un hombre cuyas ideas varias veces han importado más que todo, incluso, taurinamente.

Por: Luis Eduardo Maya LoraDe SOL Y SOMBRA.

Sería la histórica alfombra azul del Teatro “Lope de Vega” en Sevilla la que tendría que servir para que taurinamente Carlos Fuentes hiciera el paseillo literario un Domingo de Resurrección en la antigua Hispalis.

No poca cosa, el mexicano Fuentes dictó el XXI Pregón Taurino, Sevilla 2003. Y lo hizo con lo que de él, como de los buenos toreros, siempre se espera, claridad de ideas derivada del valor y a partir de lo que marca buena parte de su obra, el simbolismo.

Recuerdo “Los Cinco Soles de México” que en aquel albor milenario decían muchos que resultaba ser “la novela de novelas” del eximio autor; la sucesión de imágenes, de emblemas y la puesta en escena de los mismos, sobrevienen uno a uno prácticamente en liturgia de episodios trascendentales para la identidad, atención, no solo mexicana.

Ese mosaico de luces y sombras, de muertes y nacimientos de aquella afortunada compilación de su obra, regiones urbanas y transparentes, redenciones y conquistas conjugadas, tiene el vehículo de su expresión  gracias a que, el de Fuentes, corresponde en toda medida, a un universo que deriva de la sensibilidad casi numismática del gran escritor que siempre encuentra una respuesta sensorial a cada sucesión de imágenes dentro de la historia, de su propia vida.

Carlos Fuentes es el maestro del simbolismo. Pues mientras Octavio Paz sabe y disecciona las consecuencias del atavismo, los espirales de sus amarras y las sombras de su desenfrenado fin en todos nosotros, Fuentes siente primero y explica después, muchos de los rasgos que figuras y formas alumbran realidades y muchas veces las propias sombras de una cultura.

Por eso es de considerar el hecho de que para Fuentes no sea extraño, a pesar de ser un “niño sin Fiesta”, sino que resulte sumamente sencillo encontrar no solo las claves sino las llaves de la Fiesta y particularmente de su episodio más, no irónicamente, simbólico y culminante, el acto de la corrida.

Así, cuando Fuentes descubre la Fiesta, el famoso Domingo 9 de Diciembre de 1945, según él mismo dentro de esa pléyade “de villamelonaje certificado” que inundó La Condesa para la sucesión del rito taurino, la cascada inacabada de costumbres, ceremonias, tradición y, claro, simbolismos, ha de maravillar al entonces adolescente con Fiesta.

Y de ahí parte a la identidad. En culto al toro y al torero, en plena sucesión de ritos.

Al hilo del toro, al tiempo del toreo, Carlos Fuentes va a reflexionar y a encontrar cada razón de cada blasón taurino.

Desde la razón de la liturgia del desencuentro humano y su posterior encuentro con la naturaleza, de la herejía torera que después en Guillermo Sureda encuentra su mejor expresión: si para Fuentes el torero es hereje –el que elige- para Sureda el toreo no puede otra cosa ser más que el arte de la elección.

Porque para Carlos Fuentes el toreo es identidad, decíamos antes no solo mexicana y no únicamente española, es la afirmación del encuentro de las paradojas naturales y humanas. Por ello, la máxima paradoja taurina tiene en el autor fallecido una de las más luminosas y hermosas expresiones: el toro, para Carlos Fuentes, es realmente el único inmortal en el acto de la Corrida.

Cómo puede ser esto, sino entendiendo la impersonalidad del toro, que renueva su sangre, volviendo y a la vez regresando a la tierra cada que el toril se abre. Esa necesidad de personificar, de identificar los símbolos de la corrida, hace al autor notar que la corrida y la impersonalidad natural del toro, nos brinda el imperioso afán de nombrarle o bautizarle de nuevo en rito, que el toreo es eso.

Toda la imagen de la naturaleza condensada en el toro, toda la imagen humana de “popular nobleza” y “populosa e innata aristocracia”, resumida en la Plaza y el traje de luces del torero –recuerdo su voz en el famoso documental, encendida de taurina pasión- posee la contradicción de contradicciones: la inmortalidad del toro es la inmortalidad de la naturaleza, con sus formas y sus cambios. O la enfrentamos o nos devora, como él nos ha demostrado.

Pero queda para Carlos Fuentes el análisis de la estructura de los elementos de la corrida.

La Plaza resulta el espacio público donde se congrega el pueblo en toda su esfera y en todas sus caras, con el torero que “se desprende del pueblo” para que “con su traje de oro” se eleve “al nivel de la aristocracia”. Este es un principio general, material, vigente y riguroso que Fuentes identifica como irradiante hacia todo el Toreo y, si observamos, con él regresamos de nuevo al simbolismo y su explicación, por eso los toreros tienen que hacer valer su categoría en todo momento y en todo acto en que se presenten.

Y el Pueblo, el conjunto de los ciudadanos, como muchas veces se ha identificado al coro de las tragedias griegas, tan mediterráneas que nos vuelven a encerrar en el cerrajo del superviviente peninsular de la supresión mediterránea, el toro.

Fuentes va más allá. Con su vena política identifica al palco de la autoridad como el gobierno presente, el arquetípico elemento que brinda orden y que legitima por supuesto el espectáculo taurino. El gobierno está en la Fiesta porque el Estado no se puede sustraer a la urbe, representada por la Plaza que resulta ser el lugar donde despacha. Ni tampoco a la naturaleza, representada por el toro en la propia Plaza, de modo tal que el encuentro de la naturaleza y el hombre requiere igualmente de la fuerza del Estado.

Y quizás la culminación con la que sea una de las conclusiones que hace de la Fiesta la afirmación más clara de todas respecto a la relación naturaleza-ser humano y dentro de la misma, la que ambos comparten tanto la vida como la muerte: “El torero puede matar” esto es cierto, es un hecho y lo es solo “Porque el mismo puede morir.”

Así el ciclo de la identidad, del simbolismo, taurinamente queda explicado para Fuentes.

Ha partido hoy en pleno día de San Isidro. Le recordaré siempre en esa noche de Centro Histórico que mucho guarda y guardará de él, esa calle de Cinco de Mayo con su “Bar, La Ópera” y esa españolísima Isabel la Católica, de duermevela igualmente y que tampoco es casualidad haya ganado la Cruz bautizada con el nombre de la Reina de Castilla.

Saber ver al toro pronto es lo que Fuentes, como los grandes toreros hacen, pues: “El toro y el torero serán siempre la primera noche de hombre//El torero y el toro serán siempre el primer sol de la muerte//El domingo de resurrección culmina la Semana Santa sevillana…”

El día de San Isidro de este año ha culminado su “Semana” en esta Plaza.

La nuestra, el estudio y reflexión de toda su obra no solo la taurina, prosigue y aun con mayor fuerza a partir de hoy.

Por eso aquella mañana en el «Lope de Vega» la alfombra azul era más azul que nunca, en aires regios. Para que con todo imperio, la Puerta del Príncipe del toro de las letras se abriera a cuerpo gentil para el que hoy se ha tan solo despedido cumpliendo y abriendo las puertas del rito aquí ya explicado.

Tal como se abren hoy para el Maestro, las de la eternidad.

Twitter: @CaballoNegroII.

Buñuel - Fuentes, en formidable Mano a Mano.

*CARLOS FUENTES MACÍAS. Ciudad de Panamá, 11 de noviembre de 1928.  Aura, La muerte de Artemio Cruz, La región Más Transparente, Terra Nostra, XXI Pregón Taurino, Sevilla 2003. Premio Rómulo Gallegos en 1977, Premio Cervantes en 1987, Premio Príncipe de Asturias en 1994 y en 2009 Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica. Fue nombrado miembro honorario de la Academia Mexicana de la Lengua en agosto de 2001. Ha fallecido en la Ciudad de México, D.F. el 15 de mayo de 2012. Es velado en su domicilio de San Jerónimo.

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