Por ZABALA de la SERNA
zabaladelaserna.com
Comí la pasada semana en la clásica “Casa Sierra”. Una vieja foto de la pared del pasillo de la cocina me llamó poderosamente la atención. Databa de una tarde veraniega de los años 80 en Madrid: Emilio Oliva en el platillo le cambiaba por la espalda el viaje al toro. ¡Ostras, Pedrín! Todos con las manos en la cabeza de pura admiración. Oliva convirtió el instante en publicidad.
Tres décadas después vemos los péndulos con las manos en los bolsillos.
A Castella y a Perera incluso se los reprochamos. Tomando el pase como referencia, me extiendo: nuestra capacidad admirativa y apasionada ha bajado a niveles increibles. Nada tiene importancia.
El más reciente suceso que se ha enterrado ha sido la épica de Miguel Ángel Delgado en el ojo de un huracán. Vendaval climatológico y vendaval de oleadas de un manso que se dejaron sin picar. Ese chico flaco en los medios con la izquierda. La muleta odeando como un trapillo. Y la quietud por bandera una, dos, tres tandas sin renuncia. Tantas veces que se dice “¡cómo salían antes los toreros en Madrid!”. O trasladada la exclamación a interrogación: “¿Comó salían antes los toreros en Madrid?”
Como Arturo Saldívar y Miguel Ángel Delgado. Frente al prudente pasotismo de la mayoría, a quien firma le asombraron. Y los quisieron ningunear. Otros mil años de Tejela y compañía os merecéis.




Responder a Abraham UlloaCancelar respuesta