Camino a Soria con los adolfos…

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Por José Ramón Márquez.

Como Diógenes con su candil peregrinamos la piel de toro en busca, precisamente, del toro. Por ello la ocasión de Soria no se podía dejar pasar: toros de Adolfo Martín, divisa verde y encarnada, antigüedad de 31 de mayo de 1988, procedencia Marqués de Albaserrada para Urdiales, Castaño y Adame.

Lo perfecto, lo que no se suele dar, es que a esta corrida en vez de Adame hubiese ido un torero mas experimentado con este
tipo de toros y encastes como Ivan Fandiño, que nos sigue debiendo una de Adolfo, pero las cosas del cálculo empresarial y de la dirección de las carreras prefirieron poner al de Orduña en el mismo cartel que los zalduendíbiris y eso significó perdernos a Fandiño porque, evidentemente, uno no se desplaza ni a Fuenlabrada por los Zalduendo, los mate quien los mate, aunque resucitase El Chiclanero.

Como contrapunto a los Zalduendo que tenían preparados para el del Domingo de Calderas, Adolfo Martín Andrés preparó para el Sábado Agés una auténtica corrida de toros. No es extraño que los julis, los manzanares, los pereras y demás fauna denominada ‘figuras’ por sus terminales mediáticos no quieran ni ver al toro porque ahí te das cuenta de que estos bichos nada colaboradores por menos de nada te meten el susto en el cuerpo, hacen que resulte de lo más incómodo estar junto a ellos y encima, si te descuidas, te puedes llevar un tabaco como le pasó a Urdiales cuando se quedó en la cara de su primero al entrar a matar.

Como es norma de la casa los seis adolfos mantuvieron educadamente sus bocas cerradas y hubo quien explicó en el tendido que eso se debe a que a estos les cosen la boca en el herradero.

Como es natural cuando se trata de una corrida de toros seria hubo diversidad de comportamientos, desde el que cumplió suficientemente en varas como el quinto Madroñito, número 100, hasta el que fue a más como el primero, Baratero, número 16, o el que se escupió del caballo saliendo suelto como el sexto, Madroño, número 62; toros que plantearon dificultades a sus matadores, que regalaron sus embestidas cuando se les hicieron bien las cosas y que pusieron en el ruedo de la Plaza de Toros de Soria, La Chata, la seriedad del toro.

La presentación del encierro resultó aceptable tratándose de la Plaza en que estamos. El segundo, Madroño, número 24, un poco asardinado, se creció en el último tercio y propició un emocionante trasteo de Castaño; el quinto feo por ensillado, algo cabezón y de cierto aire anovillado fue un toro que impuso su ley y que acabó toreando a su matador; el cuarto, Aviador, número 113, un cárdeno en tipo ibarreño como esos negros que a veces se dan en esta casa y en la de Victorino, fue el más soso del encierro aunque ahí estaban sus embestidas para quien supiera aprovecharlas. En conjunto vimos un encierro que, sin ser alimañas, pusieron de su parte la emoción del toro, la viveza en la arrancada, la sensación de peligro y la casta.

Decíamos a propósito de Urdiales en Madrid que este torero cuando pasaba Somosierra se amustiaba. A la vista de lo de ayer, creo que habría que pensar en subir esa frontera hasta la Sierra de Cameros, porque Urdiales ayer trajo a Soria unos argumentos tan poco sólidos como los de Madrid. Desconfiado y probón, apenas sacó dos espléndidos redondos sueltos, como para demostrar las condiciones del toro cuando se le llevaba sometido y se remataba adecuadamente el muletazo; no osó en ningún momento aceptar el reto de intentar someter a Baratero, número 16, por el pitón izquierdo y, en cierto modo se le comprende porque el toro era muy serio, grave diríamos, y no debía ser fácil aguantar su mirada. Se quedó en la cara al entrar a matar y el bicho, certero, le dio su puñalada. Lo mató Castaño a la última de cualquier manera.

En su primero, Castaño echó el resto y nos ofreció lo que diríamos la faena buena de Castaño, basada en demostrar su valor y en quedarse quieto. Acaso habría faltado un poco más de sometimiento del toro, de tomarle más la posición y de llevarle toreado, de romperle, pero es verdad que el toro Madroño, número 24, era bastante complicado. Quedémonos con la entereza de Castaño que tragó lo suyo y que quiso estar a la altura. En su segundo, excelentísimamente lidiado por Marco Galán, Castaño no se confió ni un pelo. Estuvo todo el rato rodeando al toro, sin dar el paso adelante, por las afueras, deshaciendo el trabajo de su peón, y enseñando malamente al toro. Mató mal.

Lo de Joselito Adame era lo esperado. Después de sus dos “triunfos” patateros de Madrid, se pone enfrente de una corrida seria, sin el apoyo de esa claque que tanto le empujó en su segunda comparecencia en Feria del Aniversario, y entonces salen a las claras las muchas carencias de este hombre.

Le tocaron tres toros por la cogida de Urdiales, cada uno de una condición distinta, y en ninguno de ellos pudo dejar otro sello que el de su voluntad. El tercero, Tomatillo, un toro de mucho cuajo, se entregaba sin protestas a costa de que se le hicieran las cosas bien, lo que se dice un toro para un torero; a cambio Adame demostró la insuficiencia de sus argumentos neotaurómacos cuando enfrente hay casta y seriedad: el bicho se lo echó a los lomos -tal y como había profetizado un minuto antes el aficionado R.- y no logró transformar una sola de las humilladas embestidas del toro en un pase medio estimable. Se guareció en la ayuda para tratar de trazar los naturales o, al menos para intentar poner al toro en movimiento, tratando de aliviarse un poco. Su labor estuvo muy por debajo de las condiciones del toro, al que mató a base de descabellos.

Su segundo fue el ibarreño antes citado cuya faena inició sentado en el ancho estribo del coso de San Benito, siendo esto lo más reseñable del conjunto de su labor en los tres toros que mató. Como el toro era peor que el anterior y el torero era el mismo, puede imaginarse que la labor con la muleta del mexicano tampoco rayó a mucha altura, adoleciendo de idénticos errores de bulto, propios de la Tauromaquia 2.0 tales como no cruzarse, citar en la cadera o rematar los pases por arriba, en fin, todas esas cosas que sirven para las cabras y que dejan de servir cuando sale el toro. Lo mató de descabello.

En su tercero, Madroño, número 62, volvió a presentar las mismas cartas con la diferencia de que el toro le dejaba estar y estaba dispuesto a regalarle un triunfo, a poco que le hubiese hecho. Dio, en general, muy pobre impresión y cuando, por hacer algo, le hizo al toro unos cucuruchos -en este caso no se puede hablar de cartuchos- del pescao, la cosa adquirió tintes casi bufos. A este también lo mató a base de descabellos.

Renglón aparte merece la cuadrilla de Castaño. Como por ahí andan ninguneándoles y haciéndoles de menos hay que decir muy contundentemente que estuvieron sensacionales en los dos toros de su matador. Ya se ha dicho antes la lección de toreo que dio Marco Galán en el Madroñito, número 100, a base de capotazos medidos, ahormando la embestida del bicho, enseñando el toro a su matador, mejorándole.

A ese toro le había puesto Castaño por tres veces al caballo de Tito Sandoval. En las dos primeras el toro se abalanzó sobre el penco, sin apenas dejar al varilarguero realizar el cite; para la tercera vara, Castaño se llevó el toro a los medios -hubo algunos que protestaban que se diese esa tercera vara- y Tito, poniendo de frente al caballo, provocó bellamente la embestida del toro señalando el puyazo delicadamente en el sitio. Después, en banderillas, Adalid estuvo sobrado en dos buenos pares realizados con gran verdad y torería, pero Fernando Sánchez nos levantó de los asientos en un extraordinario par de poder a poder: el torero está situado en la querencia de chiqueros, el toro le ve y se va hacia él con velocidad, el torero aguanta sin empezar a moverse y cuando el toro se le viene galopando con fuerza, Sánchez inicia suavemente el cuarteo, todas las ventajas para el toro, dejándole llegar muchísimo y reuniendo un soberbio par entre los pitones.

Decían los viejos del lugar que hacía no sé cuantos lustros que no se veían tres puyazos en Soria y que ni se sabe el tiempo que hacía que no había una corrida de toros de verdad. Ayer hubo una gran corrida de toros, a ver si cunde el ejemplo.

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