Cómo y por qué Iván Fandiño rompió en figura en Mont de Marsan.

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Al importante triunfo de Pamplona, ha seguido el de Mont de Marsan y éste realmente trascendental por los buenos aficionados de su plaza.

Por José Antonio del Moral.

Tras su triunfo en San Fermín frente a un gran toro de Fuente Ymbro con el que realizó la mejor faena de la feria, la siguiente cita de Iván Fandiño con reses de esta misma ganadería –la más encastada con diferencia dentro de las mejores en este momento– tuvo lugar anteayer miércoles 17 de julio en la plaza francesa de Mont de Marsan. Fue en la primera corrida de su feria de La Madelén que, por cierto, se ha convertido en la más importante del sur oeste francés porque es la que ofrece más y mejores carteles y, por consiguiente, la que atrae más y mejor público, superando a las que de siempre le llevaron la delantera en esta región, las de Bayona y Dax.

Como saben mis lectores, no he sido precisamente un ferviente admirador de Iván Fandiño hasta este año y buenos disgustos que me ha costado dudar de su valía. Hasta recibí advertencias amenazantes de uno de sus banderilleros en el hall del Hotel Ercilla de Bilbao.

Pero como nunca, jamás, me dolieron prendas y como, además, soy por suerte un observador privilegiado de cuanto acontece en todo el mundo taurino desde hace 50 años, en la segunda mitad de la pasada temporada empecé a creer en el brillante futuro del matador vizcaíno, incluso pese a su doble fracaso con seis toros en solitario en Bilbao y Valencia.

Sin embargo y tras sufrir la grave cornada de San Isidro, hemos visto cómo está dando pasos de gigante tras su reaparición.

Al importante triunfo de Pamplona, ha seguido el de Mont de Marsan y éste realmente trascendental porque aconteció en una plaza llena hasta los topes de muy buenos aficionados –los tendidos se parecieron a los de la Maestranza de Sevilla por su atinada y respetuosa manera de ver la corrida–, con una presidencia rigurosísima y frente a una corrida muy seria y encastada que echó varios toros buenos aunque de esos que hay que saber y poder sacarlos partido. Y si a ello añadimos que el primer espada del cartel era nada menos que El Juli, aún más importante resultó el acontecimiento.

El Juli se llevó lo peor del envío. Un primer toro imposible por su endemoniado genio –curiosamente se llamaba Veneno–, incluso para quien ostenta la máxima categoría de los diestros que se distinguen por poderosos, y otro que terminó embistiendo gracias a la innegable maestría del madrileño. Un toro con mucho que torear, al que Julián López toreó en creciente perfección con la muleta sobre la mano derecha, sin duda espoleado por la gran faena que Fandiño había hecho al tercero. Merecida apoteosis

Pero tan ostensiblemente motivado vimos a El Juli que, en vez de entrar a matar cuando tenía las dos orejas ganadas, se extralimitó en su afán de superar lo insuperable con un largo arrimón que no aceptó el animal hasta el punto de ensuciar innecesariamente el importante trasteo que acababa de llevar a cabo. Por eso y porque la estocada con que mató fue uno de sus ya demasiados repetidos caponazos, tras perfilarse fea y exageradamente con la espada apuntando a la luna y no al morrillo del toro, lo que iba para dos apéndices quedó en uno, lo que le privó de salir a hombros.

El de Orduña, por su parte, nos asombró para empezar con el magnífico tercer toro. Capote, muleta y espada irreprochables desde cualquier punto de vista. Además, con esa maravillosa frescura y esa natural entrega que los toreros en vena exhiben en los momentos cruciales de su carrera.

Últimamente, Fandiño está viendo toro en todas y cada una de las circunstancias que se le presentan. Y lo ve tan claro que asombra por la certeza de sus puntuales decisiones a lo largo de la lidia, sin duda inteligentes por antecederse a lo que el toro va a plantearle –lo que demuestra su gran valor– y, por fin, mediante un estilo clásico sin la menor mácula por lo que respecta a elección de los terrenos más adecuados en cada caso, la colocación precisa en los cites, la ejecución perfecta de las suertes y un incondicional sentido del temple. Y todo ello culminado con unas estocadas de las que los toros salen fulminados.

Lo repitió para remachar el clavo con el no tan bueno sexto. No tan bueno en principio, pero bueno, porque cuando se torea bien todos los toros mejoran. Un pinchazo previo a otra gran estocada le privó de cortar la segunda oreja, pero no de disfrutar de una merecidísima apoteosis en su salida de la plaza en loor de multitudes.

Mientras era sacado en hombros me acordé de una histórica tarde de la feria de Valencia de 1971 cuando Paquirri rompió en figura cortando el rabo del sexto toro de Pablo Romero alternando con Antonio Ordóñez y Paco Camino que también triunfaron –dos orejas y una respectivamente– aunque no con la contundencia de Paquirri, ese año recién ennoviado con Carmen, la hija mayor del gran maestro.

Estocada desprendida.

En las distancias entre ambas corridas hay que situar a Matías Tejela, que llevaba dos años cuajando muy buenas faenas en Mont de Marsan. Una con un extraordinario toro de Robert Margé y otra con otro estupendo de Fuente Ymbro.

Al verle bastante bien con el magnífico segundo de anteayer, aunque no como en las dos señaladas ocasiones, pensé en eso de que “quien no ha visto a Matías en Monte de Marsan no ha visto a Matías”… Cortó una oreja a un toro de dos. Pero con el también magnífico sexto anduvo tan por debajo de sus condiciones que, pese a matar de solo una estocada –simplemente desprendida–, la presidencia se negó a darle la oreja que, para colmo, no fue pedida mayoritariamente. Protestó con gestos desabridos el de Alcalá de Henares, pero sin razón. En mayor o menor medida, había dejado escapar el mejor lote de la tarde.

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