Cuando el duende enferma de soledad.

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Por Elena Pérez.

El otro día contaba por aquí mi último viajecito al sur y decía que mi sur es distinto al del estereotipo. Que, respetándolos profundamente, ni Rocíos ni Semanas Santas. Ni cantes ni bailes. Ni Ferias. Ni modas, sevillanas ni claveles. Mi sur es el sur de Carlos Cano, dije. El sur que siente. El que se desgarra de puerta adentro. El sur doliente. El que no se vende. El que apenas se deja ver. El de la soledad de los genios que ha parido.

También dije que anduve por Jerez buscando el respiro de la Lola. Porque para mí la Lola ha sido más que una taranta o un dúo con Caracol. La Lola tenía una fuerza que excedía con mucho a lo que representaba. Supongo que eso será el duende. Ese algo que muchos distinguen pero nadie lo explica. Esa cosa indefinible que cuando alguien se lanza a especificar, fracasa completamente pues no hay quien la concrete. Con andar pensando en la Lola y el duende, lo hice también con Paula en la cabeza. Será que el concepto de la soledad, tan del gitano, a mí tampoco me abandona. Y busqué la calle Cantarería por aquello del fetichismo. A falta de encontrarla, terminé visitando la plaza de toros y por tanto, pensando en esa primera vez en la que el gitano formó la de Dios allí dentro.

En la tarde de ayer, tan sólo una semana después, me encuentro con la noticia de que un ganadero ha encontrado al maestro Rafael de Paula, tirando en una cama, de donde no se ha levantado en 25 días y rodeado de tanta basura como una calle de Madrid.

Y me vine abajo. Como siempre que esto ocurre, busqué refugio en mi estantería y allí estaba el libro (que tantas veces ya he recomendado pero que lo haré una más y ahora con el mayor motivo) de Francisco Reyero, “Rafael de Paula, dicen de ti”. El mismo que debí echar a la maleta en este último viaje al sur y que me arrepentí seriamente de no haberlo echado:

Rafael Soto Moreno es una voz auténtica, la del viejo mundo, que se apaga. Plantándole cara a la pobreza dijo, “o torero o nada”. Fue, es será torero. La más insólita, errática, singular y auténtica figura del toreo. Un arte como otro cualquiera.

Tal vez, Rafael de Paula debería enseñarse en las facultades de filosofía. Habría que instaurar una cátedra sobre el misterio de su magisterio taurino. La magnitud de su personalidad no está en las escalas de pesos y medidas.

El Paula, fulgurante en su orgullosa humildad, en su sabia timidez, ha pagado en soledades el precio de la infinita singularidad, de su propio genio. Desde que nació sintió la condena perpetua de la soledad. Solo en Santiago, solo en el triunfo, solo en el fracaso, solo en el amor, solo en su madura soledad que es más solitaria por que es la del Sur. Y sólo por ser único.

Rafael de Paula es una leyenda al alcance de la mano que se chupa los dedos después de comer acedías fritas y huye de los que no miran a los ojos. “Somos muy poco de verdad. Prefiero las caras de palo si llevan escrita la verdad”, me dijo una vez que nos vimos.

(…) Rafael de Paula menosprecia la sofisticación y repudia el artificio venga de donde venga. “A Alberti le gustaba escucharse. Él hablaba y hablaba. Pontificando. Con esos aires de patricio romano que le gustaba darse. Aleteaba las manos y parecía que estaba diciendo algo muy importante. Luego venía Pepe Bergamín, con sus discursos cargados de inteligente sencillez y se tenía que callar. Si es que no hay más, joé“.

(…) Él es un personaje literario y aluego taurino. Pero primero literario. De hecho, su vida es el eje transversal de una novela: el día que se aficionó a los toros no tenía dinero y acabó por colarse en la plaza de Jerez de la Frontera para ver a los que el destino hubiera puesto en el cartel.”

Ahora, la novela de la vida de Paula entra de nuevo en un capítulo oscuro, demasiado oscuro esta vez. La soledad, esa que no le ha abandonado nunca, amenaza seriamente con destruirlo. Desconozco más detalles de la situación pero tampoco quiero saberlos. No me gustaría que el tema acabe siendo pasto de cualquier “Sálvame”. El duende ha enfermado de soledad y eso no tiene buena pinta. Por eso, por lo que pueda venir y porque sea cual fuere el final que les espera, las leyendas no pueden sucumbir a la mediocridad humana, siento que más que nunca es importante reivindicar al Paula del misterio y la grandeza de su propia sencillez. Tal vez sea el primer paso para ayudarle a salir de esta.

Si en algo he contribuído, me doy por satisfecha. Y si en algo más se puede contribuir, aquí estamos. Soledad obliga.

Vía: http://blogs.heraldo.es/una-del-dos/2013/11/cuando-el-duende-enferma-de-soledad/
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