El Cid, un Otoño en Madrid.

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Por José Ramón Márquez.

El Cid es una trinchera, una frontera, un clavo ardiendo. El Cid es, hoy por hoy, la última esperanza blanca, el último torero de verdad, de como antes eran los toreros. Un héroe. El torero que jamás vetó una ganadería, ni a otro torero, que en eso simplemente estriba el poderío; el torero que resistió todas las presiones y que jamás puso su nombre junto a un grupo empresarial, ni junto a unos apoderados mayoristas, porque quiso manejar sus cosas él solo, como los de antes.

-Yo tuve la suerte de que el éxito me llegó ya mayor.

Eso me dijo un día, acaso en Burgos, explicando su especial manera de ver el éxito, que jamás se le subió a la cabeza, sabedor, como buen cristiano, de cómo usualmente las cañas se tornan lanzas, como explicado queda en el Evangelio.

Cid es, como Guerrita, víctima de su oficio, de su conocimiento, de su suficiencia. Pero para el ignaro es sólo un hombre con suerte:

-¡Hay que ver la cantidad de toros buenos que le salen al Cid! -clama el que se cree que chana.

Y si eso fuese cierto, si Cid fuese un hombre tocado por la baraka, no se entiende que en vez de torear toros, cualquier toro que le echen, no haya dedicado sus empeños a jugar a la Lotería Primitiva, o a la ruleta en Las Vegas, que dan más dinero y se pasa mucho menos miedo, en vez de ponerse a matar toros de Victorino.

Hace una semana, en Las Cuevas de Luis Candelas, un grupo de aficionados hablábamos de El Cid y volvió -¡cómo no!- a salir el tema de la suerte:

-Don Luis Fernández Salcedo -dije-, hablando de Guerrita, explicaba que a ese gran torero se le censuraba la suerte que tenia con los toros, y pensándose que acaso los ganaderos seleccionaban los mejores para él, se puso de moda ya para siempre lo del sorteo; pero nadie echó cuentas de que después de imponerse el sorteo, Guerrita seguía teniendo la misma “suerte” en los sorteos… pues lo mismo la pasa a Cid que, como en el caso de Guerrita, a lo que sea lo seguimos llamando suerte por no llamarlo conocimiento, oficio, buena cuadrilla, claridad de ideas, generosidad…

A muchos que van a los toros esto no les importa, porque ellos van a lo del arte. ¿Y a quién le importa el oficio, el conocimiento, la sabiduría, si estamos en lo del arte?

Para otros, cada vez menos, y justo es reconocer que la mayoría somos de Madrid o somos asiduos a la Plaza de Las Ventas, El Cid representa el último eslabón de una cadena que -Dios no lo quiera- termina en él.

Tuvimos la suerte en Otoño de contemplar en nuestra Plaza una gran faena, maciza, asolerada, clásica, que principia en dos delantales y una larga, donde templa perfectamente la embestida del toro, y luego continúa en cuatro verónicas y una espléndida media, muy sevillana, echándose el capote a los riñones en el remate.

Luego, en el inicio de la faena de muleta, Cid empieza con «la mano de los billetes», en el mismo terreno donde el toro se le entregó en los delantales -digamos que aquí se demuestra que Cid piensa en el toro y sabe de terrenos- y crea una impresionante serie de una verticalidad ascética en la que mueve al toro, perfectamente toreado, embebido en el vuelo de la muleta, resolviendo cada muletazo con la reciedumbre de su prodigiosa muñeca.

Cid, purísima claridad, línea clara de la verdad del toreo, traza sus muletazos poderosos en esa primera serie como quien bendice, sin imponerse con violencia al animal, sino dejándole la ilusión de que eso es sólo un juego que acaso el bicho pueda llegar a ganar, demostrando a los tendidos la enorme suficiencia de quien negocia con un oponente a quien el torero, desde su conocimiento, ya da por vencido.

Viene continuación una segunda serie de naturales que no baja en intensidad, en el mismo terreno, siempre a la distancia adecuada, siempre la muleta por delante, en la que reitera nítidamente los mismos argumentos basados en la verdad, en hacer ir al toro por donde no quiere, serie en la que Cid plantea descarnadamente la negación de la asquerosa y falsa seudotauromaquia que nos tratan de colocar todos los días, a todas las horas.

Con la plaza rugiendo, en el mismo terreno, Manuel Cid busca la distancia y vuelve a citar por naturales prolongando si cabe aún más la embestida, rematando perfectamente cada muletazo a base de mando, mucho temple y más dominio.

En esa serie su figura erguida, su impecable naturalidad es un clamor de torería y de verdad y vuelan emocionadamente junto al torero los recuerdos de todos los grandes.

Después, agarra el estoque verdadero y se lleva al toro hacia el tercio del 9; ahí le mete una tanda por el derecho, rematada con guapeza y gran torería con un pase de trinchera que es un cartel de toros y después de otra porfía en redondo, un soberbio pase de pecho forzadísimo en el que se pasa el toro entero de cabeza a rabo por delante. Luego pasa la muleta de nuevo a la izquierda para finalizar la faena citando de frente –Manolo Vázquez– y engarza preciosamente ese natural con el siguiente ofreciendo el medio pecho, con la pata adelantada -¿no decían por ahí que eso no se puede hacer?- y la muleta adelantada -¿no habíamos quedado en que eso pertenece a la prehistoria del toreo?- y después, el ayudado. Sublime.

Esa faena inigualable, clásica y maciza fue la piedra de toque suficiente como para hacer a Manuel Cid merecedor al Premio ABC, que se le ha entregado el día de ayer. Me cabe el honor de haber sido miembro del jurado que, en estos tiempos de turbación, de mudanza y de confusión, tomó la valiente decisión mayoritaria de premiar en El Cid todo lo que hoy en día no se estila: la torería, la hombría, el clasicismo, la pureza, la verdad.

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