Por Leonardo Páez.
Fue la vigésima oportunidad, quizá la más valiosa por la diversidad de personalidades toreras nuevas, de haber hecho repuntar el espectáculo taurino en el Distrito Federal, y todo quedó en enésimo fiasco empresarial y ganadero. Así no se puede ni se podrá.
Tras 21 festejos que el incorregible Cecetla (Centro de Capacitación para Empresarios Taurinos de Lento Aprendizaje), antes Plaza México, impuso a la agraviada afición o lo que de ella va quedando, no es mucho lo que se puede rescatar de una sucesión casi sistemática de desafortunadas tardes de toros y toreros en la vigésima temporada como grande que organizan los incorregibles e intocables cecetlos.
Desde luego la cuasi consagración de Joselito Adame como el sucesor natural de Eulalio López Zotoluco, solitaria y deslavada primera figura de una fiesta de toros sin verdadera competencia de empresas, ganaderos ni toreros, y con un público desinformado a merced del voluntarismo de la autorregulada empresa y de los publicronistas, como calificó Alcalino a los que se sueñan críticos taurinos y no pasan de publirrelacionistas.
¿Por qué cuasi y no completa consagración de Joselito? Porque los contumaces promotores optaron de nueva cuenta por encierros mansos y sin trapío para figurines importados y decidieron no enfrentar, en repetidas ocasiones que sacaran chispas –no fueran a hacerse figuras–, a Adame con Saldívar, Silveti con Sánchez, a éste con Flores, y a todos estos entre sí, pero además rivalizando con Federico Pizarro, Fermín Rivera, Octavio García El Payo, Fabián Barba, Arturo Macías, Jerónimo, José Mauricio, Mario Aguilar e incluso Fermín Spínola.
Fueron funciones anodinas de pobres entradas, salvo tres o cuatro de más de media plaza, para un público casual que pudiendo haberse vuelto asiduo, apasionado y entusiasta al consagrar definitivamente a media docena de nuevas figuras mexicanas debió conformarse, una vez más, con faenas esporádicas, gracias a la falta de combinaciones de toros bravos y toreros con hambre de ser, no sólo de permanecer y de figurar. Otro riesgo de los jóvenes coletas triunfadores en España es que permanezcan aquí y se mal acostumbren al novillón pasador, pues truncarán sus prometedoras carreras.
Con celo pero sin sello, Fermín Spínola, empeñoso con los palos y diciendo poco con las telas, es el único matador al que por extrañas razones Pablo Hermoso decidió apoyar luego de 15 años consecutivos de venir a México, lapso en el que una vez medidos el público, las empresas y las autoridades, ofrece un chou hípico-taurino a base de boyantes reses excesivamente despuntadas e inmisericordemente castigadas.
Con ello, él y las empresas ganan, pero no la fiesta de toros, ahora convertida en fiesta de caballos con toreros de a pie como comparsas. Pudiendo haber contribuido al surgimiento de una nueva generación de buenos matadores mexicanos al incorporarlos a su troupe, Hermoso acusa la misma mezquindad y falta de grandeza de las dependientes empresas.
Lo dicho: la fiesta de los toros es termómetro de la temperatura anímica, ética, profesional y estética del país donde está inmersa. Afortunadamente todavía hay excepciones que confirman la regla.
Vía: http://www.jornada.unam.mx/2014/03/09/opinion/a09o2esp




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