Cornadas de hambre.

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Por Jaime Castañeda.

Cómo no voy a recordarlo. Recién había cumplido 18 años. Y estoy de ello seguro porque al día siguiente debía presentarme a la Junta de Reclutamiento para ver qué bola me tocaba, si blanca o negra. Si era blanca, había que ir a dónde lo mandara el gobierno en la conscripción.

Entonces había corridas todos los domingos en la primavera y verano. Mucha afición asistía en ese Ciudad Juárez de 1946. Había venido a la plaza un torero muy popular: Gregorio García, y ese domingo se encerraría con cuatro toros de una ganadería regiomontana.

Ya tenía yo varios domingos que había prometido lanzarme al ruedo de espontaneo, y un amigo encaminador de almas, a quien decíamos “El Veneno”, me picaba la cresta a cada rato: -“¿Entonces cuándo? ¿Hoy?- me repetía domingo a domingo. Yo entraba  gratis porque ayudaba a pegar la publicidad de la empresa.

En fin: – “Este domingo, sin falta. Vi la corrida y me gustó un berrendo para lanzarme. Este domingo, lo prometo, pero ya deja de estar fregando”. Déjenme decirles que había ya toreado, en el rastro y en algunos tentaderos, pero nunca en una plaza, y me moría de ganas por entrarle al toro. Por ello había dejado la secundaria tras unos meses y jamás había vuelto. Había manifestado a mis padres: “Voy a ser torero” y me convertí en maletilla desde la adolescencia.

En fin, llegó el domingo y escondí un palo de escoba y una manta pesada que había conseguido robándosela a un pintor de brocha gorda para hacer las veces de muleta.

Vino el paseíllo y dio comienzo la corrida. El matador iba sorteando con buena fortuna las suertes.

– Qué pasó. ¿Ya te arrepentiste? – me dijo el Veneno.

– No, ya te dije que me voz a lanzar con el Berrendo.

Y eso me lo dijo desde el primer toro; llegó el segundo y me volvió a picar la cresta el maldito Veneno. En el tercer toro fue lo mismo.

Al tocar el clarín el inicio de fue salida del cuarto, sentí que un sudor frío me corría por la espalda, pero las puyas del Veneno ya me tenían harto, y me lanzaría, aunque no fuera más que por dejar de oírlo. Estuve incluso a punto de soltarle un golpe, pero me contuve.

Y salió el Berrendo. Salió como locomotora, y yo me aferré al tubo que formaba una barrera. Era la que tenía que saltar para llegar al callejón, de donde iba a saltar nuevamente ya al ruedo. Pasó la suerte del capote. Los subalternos pusieron en suerte al toro para que el matador ejecutara unas fregolinas y unas largas cambiadas con un remate de revolera. Fue corta la suerte, pues encerrarse con cuatro toros es extenuante, ahora lo sé. Vino luego la suerte del picador y las banderillas.

El tiempo se me iba agotando y el Veneno no dejaba de fregar:

“¿Ahora sí?… ¿Cuándo pues?”.

Comenzó la suerte de la muleta y sin meditarlo más, mientras al matador le entregaban los trastos, me brinqué el barandal y caí en el callejón, para tomar inmediatamente vuelo y caer en el ruedo. No solté la “muleta” que envolvía el palo de escoba.

Lo que no vi fue a un subalterno que me cogió del cuello de la camisa y no me soltó, mientras daba voces a otro para que le ayudara a sujetarme de la cintura. Con la trifulca solté la muleta y el palo y allá fueron a dar. Ya venía otro subalterno a terciar para sacarme.

Entonces escuché que comenzaba una rechifla y gritos de “Déjenlo! ¡Déjenlo!”, pero yo ya estaba rojo de rabia y maldecía a los que me sujetaban. El sudor me corría por el cuello mientras era empujado por uno de los pasillos a la salida de la plaza. Escuché que decían: “Ya viene un carro de la policía para llevárselo”. Y llegamos a la calle.

Mientras esperábamos a la patrulla, se escuchaba una rechifla y griterío dentro de la plaza. En eso salió otro mozo de la cuadrilla. Era hermano de un jefe de la policía, después supe.

-Dice el matador que lo lleven de nuevo a la plaza.

Y allá voy nuevamente a la plaza, empujado por aquellos que no me dejaban libertad. Me plantaron frente al torero, quien me miró de arriba abajo y meneando la cabeza me dijo:

-¿Ya viste la que has armado? ¿Así que tienes muchas ganas? Te voy a dar oportunidad. Das tres pases y te largas.

– ¿Pero, y muleta? Lo que traía quién sabe dónde quedaría- le dije yo.

– Toma la mía. La extendió y yo me quedé mirándola, insatisfecho – Pero, ¿y espada?

-¡Hasta eso! Toma pues la espada ¿eh?, pero quedas avisado: Tres pases únicamente y te sales.

Y que me escoltan al callejón hasta un burladero, por donde me escurrí al ruedo. El toro pajareaba a lo lejos, y yo, animado, comencé a caminar, citándolo. Se dejó venir el animal. Trae buena carrera, me dije, ojalá y no se quede corto. Nada de eso… Llegó y obedeció al engaño. Soy zurdo y vino el natural muy limpio, el que coreó el respetable con un ¡Olé! que me supo a gloria.

Corrí tras el bicho y conseguí su atención, por lo que volvió a la carga, y surgió un segundo natural tras el cual compuse la figura gallarda, como amo y señor del momento mientras gozaba del ¡Olé! Que había provocado. Fui nuevamente tras el toro y cité para coronar mi hazaña, pero el muy maldito giró en el instante del pase y me prendió la pierna derecha rasgando el pantalón. Me hizo un rayón de la rodilla hasta la nalga con la consiguiente revolcada.

Corrieron los subalternos y me lo quitaron antes de que otra cosa sucediera. Uno de ellos me ayudó a levantarme, recogió los trastos y como pude, rengueando, me fui alejando. Volteé en un último momento y vi ya al matador, que con la muleta en la mano, se desprendía del burladero para coronar la corrida.

Yo, con un ardor tremendo en la pierna, me salí de la plaza. Me urgía llegar a mi casa para untarme alcohol, o algo.

Al lunes siguiente, como había prometido a mi madre, fui a la junta de reclutamiento. El médico al examinarme, me vio la pierna una vez que se percató que rengueaba:

-¿Y eso?

– Me lo hizo un toro – y me sentí todo un hombre de verdad.

Por buena suerte, me tocó bola negra, o sea que no iría a ningún cuartel durante mi conscripción.

Algunos años después otro toro me desgarró los tendones en mi brazo izquierdo, pero eso fue ya en mi carrera profesional. Por lo pronto, seguí aprendiendo.

Seguí practicando con los toros en el rastro y en uno que otro tentadero. El resto de la temporada estuve vetado en la plaza, por causar aquel escándalo.

Namasté.

Vía: http://www.nortedigital.mx/65626/cornadas_de_hambre/


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