Cortarse la Coleta.

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Por El Nolo.

El corte de coleta es lo más parecido a la castración. Esa amputación de probable origen semítico significa la muerte del torero, el paso de una frontera que le impedirá matar toros. Es un rito final, la devolución del torero al orden civil.

Antaño, los toreros llevaban la coleta natural porque el toreo era más juego de festejantes que rito practicado por iniciados. Es brumoso el inicio de la alternativa como ritual que sanciona la conversión del aficionado o aspirante en torero, pues la fiesta va perfilando su estructura mítica a lo largo del siglo XIX. Y aunque resulta indudable que el tránsito del media espada a primer espada premoniza el espaldarazo de la alternativa, el doctorado del diestro, lo que legitima su derecho a ser hombre de coleta.

Los toreros llevaron coleta natural, o sea en la plaza y en la calle, mientras el torero fue tanto fiesta como rito. Pero cuando su práctica exigió un corpus de conocimiento y los diestros se hicieron expertos, exclusivos practicantes de una ciencia llamada tauromaquia, la coleta dejó de tener sentido fuera de la plaza.

Sin embargo, la coleta, por muy postiza que sea, tiene la fuerza incuestionable del símbolo. Representa el poder, la autorización social a practicar un oficio prohibido a los demás, que tiene por objeto crear arte, la más alta expresión de la vida, jugando con la muerte encarnada por el toro. De ahí que todo cuanto representa al torero esté cargado de sentido. El torero se viste de luces por que torear requiere iluminación, y es muy riguroso que la luz áurea, la que desprende el oro, únicamente se autorice al que tiene derecho a matar.

Y que se conceda la luz argentada, la que desprende la plata, al torero que sólo tiene la misión de ayudar.

El toreo es una profesión fuerte. Más de contrastes que de matices. Vida y muerte, triunfo o fracaso, azar y hacer, riqueza o pobreza, sancionan el destino de los toreros. Por eso resulta comprensible que quienes tocaron la cumbre, aunque sólo fuera con la yema de los dedos, sientan el corte de coleta como una castración ontológica y vean su devenir fuera de los ruedos como una jubilación demasiado radical.

Es comprensible, por tanto, que el torero se retire y se arrepienta, que no pueda soportar el vacío de su temprano paro, ni la nostalgia de un tiempo áureo. Pero el toreo es una profesión mítica, revestida de una seriedad ritualizada, compuesta por ritos de paso con sabor sacramental que imponen la rectificación y el perdón, la menor complacencia en lo sentimental. El edificio ético de la fiesta se desmorona como un castillo de naipes cuando los ritos que lo ordenan no se toman en serio.

Es admisible que regrese quien dejó de torear sin retirarse. Pero no es de recibo que vuelvan aquellos que organizaron circuitos de despedida por todas las plazas y luego se cortaron públicamente la coleta… Olé y hasta la próxima.

Más Información: ARTE Y FIGURA 170414 http://elregio.com/regio-deporte/91043-arte-y-figura-170414.html#ixzz2zGDbEHF

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