Dax homenajea a Ponce y Ponce homenajea a Dax.

Por J.A. Del Moral.

Era una cita que esperaban los aficionados de la ciudad balneario como agua de mayo aunque era el 14 de agosto de 2014. Redonda fecha. Y como un día de mayo nublado y tormentoso amaneció la jornada junto al Adour, el Guadalquivir de Francia por ser el rio que baña más ciudades taurinas aunque no tantas como el nuestro por toda Andalucía. Especialmente Dax y Bayona donde L´Adour desemboca ancho como un lago tan profundo como tranquilo. Enrique Ponce había reinado también en Dax durante muchos, muchos años. 

La gente no había olvidado sus abundantes y grandes triunfos en su bellísima plaza de toros que remata el parque Teodoro Denis. Especialmente aquellas en las que cortó cuatro orejas y un rabo en jornada también rematadamente triunfal junto a Morante de la Puebla y Miguel Abellán, como también en la que mató en solitario siete toros que fue el cénit de Enrique en Dax.

Llevaba dos años sin torear en esta plaza y en las dos temporadas inmediatamente anteriores no le había embestido ni un solo pitón. Por eso ayer, el Ayuntamiento y la Comisión Taurina del viscontiniano lugar, pensaron en homenajear al valenciano en su regreso, aprovechando el motivo de cumplir su 25 temporada consecutiva como matador de toros.

La ceremonia tuvo lugar tras romperse el paseíllo que Ponce hizo al lado de Miguel Ángel Perera y de Juan de Álamo. Se demoró un poco el anuncio del evento por los altavoces. Pero cuando las miles de personas que llenaban la plaza lo escucharon, se pusieron en pie.

Y así siguieron haciendo estallar una enorme ovación cuando el Alcalde de la ciudad, que no sé cómo se llama el actual, y el presidente de la Comisión Taurina, Jaques Pene, le entregaron a Ponce una preciosa escultura ad hoc. Enrique la tomó en sus manos emocionado y aún más cuando, acto seguido, la banda de música también le obsequió con el himno de Valencia. ¡Qué bonito detalle¡. Ponce lo agradeció inclinándose muy sonriente hacia la estupenda banda. En ese sublime momento, las lágrimas asomaron en los ojos de muchos de los presentes. Yo vi las de alguien muy cercano a Enrique desde que era un niño y lo tomó bajo su manto familiar hasta convertirle en lo que todavía es y seguirá siendo aunque muchos tengamos que frotarnos los ojos para cerciorarnos de tanto y tanto tiempo siendo el figurón más grande y duradero de los últimos tiempo y estoy por decir que de la historia. ¿Verdad, Juan Ruíz Palomares?

Enrique quiso triunfar por lo grande para devolver el cariñosísimo y sentido cumplido homenajeando al  homenaje y lo consiguió con el cuarto toro de la corrida de Montalvo. Con el primer toro había estado bien sin mayores alegrías porque el animal resultó muy soso y feble. Quizá le habrían dado una oreja si lo hubiera matado pronto y bien. Pero había que cortar dos del siguiente y las cortó.

 

Este toro, de muy buena presencia como toda la corrida, tuvo movilidad sobrada pero sin clase ni apenas humillar y, encima, fue un incansable gazapón. No paraba de andar y andar y andar…. Enrique compuso en dos largos trancos su brindada faena. El primero, dando siempre al toro mucha distancia en el arranque de cada tanda, tanto por redondos como por naturales que ligó a estupendos de pecho. Tandas largas, de seis y hasta de siete muletazos sin cansarse. Otros a su edad no lo habrían aguantado. Y una vez sometido y atemperado el incesante caminar del animal, llegaron los momentos más sabrosos del trasteo por ya más relajados y, por ello, conmovedores de los sentimientos.

 

Los del propio Ponce y los del público que se entregó al gran torero con ese acompasado batir de palmas tan de esta plaza, salpicados de continuos oles. No fue fácil lograr la faena, ni mucho menos. Pero en las prodigiosas manos de Ponce lo pareció.  Esa difícil facilidad inimitable es la que pone a mil a los demás toreros por buenos que sean como lo fue ayer una vez más Perera a continuación. Solo que la extrema facilidad de Ponce es imposible de imitar. Se pueden imitar muchas cosas en el toreo, casi todas. Pero la facilidad extremada hasta lo inverosímil y divinamente envuelta en natural elegancia, imposible. Por eso, precisamente por eso, cuando Ponce cuaja un toro, a continuación salen sus compañeros tan arreados y algunos hasta novilleriles.

Solo faltaba que Enrique matara bien y estos últimos días andaba fatal con la espada, malogrando por ello muchas faenas memorables por lo que a trofeos se refiere. ¿Cuántas orejas y hasta rabos llevaría cortados Ponce esta temporada si le hubiera funcionado la espada? Más de tres veces de las que lleva coleccionadas. Pero ayer mató muy bien y el toro rodó pronto a sus pies, dando lugar a la general satisfacción. La propia del torero y la de los aficionados galos entre los que estábamos muchos españoles.

 

Ponce paseó las dos orejas y tardó media vuelta en arrojarlas a cuantos se las pedían en los abarrotados tendidos. Y es que él sabía mejor que nadie que esas dos orejas fueron de las que cuesta mucho cortar. Como tanto le cuesta a la mayoría de la crítica actual reconocer y evaluar con la justicia que merece esta temporada histórica del valenciano tratando de silenciar lo que está haciendo. Como si no existiera. ¡Hombre, por Dios…¡ Se arrepentirán y hasta les rechinarán los dientes cuando diga adiós para siempre.

La faena de Ponce empezó bajo la lluvia y terminó con sol. Y los paraguas se abrieron y cerraron como las flores del campo cuando el rocío las empapa. Inolvidable. Enhorabuena, maestro.

Del resto de la corrida, decir que esta de Motalvo no fue por juego ni de lejos como la que vimos hace cuatro días en Bayona aunque destacaron los toros quinto y sexto. Miguel Ángel Perera, que apenas pudo lucirse con el muy deslucido sobrero que reemplazó al devuelto segundo, aprovechó como sabe y puede al que tuvo en sus manos hasta andar muy cerca del triunfo. Lo tuvo en la mano. Perera estuvo como está ahora mismo. Intratable, pletórico, sensacional.

Pero se pasó de faena en sus lógicas ansias de superar a Ponce a sabiendas de la imposibilidad de lograrlo por lo que acabo de explicar. Y por pasarse en un interminable arrimón que cerró rizando el rizo más que nunca, el toro no le cuadró convenientemente y el extremeño repitió agresiones con la espada. Lo que iba para dos orejas quedó en una vuelta al ruedo de las de verdad. Fuertemente exigida por el público y no como tantas que algunos se marcan por su cuenta.

Juan de Álamo cortó una oreja del tercer toro. Un animal de embestidas muy desiguales. Las buenas las aprovechó bien el salmantino. Y como fueron muchas junto a las imposibles y, además, mató muy bien, cayó el primer trofeo de la tarde. Con el sexto, sin embargo y pese a ser mejor toro que su anterior, anduvo tan nervioso como ineficaz. Apenas pudo acoplarse al final con la mano izquierda y cansando al personal.

Pareció como si los dioses del toreo se hubieran confabulado para que Ponce fuera el único gran protagonista de la tarde. Lo consiguieron.

Via: De Toros en Libertad

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