
Por Luis Cuesta – De SOL y SOMBRA.
Alguien debería de haber puesto punto y final al año taurino en la capital mexicana después de la séptima corrida. Nos hubiéramos ahorrado el mal trago de observar este domingo la verdadera decadencia de esta fiesta, la farsa de un espectáculo en el que cada uno de los protagonistas huye de su responsabilidad.
Ni los toros de José Ma. Huerta, ni el cartel, ni la autoridad, ni el público asistente, ni la empresa de la plaza cumplieron con su deber, de tal modo que la tarde resultó insufrible y soporífera, de esas que deben pasar cuanto antes al olvido por el bien de la fiesta en México.
Los toros del señor Huerta que contribuyeron al desastre eran regordetes, sin trapío, mansos, aplomados, ásperos, sin recorrido y sin clase en líneas generales.
Además con el debido respeto a todo el que se viste de luces, el cartel no reunía el más mínimo interés para casi nadie, y los tres finalmente respondieron a la nula expectación despertada. La plaza estuvo vacía (menos de diez mil espectadores) con un cartel barato que no se repetirá, sin duda, en ninguna otra plaza de toros.
Muy poco dejaron para el recuerdo los toreros. No hubo toros, es verdad, pero ninguno demostró condiciones lidiadoras y estéticas que nos hicieran presagiar el éxito en algún punto de la tarde.
Pero lo más irrisorio es que a pesar de este desierto de torería se cortaron tres orejas -está leyendo usted bien, tres orejas- y hasta un borreguito que fue lidiado como regalo en séptimo lugar resulto indultado.
La autoridad una vez más regalo premios de bisutería e indulto un toro que nunca debió de haber sido no solo indultado, si no aprobado en una plaza de primera categoría. Pero ante la casi completa extinción del aficionado sabio y exigente en La México, se están cometiendo cualquier tipo de eventos que solo contribuyen a la desaparición del espectáculo.
“Bomboncito” es el nombre del astado al que el juez de plaza le perdonó la vida, un toro dulce como el almíbar, al que genéticamente le han exprimido hasta la última gota de casta y sangre brava. Pero fue el toro de carretilla que quieren las figuras; repetidor, bobo y fijo como un robot al engaño.
Así fue “Bomboncito” el protagonista ideal del toreo moderno, ese que han conseguido imponer las figuras, y que, hoy por hoy, se erige como el principal enemigo de la fiesta en nuestro país.
De momento en lo que llega el mes de enero, la mayoría de los aficionados han desertado de la Plaza México y en su lugar ha quedado un público indocumentado y festivo, que ayer en un momento de la faena al séptimo comenzó a gritar ¡toro, toro! al no saber cómo expresar su emoción, como si estuvieran en una posada familiar o en el ángel de la Independencia.
Sea como sea, lo de ayer en La México fue una muestra más de la vergüenza nacional en la que los taurinos y autoridades han convertido esta plaza que fue gloriosa en épocas pasadas. Y aunque el ganadero se cure en salud por el indulto, no podemos pasar por alto que mando seis borregos, seis, sin pitones, sin caras de toros, sin trapío y sin ningún atributo externo, más que el color de su pelaje. Toros mansos, sin sangre brava en las venas y sosos. Nada de bravura seca, que eso es un mito. En fin, una vergüenza nacional. Tanta agua le han echado al vino de la bravura que los borreguitos de hoy no emocionan ni a las madres que los parió.
La México no se merece esta ofensa. Pero pocos se quejan, ésa es la verdad. Por el contrario, la mayoría aplaude estos excesos y triunfos desproporcionados. Y hay de aquellos periodistas que siguen callando ante estos fraudes, porque le están haciendo un daño irreparable a esta fiesta, pero lo más triste es que se lo hacen aun sabiendo que su misma fuente de trabajo está en peligro.
Pizarro cortó una oreja a su primero por una gran estocada que extrañamente todo el público protesto, quizás porque consideró que solo venía a corroborar la incompetencia del juez. Cuando la realidad era que la estocada bien valía el trofeo. Valiente estuvo durante su faena y consiguió algunas tandas estimables, pero tenía delante un toro que por momentos lo exhibió que andaba corto de ideas y recursos.
Su segundo fue un manso perdido y fue silenciado tras una serie de intentos por extraer algo de aquella “res” que llego a la muleta muerta en vida.
El Zapata cortó dos orejas excesivas a su segundo como en una especie de milagro guadalupano y ni así se salvó de la quema.
Y lo que son las cosas, después de haber pasado con más pena que con gloria en su lote, El Fandi regalo un séptimo toro, que para su buena suerte resulto noble, repetidor, una carretilla con la que el diestro de granada quiso cambiar el chip y abandonar por unos momentos su papel de torero bullidor, pero lo que no se siente no trasmite y ni el torero se creyó que lo que estaba haciendo tenia calidad.
Las cosas, como son, y cada quien a lo suyo. Lo más auténtico porque mejor reflejo su sello personal, fue en banderillas y cuando se puso a torear de rodillas.
El toro iba y venía con la codicia suficiente para una faena larga, pero salia con la cabeza en algunos momentos a media altura y sin terminar de humillar. Pastelería fina pero no bravura.
El público cautivado por la pastueña embestida del astado solicitó el indulto y el juez sin pensarlo dos veces lo concedió, clavándole la puntilla a una plaza que domingo a domingo entierra en el olvido su prestigio y su historia ante los ojos de todo el mundo.
Al final, creo que todos nos quedamos con una sensación de impotencia ante lo acontecido y pensando que tal vez no halla quien vaya a arreglar esta desvergüenza a corto plazo, sobretodo mientras algunos personajes sombríos sigan rondando por ahí, haciendo la parodia del taurino.
Es lo que digo yo.
Twitter: @LuisCuesta_




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