Tambores de guerra en la Maestranza

Borja Jiménez charla con Espartaco el domingo en Sevilla. El torero es la estrella de unos carteles de los que han huido las figuras.

Por Francisco Apaolaza.

El atardecer se dibujaba contra el pelo gris de Juan Antonio Ruiz ‘Espartaco’. Salía a hombros al epicentro de la primavera, con el aire suave del río y ese olor a azahar, con la cera de la Semana Santa aún caliente en Domingo de Resurrección. Sevilla era el escenario imposible para una guerra. Nadie diría que allí algo pudiera moverse un milímetro fuera de la armonía. Pero alrededor de la plaza de toros de la Real Maestranza de Caballería, esa elipse a la que Juncal saludaba a diario con un «Buenos días, sultana», hay montada una batalla a brazo partido entre toreros, apoderados y empresa que podría cambiar el esquema de la fiesta de los toros en adelante. El pulso es salvaje.

La sola presencia de Espartaco saliendo por la Puerta del Príncipe era una ‘rara avis’. El matador, de 52 años, había vuelto de su retiro dorado de casi tres lustros. Triunfó una vez más en Sevilla y dio la alternativa a su protegido Borja Jiménez. Luego se cortó la coleta. Y todo ese hola y adiós porque se lo había pedido la empresa organizadora de la feria. Zabala de la Serna contaba que Espartaco hasta había llamado a Curro Romero para pedir permiso por torear en su domingo de Resurrección. Sin quitar un gramo de peso a la hazaña, su presencia denota que las cosas no están como siempre.

«Niñatos» y Alberto Baillères

Además del mérito taurino, que lo tiene, la empresa había pedido que se vistiera de nuevo de luces porque necesitaba sustentar una feria en la que hay ausencias más que notables. Más que los nombres que están en los cartelones que adornan las calles, destacan los que no están y que luchan a brazo partido con la empresa: Morante de la Puebla, El Juli, Miguel Ángel Perera y Alejandro Talavante. Cuando el domingo empezó la corrida, el periodista Carlos Herrera aludió a estas ausencias en un tuit: «Sevilla. Con toreros. Sin niñatos. Comienza la feria». Y se montó el lío. El Juli respondió en Twitter con una foto de él mismo corneado y una pregunta: «¿Niñatos?»

Vayan por delante algunos datos que sirven para dar dimensión a la madeja del problema. En primer lugar, Sevilla, además de una plaza, es un símbolo, un tótem, una llama olímpica de la tauromaquia y cuando hay problemas, al toreo le tiemblan los cimientos. La segunda, es que la plaza es propiedad de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, que data de 1248 y que fundaron los caballeros que acompañaron a San Fernando en la conquista de Sevilla. Tiene carácter benéfico, normas medievales y de ella que se conocen muy poco. Esta sociedad encarga la gestión y confección de una feria a la empresa Pagés con un contrato de los años 20 del que tampoco se sabe nada. Se habla de que cobran un ‘veintitantos’ por cien de los ingresos brutos, pero nadie dice ni mú.

En realidad, toda esta guerra fría tiene bastante de tabú, pues no se conocen ni los dineros que se ofrecen, ni los que se pagan, ni lo que se lleva cada uno. Una fuente cercana a las negociaciones en el mundo de los toros lo describe así: «Si cobran mucho, no te lo van a decir, porque les llamarán listos. Si cobran muy poco, tampoco, porque creen que parecen tontos». Todo se trama en una serie de reuniones secretas, conciliábulos, llamadas de madrugada, evasivas, apuestas, faroles y circunloquios imposibles.

Bien, pues todo esto ha salido rematadamente mal. El asunto tiene varias patas. Una de ellas es la poca diplomacia de la empresa, formada por Ramón Valencia y Eduardo Canorea, que no acuerda nada con los toreros. En 2013, en una reunión con los periodistas, Canorea criticó a los matadores por no lidiar ciertas ganaderías más duras y la parte alta del escalafón se negó a torear en Sevilla mientras mandara él. Este año, tras excusarse el empresario, pareció que las cosas se iban a reconducir, pero les sentó a cuerno quemado que presentaran la contratación de José María Manzanares (el único figura en cartel) antes de cerrar las suyas. Perera ha dicho que se sentía «maltratado», aunque muchas voces apuntan a otras razones. Una de ellas es el dinero. «Los toreros, si hay pasta, se callan», explica uno de los negociadores de otras ferias.

Cuando en los corrillos se habla del asunto, sale un nombre: Alberto Baillères, el tercer hombre más rico de México (12.000 millones de dólares según Forbes), que apodera a Alejandro Talavante por medio de su hombre de confianza en España, Antonio Barrera, que también apodera a Morante y controla numerosas plazas en España. Baillères ha negado que tenga ningún interés en Sevilla, pero los aficionados temen que si toma el poder se dé una situación de monopolio controlado desde México. Todo sigue entre sombras, pero nadie niega que depende de quién sea el ganador del duelo, vayan a cambiar los equilibrios de poder de un mundo muy delicado. Uno ganará, pero todos temen que al final pierda la fiesta de los toros.

Via: http://www.laverdad.es/gente-estilo/201504/07/tambores-guerra-maestranza-20150407021604-v.html

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