Joselito Adame: Cambio brutal de Puerta Grande por enfermería

Cambio brutal de Puerta Grande por enfermería

Por Patricia NAVARRO.

Burgos. Segunda de feria. Se lidiaron toros de La Quinta, serios y muy bien presentados. El 1º, de buen pitón derecho, franco y repetidor; el 2º, muy noble, con duración y sin humillar; el 3º, suavón, sin humillar, pero de buena condición; el 4º, noble, sin entregarse pero manejable; el 5º, descastado y sin celo; y el 6º, de buen juego, encastado y por abajo. Dos tercios de entrada.

Fernando Robleño, de tabaco y oro, estocada desprendida (oreja); y estocada punto atravesada (silencio).

Manuel Escribano, de azul pavo y oro, metisaca, estocada caída (oreja); y tres pinchazos, estocada, aviso (saludos).

Joselito Adame, de burdeos y oro, estocada contraria (oreja); y estocada y herido (dos orejas).

Parte médico de Joselito Adame: Cornada en el muslo derecho con tres trayectorias, que no comprometen paquete vascular. Trasladado al Hospital Universitario de Burgos donde fue intervenido.

Alrededor de dos horas de incertidumbres afrontábamos a las seis y media de la tarde. El millón de ellas que hay detrás de una tarde de toros y seis ejemplares de La Quinta en los corrales. Inolvidables momentos nos ha dado esta ganadería. Y en esa multitud de dudas, de incógnitas, andaba inmerso el segundo del festejo. Un cinqueño de impecable presentación, muy bien hecho, rematado y con cuajo, como toda la corrida, pero que había que analizar al segundo, con detenimiento; eran muchos los cambios.

Un paso no siempre llegaba al siguiente. En el capote de Manuel Escribano se frenó e incluso andaba orientado justo a la vuelta de la larga cambiada de rodillas. Fue breve su paso por el caballo y apretó en banderillas. Lo mejor sin duda fue un tercer par al quiebro, muy ajustado y con verdad extrema. Comenzó el sevillano con un pase cambiado por la espalda al que fue tan veloz como rebrincado. Otra cosa vino después, cuando tiró del toreo fundamental. El toro tenía la virtud de ir al engaño con cierta repetición, sin querer coger y con el apartado malo de no humillar nunca jamás. Ahora, bondad infinita. Escribano anduvo fácil y centrado con él y le hizo lo que le dio la gana ya en el ocaso de faena con una sobredosis de circulares, templados siempre, y capaz también. Un toro de buena nota, como lo fueron primero, segundo y tercero, todos con sus matices, y un sexto, el encastado de verdad, que tuvo lo que le faltó al resto: la entrega para tomar el engaño por abajo. Pero no permitía fallos. Era enemigo agradecido e importante.

Así lo entendió Joselito Adame en el primer tramo de faena, más puro en los encuentros, en el cite; de mitad para adelante ligó más y también escondía una barbaridad la pierna de salida. La tanda era resultona, pero se quedaban cosas atrás. Sin aliento nos quedamos en décimas de segundo, las que tardó el toro en herirle en la pierna derecha justo al mismo tiempo que el torero hundió el acero. Se lo llevaron a la enfermería; murió el toro después. Dos trofeos y una Puerta Grande que convirtió en enfermería en ese último instante de desenlace; mientras agotábamos la última incertidumbre. Un trofeo se había llevado tras una explosiva estocada recibiendo a su primero. Tuvo cosas buenas el animal, suavón y sin humillar demasiado, pero dejaba estar y hacer faena. La hizo con ímpetu, muchos adornos y algo más escueta en el toreo fundamental.

Descastado y sin celo llegó el quinto al último tercio, que era la otra media Puerta Grande de Escribano. Costó llegar al final: antes hubo la capa, las banderillas con cuatro pares, los mejores los dos últimos y esas carreras toro y torero, con recortes incluidos, en el deseo de dominar al de La Quinta después de poner los palos. El fuste más que justo tuvo después. Escribano tocó todos los resortes para convertir aquello en otro trofeo, pero no fue. Y tampoco la espada.

Fernando Robleño fue el primero que arrancó una oreja con una faena muy pulcra, muy perfecta, de quien lleva tiempo en esto y lo ve con claridad. El de La Quinta tuvo un buen pitón derecho, no humilló en exceso tampoco, pero iba largo y repetía en el engaño. A buena altura ambos. Con el cuarto no alcanzó ese grado de entendimiento. El toro tuvo nobleza, a pesar de que salía de la suerte por arriba y a veces embestía con todo, algo más brutote y sin la inercia final. A Robleño la voluntariosa faena le quedó deslavazada y sin el ritmo anterior. A Adame le esperaba la cara y la cruz.

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