Opinión: ¡Olé!: ¿al toro o al torero?

Por:  Luferni.

La mirada está puesta en la bizarra figura del torero.

En la gallardía de su estampa frente a la fiereza del astado. En la destreza y la elegancia con que ondea el capote en las chicuelinas, o la serenidad con que levanta las banderillas, en provocadores giros, evadiendo la embestida y dejando el par en todo lo alto.

Los olés se multiplican cuando toma en sus manos la muleta y empiezan los naturales. Se funden hombre y toro en una plasticidad de peligro, valor y arrogancia. El ayudado por alto, la manoletina, el pase del desdén. La gente está de pie en el graderío gritando con frenesí, mientras empiezan a escucharse las notas del paso doble: “Cielo andaluz”.

Con el estoque en alto y el engaño apoyado en la rodilla, espera el maestro a que el burel junte las patas delanteras y, en un volapié impresionante, deja hundida la espada y queda la cruz de la empuñadura sobre el morrillo pagano del toro.  No es necesario más. No solo da vuelta al ruedo el matador, con oreja y rabo en la diestra para recibir aplausos, también  se da arrastre lento a un gran ejemplar de la ganadería de San Mateo. 

Con esa mirada taurófila los aficionados han gozado la fiesta de los toros. Oro, seda, sangre y sol, repetían los clásicos cronistas como “El Mago” Septién, Paco Malgesto o Pepe Alameda.  Han vivido momentos eufóricos en las salidas en hombros de toreros famosos como Armillita, Arruza, Silverio o Manolete en tiempos de gloria y, más acá, la precocidad de El Juli y la agilidad en los equinos de Pablo Hermoso de Mendoza.

Pero hay también muchas miradas que se han fijado en la sangre y han sentido compasión por el animal que sufre en el ruedo las puyas de los picadores, la punzaduras repetidas de las banderillas y, al final, las malas estocadas que se suman hasta llegar al descabello. Las sociedades protectoras de animales han protestado. Se ha agudizado la sensibilidad hacia el maltrato animal después de que se suprimió legalmente su exhibición en los circos.

También pesan las prohibiciones legales de las corridas en varios sitios del mundo, especialmente en Barcelona. Quizá, en un proceso evolutivo, pueda llegarse, en el futuro, a algún tipo de tauromaquia que no incluya lo que condena una buena parte de la sociedad.

En una ecología universal se tendría primero que legislar rectamente para que toda vida humana inocente e indefensa tuviera la debida protección. Dar prioridad a la supresión de todos los sufrimientos evitables que resultan para la persona humana como consecuencia de una economía deshumanizada. Se busca quitar la paja y no se ve la viga. Se cuela el mosquito y se deja pasar el camello…

Fuente: http://www.vanguardia.com.mx/columnas-olealtorooaltorero-2365266.html

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