Opinión: ¡Torería, exención de muy pocos! 

  
 

Por Xavier Toscano G. de Quevedo.

Han transcurrido cuatro décadas de su lamentable deceso y su figura se prolonga día a día en la memoria de los aficionados que lo recuerdan como un grande en la emblemática Fiesta de los Toros, porque su planta torera, su invaluable aportación al Espectáculo Taurino, su impecable personalidad y su elegancia dentro y fuera de los ruedos, lo acompañaron siempre en su histórico andar en el mundo de los toros.

Su nombre es sinónimo de “Torería”, cualidad y privilegio de muy pocos, palabra que está reservada únicamente a los toreros que han logrado en este enmarañado mundo de la fiesta sobresalir en las adversidades, y caminar en el barrizal lodoso que es propiciado por los “nefastos taurinos” sin mancharse ni un punto, en su integridad torera. ¡Así vivió, siempre con la más cumplida corrección, Antonio Bienvenida!, por lo que su elegante figura, convertida hoy en escultura, se levanta con “Torería” en la explanada del coso Venteño.  

El pasado miércoles 7 del presente se cumplieron 40 años de su fallecimiento —¡qué contrasentidos e incongruencias tiene la vida!—, un torero de la estatura de Bienvenida encontraba su holocausto en las incipientes astas de la becerra “Conocida” perteneciente a la dehesa salamantina de Amelia Pérez Tabernero

Un final incomprensible, extraño para muchos, pero quizás no para los grandes, no para los elegidos que siempre van marcando diferencias con el común de los mortales, y no acontece únicamente en los que transitan en nuestra mágica e incomparable fiesta, de igual forma está presente en otros ámbitos de la vida. Por ello siempre hemos insistido que el Espectáculo Taurino y la profesión de matador de toros tiene mucho en común con la diferentes actividades del hombre, en la cuales el carisma y la personalidad son necesarias y determinantes. Los grandes hombres de negocios se deben a sus empresas, a sus trabajadores y al público que requiere de sus productos y servicios, y éste es el común denominador de todos los individuos que adquieren importancia en cualquier aspecto de la vida cotidiana. Igualmente los toreros se deben antes que nada a los aficionados y al público, y no únicamente están obligados y comprometidos a responder en el ruedo, sino que más allá, siempre deberán comportarse de una forma especial —con categoría y elegancia— así, en donde quiera que se les llegue a encontrar o a reconocer se diga de ellos: “Ese personaje que ves ahí, es un ‘Torero’, a esta conducta y comportamiento se le define como ‘Torería’ ”.

El origen noble de nuestra Fiesta, protagonizada en sus inicios por los caballeros de linaje y la aristocracia, es la herencia indudable del señorío, distinción y elegancia que se transmitió en los primeros días y a través de los siglos para que lo fueran absorbiendo sus ayudas de a pie, que finalmente se convertirían en los protagonistas importantes del espectáculo, y que en el devenir de la historia fueron aprendiendo a rendir culto de dignidad y grandeza a las normas y reglas de la auténtica tradición taurina, y fue así como se iría configurando y creando en los personajes de mayor jerarquía el lograr la “Torería”, es decir, el sentirse toreros, el ser oficiante de un rito único y prodigioso, ya que ser y considerarse torero, ha sido siempre y para muchos —los legítimos, los señores— algo muy estimado y además sin ningún paralelo.

Es probablemente Pedro Romero la primera gran figura en la historia de la tauromaquia que concibió la profesión de torero como algo muy importante y trascendental, su señorío y prestancia lo llevó a relacionarse con la nobleza, los intelectuales, los hombres de negocios e inclusive en forma muy particular con el rey de España, siendo además un hombre admirado por el pueblo y altamente respetado por todos sus demás compañeros de profesión. En los ruedos Pedro Romero no solamente mostraba su impecable oficio y magisterio taurómaco, con el que virtuosamente brillaba ante los toros, siempre con arrogancia y señorial compostura, trasladando a las calles y su vida cotidiana esa misma forma de ser. Esa era la clave de su “Torería”, cuidando siempre hasta los más mínimos detalles y nunca separar al torero elegante, con categoría y solemnidad, con el hombre de la calle.

En la historia de nuestra Fiesta, son realmente muy pocos los toreros trascendentales, los grandes mitos, los que han mostrado dentro y fuera del ruedo “Torería”, para ser más específico, la escala óptima del toreo, los que verdaderamente han contribuido de forma notoria y significativa al engrandecimiento del Espectáculo Taurino, como el ya mencionado Pedro Romero, Francisco Montes “Paquiro”, Curro Cúchares, el revolucionario Juan Belmonte, José Gómez Ortega “Joselito”, Rodolfo Gaona, Lorenzo Garza, Manuel Rodríguez “Manolete” y el último grande de nuestra fiesta, Enrique Ponce.                    

Hoy en día como extrañamos lo que se denomina “Torería”, es decir, la dignidad y el aprecio por esta profesión, y es que, sin la presencia en los ruedos de diestros importantes, con categoría y elegancia, no habrá un soporte verdadero para nuestra fiesta, que jamás se ha desplazado ni ha crecido en base a toreros insustanciales, triviales o mediocres.     
Muchas circunstancias más envuelven la vida de los privilegiados, por ello sentirse y ser torero es mucho más que un ejercicio profesional, aunque obviamente deberá manifestarse sobre btodo en el ruedo —siempre con auténticos toros bravos— igualmente tendrá que hacerse patente fuera de las plazas, en todos los ámbitos que rodean la vida de un torero. Ésta es una parte fundamental para la Fiesta del Toro, en donde las figuras con “Torería” siempre le han guardado su lugar de privilegio al auténtico toro. Porque todos ellos durante su vida nunca olvidaron y siempre reconocieron, que este extraordinario y sorprendente mundo que es el Espectáculo Taurino; nació, creció, vive y existe únicamente y nada más, gracias a la presencia de su Majestad; El Toro Bravo.

Publicado en El Informador.

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