Tendido 7: ¡Cinco siglos y tratando de obstaculizarla!

Toros

Por Xavier Toscano G. de Quevedo.

¡Qué fin de semana tan controvertido! Con anticipación las dos empresas que se dan a la tarea de programar festejos en las ciudades de Saltillo y Torreón, ubicadas en Coahuila, habían anunciado respectivamente que celebrarían corridas de toros bajo la protección de un Amparo otorgado por un Juez Federal para contrarrestar las disposiciones revanchistas y hostiles del Gobernador del Estado que prohibía la celebración de festejos taurinos. Así, el viernes los aficionados de la Comarca Lagunera vivieron momentos de perplejidad y transgresión al comunicarles el empresario Arturo Gilio, que la corrida programada para esa noche tenía que ser suspendida por “¿Orden?” del Ayuntamiento, no obstante de haberse cumplido con todos los trámites necesarios y contar con el Amparo Federal.

Este conflicto violatorio a todas luces –¿Extrañados?, ¡pero si así actúan las autoridades!– prendió los focos rojos en la ciudad de Saltillo; sin embargo, en la capital coahuilense el festejo se dio sin que se exhibieran impedimentos administrativos. Finalmente se quedaron apaciguados los “¡Privilegios!” de esos políticos engreídos que mirar de lado y mancillan la opinión de quienes piensan diferente a ellos, olvidándose del principio fundamental de cualquier ciudadano: “El derecho irrefutable a la Libertad”.

Pero aceptemos que en cada época y desde el inicio de nuestro hermosísimo e inigualable Espectáculo Taurino han hecho su aparición demagogos de la política revocatoria y abolicionista de nuestra fiesta, y no es nada nuevo. Estos detractores los encontramos en las Cortes de España, influenciados en su momento por las costumbres de otros países europeos, que imprimían una forma diferente de ideología y forma de vivir, que para algunos integrantes de la realeza les parecía más apropiado imitarlos. Sin embargo como todas las malas influencias recibidas –cada pueblo va forjando sus propias costumbres y no tiene porque imitar a otros– poco a poco se fueron superando hasta que la Fiesta Brava vivió momentos de grande esplendor.

Y precisamente en estos años de esplendor, fue que el espectáculo taurino llegó a nuestra patria, así como también a los países latinoamericanos en donde hasta la fecha existen, como herencia recibida de la llegada de los españoles al Nuevo Mundo hace más de cinco siglos. Nuevo sí, para los españoles, pero no para quienes aquí habitaban y que eran dueños de una elevada y egregia cultura, prolongada trayectoria histórica y grandes conocimientos que dejaron ampliamente sorprendidos e impresionados a los nuevos conquistadores, que con beneplácito fueron formando a través de los años una amalgama de las dos culturas y razas, que dio como resultado un nuevo linaje, “el mestizaje”, al cual orgullosamente pertenecemos.

Con la Conquista, empiezan a constituirse e impulsarse nuevas costumbres y diversiones que aquí no existían y una de ellas fue el Espectáculo Taurino, o Juego de Caballeros como se le nombraba en aquella época. Obviamente que no podía ser conocido ya que en nuestro continente no existía el ganado, y mucho menos el apropiado para dichas fiestas, porque recordemos que aquí el único bovino nativo era el bisonte, erróneamente llamado búfalo.

Con el arribo de Hernán Cortés, llegan al nuevo mundo no solamente los caballos utilizados por los soldados en la Conquista, hecho que impresionaría grandemente a los pueblos nativos de nuestro México, de igual forma se trajo ganado vacuno –previa autorización solicitada por Cortés al emperador Carlos V– que sería utilizado para el abasto y sustento de los conquistadores y años más tarde, igual como ya lo hacían en España, se empezarían a seleccionar las reses que presentaban características de acometividad o ciertas señales de bravura, carácteres necesarios para que se pudieran organizar sus acostumbradas “fiestas de Caballeros”. Carácteres que hoy, cinco siglos después han sido relegados vilmente, por el grupito de nefastos y mediocres ganaderos que tienen destrozada nuestra fiesta en complicidad con las empresas y los actores de la viciada e insignificante fiesta actual.

En nuestro país, algunos historiadores fijan la fecha del primer festejo el 13 de Agosto de 1529, festividad de San Hipólito, espectáculo que sería organizado por el cabildo de la Nueva España con fines benéficos para la construcción de un asilo y orfanato para niños desamparados de la ciudad. Sin desaprobar la fecha anterior, existen asimismo documentos fehacientes de tratadistas que refieren con mucha exactitud, que el festejo inicial se celebró el día de San Juan, 24 de Junio del año de 1526, a treinta y cuatro años del descubrimiento de América, y poco menos de cinco años de la toma de Tenochtitlán por Hernán Cortés en 1521. Esta fecha es puntual y ésta bien documentada, ya que éste festejo se llevo a cabo por ordenes precisas del conquistador, a su triunfal regreso de su excursión por las Hibueras, hoy Honduras.

A partir de 1526 nuestra Fiesta ha ido caminando lentamente, pero con mucho orgullo dentro de la historia de nuestra patria, faltan ya muy pocos años para que se cumplan los cinco siglos de esta mágica y emblemática tradición. Hoy por negligencia y enconados resentimientos de algunos políticos, por la influencia de ideologías extranjeras acogidas torpemente por los llamados grupos de antitarunos, por la imitación absurda y desatinada de los “borregos irresolutos”: ¿Nuestra Fiesta deberá perderse? – ¡Nunca, definitivamente No!, no lo podemos permitir, es obligación de todos preservar y engrandecer este legado cultural e histórico de nuestro pueblo.

Hoy, lamentablemente no lo quieren razonar muchas personas, y lo más catastrófico aunque parezca discordante, es que la tragedia es inducida principalmente por las empresas, en colaboración con los actores del espectáculo, el grupúsculo de irresponsables ganaderos, las sumisas autoridades, y los menesterosos taurinos y paleros. ¡Vaya que estamos viviendo serias dificultad!  Y la transformación necesaria no se ve, consideramos que aún esta muy lejana mientras continúen los secuestradores de nuestra fiesta, y que anhelamos impacientes que algún día desaparezcan. Y por fin logremos volver a la senda única y verdadera de éste extraordinario e inigualable mundo que es el auténtico Espectáculo Taurino, que solamente lo conduce su Majestad: El Toro Bravo.

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