Clasicismo y romanticismo del toreo

PaulaMarisa
Rafael de Paula parando los relojes de Las Ventas en 1987. Foto de Marisa Flórez.
“¿Soy clásico o romántico?” ? se preguntaba Antonio Machado en el franco autorretrato que compuso en cadentes alejandrinos para su libro Campos de Castilla. Y él mismo se contesta: “No sé. Dejar quisiera / mi verso, como deja el capitán su espada: / famosa por la mano viril que la blandiera, /no por el docto oficio del forjador preciada.” Igual que a un capitán, bien se pudiera haber referido a un torero.

El verano pasado escribí, a petición de mi amigo el pintor Carlos Franco, el texto de un catálogo para la exposición de sus tauromaquias. En él hube de plantearme, a raíz de su pintura taurina de su toreo pictórico una de las preguntas básicas y eternas sobre el arte, tan volátil como imperecedero, del toreo: ¿Es el toreo clásico o romántico? ¿Qué es el toreo clásico y qué es el toreo romántico? ¿Cuándo se incluye a un torero en cada uno de estos conceptos, tan aparentemente contrapuestos? No sé. Sólo hay una cosa segura: todos ellos, como el poeta sevillano, quisieran dejar la memoria de su arte como deja el matador su espada: en lo alto, en corto y por derecho: famosa por la mano viril que la blandiera. Sobran explicaciones innecesarias sobre el sentido del término “viril”. Vayamos al clasicismo y romanticismo del toreo.

Lo “clásico” en los toros escribí entonces es un concepto muy especial, de inusitada riqueza. El término tiene el doble valor de clásico y romántico. Apolo y Hermes. No hay toreo clásico si no es toreo romántico. Todo el toreo es romántico y nace, sin embargo, sujeto a unos cánones clásicos. Hermes y Apolo. En el XVIII, cuando el campesino quiere ser ciudadano (aunque los toros no dejarán nunca de ser una fiesta de campo), cuando se ventea el espíritu ilustrado que nunca dejó de ser media quimera española; cuando Goya —ilustrado— estrenó con sus trastos de pintar el único romanticismo verdadero que hubo en España, nació clásico y romántico: El toreo.

Así, cuando el torero gitano Rafael de Paula, el mito vivo más romántico de nuestros toreros clásicos, habla de toreo clásico, se está refiriendo al extremo del sentir barroco hecho arte. Y cuando Antoñete, el más clásico de nuestros románticos, habla de su toreo, de armonía extrema, de sabiduría de espacios y tiempos hasta el límite de lo posible, habla de lo mismo. Porque clásico, en el toreo, no es un concepto espacial, sino temporal; o, mejor: un espacio temporal; o más exactamente: un espacio intemporal. Clásico es el toreo de siempre hecho toreo para siempre.

Entreví la luz en Madrid, en un espacio medio, clásico, equidistante entre la sobriedad castellana, la impenetrabilidad vasconavarra, los trazos azules del Mare Nostrum y la duendería andaluza. Pero siempre con la mirada vuelta al padre mediterráneo. Caí del caballo en Jerez, confusión de mares payos y gitanos, en un hotel en el que, como en la Gaza de Saulo, se agitaban ligeramente unas palmeras. Me abrió los ojos definitivamente, el maestro Rafael de Paula.

Cada vez que rescataba del tiempo a alguno de sus toreros preferidos, me decía: “A mí me gusta el toreo como el de aquel: toreo clásico”. Naturalmente, todos los señalados eran los más románticos de los toreros.
El gran Rafael: un clásico.
Por José Suárez-Inclán. Poeta y ensayista.

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