
Por Xavier Toscano G. de Quevedo.
Aún no alcanzamos la primera mitad de enero y ya hemos comprobado en los muy escasos festejos que se han programado en nuestro país y cuáles son las funestas intenciones planteadas por algunas empresas. Y como ejemplo más visible, o mejor sería decir hechos contundentes, los que se han vivido en la capital, en su pretendida y aparente temporada ¡“grande”! con los patéticos e intrascendentes encierros que allá están lidiando, con la aprobación —tan ligera y deshonesta— de las manejables, serviles e inmorales autoridades y con el encubrimiento y maquillaje tan fútil de sus mezquinos paleros. Pero es más dramático el ver con qué entreguismo, docilidad y resignación se comporta el público que en las últimas décadas acude a la “Plaza México”, y cómo lamentablemente de la misma manera, este problema está extendido en el resto de los cosos de nuestro territorio.
Es debido a estos continuos atropellos —que no pararán y siguen acrecentándose como un torrente de agua en una cascada que ya no permite ver el fondo— que nos da vueltas en la mente una pregunta que por muchos años vivimos repasando todos los aficionados a la Fiesta Brava —aquí sí con mayúsculas— y ésta es: ¿Por qué en el Espectáculo Taurino, cuando éste no se da —que es anomalía de todas las tardes y en todas las plazas— como lo estipula los reglamentos y la auténtica tradición taurina, no se nos otorga ningún derecho ni beneficio a reclamar el reembolso del importe del boleto que los aficionados pagamos?
Porque está más que claro que todas las empresas divulgan jactándose en sus programas y cartelones que utilizan para su publicidad, y en la que invariablemente se puede leer: ¡Extraordinaria, Magna corrida de toros! —o también— ¡Gran novillada!… ¿Y? Resulta que lo anunciado no fue cierto, porque los “supuestos toros” no lo son, ya que reiterativamente presentan reses sin edad y obviamente de insignificante presencia, y además éstas en la gran mayoría de ocasiones, cínicamente manipuladas de sus astas. ¿Entonces, por qué no mejor anunciar con claridad y sin componendas?: “Los matadores de toros lidiarán reses sin edad y con los pitones arreglados”, y así no se engañaría a nadie, y no se cometería ningún fraude, ya que ellos —empresas y actores— lo estarían manifestando en sus programas y cartelones colocados en las taquillas, y entonces el público podría tomar su propia decisión de asistir o no.
Pero como es obvio que no se atreven a decirlo, y mucho menos estarían dispuestos a publicarlo, ya que cínica e irresponsablemente se anuncian y alardean de ser “los estupendos y generosos promotores del espectáculo”, entonces sí, quedarán con la obligación y tendrán que cumplir con las normas que rigen y gobiernan al “Auténtico Espectáculo Taurino”, pero, difícil compromiso que ellos jamás, y de ningún modo han estado dispuestos a realizar.
Es por ello que se ha hecho algo habitual y cotidiano que para los aficionados no es extraño y mucho menos un misterio, que en las últimas décadas en nuestro país, en todas las plazas de toros ya no se mortifiquen ni tampoco les interese involucrase a las autoridades gubernativas, que ni siquiera se inmutan, tampoco se inquietan, y obviamente no les preocupa en lo más mínimo el hecho real y evidente de que continuamente se esté engañando a los asistentes en cada festejo anunciado. Esta lamentable y crítica situación —común denominador en nuestras plazas— es la principal causa y el origen de la contrariedad y desesperación que sentimos los aficionados, al ver y percatarnos cómo esta Magna Tradición Cultural de nuestro México, va muriendo dramáticamente en cada tarde.
Pero lo más inadmisible y nada coherente es que si analizamos los diferentes reglamentos taurinos de las diferentes entidades donde existen, generalmente todos coinciden “supuestamente” de que han sido redactados y diseñados para proteger los intereses del aficionado, y enfatizando en las normas, calidad y seriedad del espectáculo que deben ofrecer las empresas. Así, para ejemplificar lo anterior transcribo un fragmento del artículo con el que inicia el reglamento de nuestra ciudad: “El presente reglamento tiene por objeto regular la preparación, organización, y desarrollo de los espectáculos taurinos… debiendo las autoridades competentes constatar que en los mismos se cumplan las disposiciones contenidas… ordenamientos legales y reglamentarios aplicables”. En cuanto a los derechos de los aficionados y público señala: “Los espectadores de los festejos taurinos tienen derecho a presenciar festejos íntegros y en los términos y condiciones que hayan sido anunciados”.
Así está escrito, entones: ¿Por qué si el reglamento —aunque vilmente manipulado y acomodado para favorecer a la empresa— es claro y específico de cómo deberá ser presentado el espectáculo, no contamos con autoridades de gobierno que realmente vigilen –que es su obligación– con firmeza y honestidad, y que se atrevan a dar a dar cumplimiento puntual al mismo? Además, ¿Por qué, si en cualquier otra actividad que realizamos, comercial, de servicios, o adquisición de bienes, cuando éstos no son satisfactorios por causas ajenas a nosotros, y si por deficiencias del prestador del servicio, o el bien adquirido no tiene la calidad ofrecida, “Sí” tenemos el derecho a denunciar el engaño, para que nos sea subsanado o retribuido. Entonces reitero ¿Por qué en el espectáculo taurino, tenemos que resignarnos a cruzarnos de brazos cada tarde, aunque nos viven continuamente engañando?
La auténtica Fiesta Brava necesita regresar urgentemente a la verdad, que las autoridades se dejen de tibiezas y comportamientos timoratos, que se conduzcan con firmeza y seriedad, principalmente y antes que nada en el reglón que define a la figura central de la fiesta, “El Auténtico Toro” —con edad, presencia e integridad— porque nadie, que diga que ama a ésta Fiesta, podrá jamás olvidar y mucho menos omitir que este extraordinario y sorprendente mundo, vive y existe únicamente y nada más, gracias a la existencia de su Majestad El Toro Bravo.
Fuente: http://opinion.informador.com.mx/Columnas/2016/01/13/ayuda-proteccion-defensa-de-quien/




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