2016, año del tributo

Por Jesús Zarate.

Hace unos días en una rica charla con el decano de los periodistas taurinos en Guadalajara, don Francisco Baruqui exponía, con su incomparable elocuencia, que el toreo reúne todo tipo de sensaciones en una tarde de corrida, pero que sobre todo una de las características que lo hacen único es la dureza que conlleva, no solo en el ruedo, sino en lo que significa ser torero.

Uno de los grandes activos del toreo es que lo que sucede en la arena es una verdad inobjetable, el triunfo, el fracaso, el ridículo, la sangre, la música, el color, la muerte, que en algunas ocasiones es la de los propios toreros, todo sucede al instante.

Este 2016 tiene una carga de altísimo costo para aquellos que han decidido tomar la vocación del terno de luces; en apenas un trimestre la tragedia se ha manifestado por triplicado, cual nefasto trámite burocrático.

La más reciente de ellas ocurrió el sábado y cobró la vida de Víctor Barrio (29 años), teniendo como escenario la Plaza de Teruel, en España. Un matador modesto, con amplio palmarés novilleril, pero que carecía de oportunidades, el infortunio lo puso en el peor lugar.

Antes fue el novillero peruano Ricardo Motta (20 años), quien perdió la vida en la carretera de la desesperación, cuando no encontró en la Plaza de Malco la atención médica que lo salvara.

El Pana sentenció su vida en Lerdo en mayo, un torero modesto, de aquellos de la legua y marginado durante décadas, y quien sufrió una penosa agonía que encontró su destino mortal el 2 de junio.

Un 2016 que nos recuerda que cada hombre de luces merece respeto y trato de héroe, un trimestre mortal explica el respeto que sienten los toreros hacia sus colegas, sin importar lugar en el escalafón, fama o posición social.

Lo que vuelve al 2016 especialmente cruel es que se ha ensañado con los de abajo, y cuando los modestos pagan el tributo, tiene el doble de valor.

“La muerte de un joven es la injusticia misma, en rebelión contra semejante crueldad, aprendemos tres cosas. La primera es que al morir un joven, ya nada nos separa de la muerte; la segunda es saber que hay jóvenes que mueren para ser amados más, y la tercera, que el muerto joven al que amamos está vivo, porque el amor que nos unió sigue vivo en mi vida”: Carlos Fuentes.

jesus.zarate@milenio.com

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