¿Que pensaría Hemingway?

Conoce-los-magníficos-gatos-polidáctiles-de-Ernest-Hemingway-3

Por Xavier Toscano G. de Quevedo.

Era importante el intermedio en la narración de la Feria de San Fermín. Un torero, una vez más en la historia centenaria de la Tauromaquia —ya nueve siglos— entregó su vida persiguiendo la gloria, en esta enigmática, controversial y sublime Fiesta, en la que hoy con tanta diversidad de pensamientos, y corrientes ideológicas “de moda”, se escucharon un cantidad interminable de ofensas, burlas, disparates y agresiones, de individuos que en un afán enfermizo de protagonismo, utilizaron este dramático suceso, para menospreciar y agraviar la vida de un ser humano.

¡Sí, es un hecho!, siempre han existido los mentecatos e insolentes, que no conocen las palabras “respeto a los demás”.

Pero retornemos a Pamplona y su Fiesta de San Fermín, que inició como cada año, con el “Pregón” del alcalde en la Plaza de Ayuntamiento, en donde miles de personas venidas de todos los rincones de nuestro planeta, y como marca la tradición vestidos de riguroso blanco, con el pañuelo rojo que simboliza el manto de San Fermín, escucharon emocionados y con nerviosismo: “Pamploneses y Pamplonesas, Viva San Fermín” y al tronido del “chupinazo” arrancaría la feria, que congregó a un número importante de aficionados y también curiosos atraídos bajo el conjuro de la más bella de todas las fiesta.

Esta fiesta pamplonesa de “los encierros” aunque muchos lo desconozcan, tiene un origen medieval cuando los mayorales y pastores navarros hacían su entrada a la ciudad, arriando de las dehesas de La Rivera a los toros bravos que habrían de lidiarse en la plaza mayor, que por entonces era donde se realizaban todos los festejos taurinos. Con el transcurrir de los años, este trabajo de los pastores, se convertiría en la fiesta de “los encierros” que desde los Corrales del Gas en la cuesta de Santo Domingo, y hasta que el último toro entre en los corrales de la Plaza de Toros, dan forma y vida a un espectáculo sin paralelo en el mundo.

Es esta emblemática representación histórica la que cautivó a Ernest Miller Hemingway en el año de 1923, y que marcaría para siempre su vida. Quedó desde el primer momento en el que asistió a una corrida de toros impresionado por el “valor” de los toreros, y la majestuosidad y arrogancia del toro bravo, dedicando a partir de eses momento páginas interminables de narraciones dedicadas a nuestro incomparable Espectáculo Taurino, siendo lo más representativo de sus escritos la novela “Muerte en la Tarde” —1932—. Mucho le debe Pamplona a Hemingway ¿Pero hoy, qué escribiría el Premio Nobel de Literatura nacido en Oak Park, Illinois, al ver tantas actitudes licenciosas?”.

¡Seguirán siendo los Sanfermines una fascinante seducción para el mundo! Innegablemente que sí, pero nunca habrá que olvidar que son importantes “los encierros”, pero más trascendente es lo que sucede en la plaza, en donde toreros vestidos de seda y oro se juegan la vida para crear y forjar este asombroso, mágico y sublime arte; que sólo existe gracias a la presencia de su Majestad, El Toro Bravo. Y que por muchos siglo más ¡Que Viva San Fermín!

Publicado en EL INFORMADOR.


Descubre más desde DE SOL Y SOMBRA

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

Anuncios