¿Mancera planea demoler la Plaza de Toros México?


Por Lumbrera Chico.

Miguel Ángel Mancera Espinosa estaría preparando el gran golpe de efecto que lo pondría —según sus cálculos— de regreso en la carrera presidencial. Estaría, en otras palabras, preparando la demolición de la Monumental Plaza de Toros México, para seducir al electorado animalista y adueñarse de una megatorre en el corazón de Mixcoac.

Datos duros. Al concluir la temporada otoño-invierno 2015-2016, el pasado 22 de febrero, la empresa Productora Global EMT SA de CV —de Miguel Alemán Magnani, asesor de Mancera en materia de turismo y propietario de Interjet—, despidió a todos sus empleados de confianza y cerró sus puertas.

Alemán Magnani, nieto del ex presidente Miguel Alemán Valdés e hijo del ex gobernador de Veracruz, Miguel Alemán Velasco —accionista de la misma aerolínea— dejó rodar la versión de que terminó con su pareja en el mundo de las andanzas taurinas, el veterinario Rafael Herrerías Olea, con quien a lo largo de los últimos 23 años, además de adquirir y desarrollar una ganadería de reses bravas, cambió cinco veces el nombre de la fachada jurídica del negocio: un mecanismo diseñado para perder dinero y, aprovechando el régimen de consolidación fiscal, evadir impuestos. O lavarlos. 

¿Cómo funciona económicamente la Plaza México? Un señor llamado Antonio Cosío, al que nunca le han interesado los toros, recibe un pago anual de 20 millones de pesos (o su equivalente en dólares) por la renta del edificio que quedó a su cargo tras la muerte de su hermano Moisés, quien a su vez lo heredó de su padre, el legendario Moisés Cosío, dueño también del estadio de futbol contiguo (hoy Estadio Azul) y del Frontón México, sito junto al Monumento a la Revolución.

Bajo los siguientes nombres —Plaza de Toros México SA de CV (1993), Promotora Alfaga SA de CV (1993-2005), Promotora Artística y Taurina (2006-2007), Renovación Taurina (2007-2015) y Productora Global EMT SA de CV (2015-?)—, Alemán Magnani reportó abrumadoras pérdidas económicas ante el fisco, y éste, comprensivamente, se las descontó a las ganancias de Interjet, para que el total de impuestos a pagar fuera mínimo. O nulo.

Herrerías, como operador de Alemán Magnani, comercializó la plaza por diversos conductos. La rentó a circos de motociclistas, a estaciones de radio, a bandas gruperas, a grupos religiosos, a partidos políticos, a organizadores de peleas de box, y a todo aquel que le llegara al precio.

Ésa, a pesar de todo, era la parte marginal de la operación. La renta pagada a Cosío se recuperaba con la renovación de los “derechos de apartado”, una especie de título de propiedad que, desde muchas décadas atrás, los aficionados atesoran y guardan en el lugar más secreto de su casa, y antes de morir ponen a nombre de los hijos, y año con año canjean —siempre pagando una cantidad injustificadamente más alta— para conservarlos un año más, puesto que esas tarjetas les aseguran que se van a sentar siempre en la misma silla de lámina o de cemento, y que van a emborracharse y discutir con sus vecinos de siempre, pero, sobre todo, que no van a perderse una sola corrida. Estamos hablando de hace quince, treinta, cincuenta años. No de hoy.

De acuerdo con el Reglamento de Espectáculos del Distrito Federal, vigente a la fecha, para que el GDF dé a los usufructuarios de la Plaza México permiso de canjear los derechos de apartado antes de la temporada de otoño-invierno, la empresa debe ofrecer un mínimo de doce corridas de novillos entre mayo y julio, aunque no hay fechas fatales. Todo lo contrario. Flexibilidad absoluta.

En este año de 2016 ya transcurrieron mayo y de junio, estamos a finales de julio, y la empresa de la Plaza México está desaparecida. Entre los que saben se dice que Herrerías —el insoportable déspota, provocador y al final marioneta de la familia Alemán— se peleó con Antonio Cosío, quien, por vengantivo, le subió la renta astronómicamente. Ésta habría sido la razón por la que Alemán Magnani “despidió” a Herrerías. “Tú estás para resolverme problemas, no para creármelos”, le habría dicho.

Antes que fueran conocidos estos detalles —inverosímiles de principio a fin—, el dueño de Interjet habló con su arquitecto de confianza —el que por ejemplo le hizo Plaza Antara en Polanco y otras obras por el estilo—, Javier Sordo Madaleno Bringas, propietario de la ganadería de Xajay, y lo habría invitado a ocupar el puesto de Herrerías.

La verdad es muy otra. Miguel Ángel Mancera está trabajando codo a codo con Antonio Cosío, para ayudarlo a reabrir el Frontón México, pisoteando los derechos de los obreros que se declararon en huelga hace 20 años y todavía no logran satisfacer sus demandas. Aunque en su gran mayoría están muertos.

Si al indolente señor Cosío el doctor Mancera le abre una nueva fuente de ingresos en el remozado contorno del Monumento a la Revolución, ¿va a seguir aferrado a la Plaza México cuando, por una parte, se la van a comprar, y por la otra, lo harán accionista de la megatorre que se alzaría sobre el antiguo horno de ladrillos que, en 1946, el visionario Neguib Simón, ex secretario particular del gobernador socialista de Yucatán, Felipe Carrillo Puerto, convirtió en la plaza de toros más grande del mundo, pero sólo como parte de una “ciudad deportiva” en la que habría, incluso, una playa con olas artificiales.

2

Una de las acepciones del sustantivo lumbrera alude al sitio donde, en las azoteas de las antiguas plazas de toros, colocaban leña y le prendían fuego para iluminar las faenas nocturnas. Eran las localidades más baratas. Lumbrera fue un crítico taurino que en El Financiero retomó el formato del clásico “Por mi madre, bohemios”, y sin permiso de Carlos Monsiváis creó la sección “Crónica de crónicos, a qué plaza fui”, ilustrada por sus propios apuntes.

Una de las razones de ser de su pseudónimo dice que, de niño, veía las corridas encaramado en una lumbrera. Pero como era, esencialmente, un provocador intelectual, no dudo que haya adoptado ese “nombre de pluma” para burlarse de sus antipatizantes. Una de sus anécdotas más celebradas cuenta que, en clase de derecho romano, el catedrático impuso una calificación de 8.5 a uno de los estudiantes más destacados. Éste, sumamente molesto, protestó:

—Renuncio a mi nota porque arruina mi promedio.

No era para menos. Su promedio era de 10. Lumbrera, siguiente en el orden al bat del examen obtuvo un 7. Imitando a su antecesor, dijo: “Renuncio a mi nota porque arruina mi promedio”. El catedrático, desconcertado, preguntó: “¿Cuál es su promedio, compañero?”. En la Facultad de Derecho de la UNAM, en 1953, alumnos y maestros se trataban de “compañeros”. Lumbrera dijo: “Mi promedio es de seis”.

Lumbrera publicó artículos taurinos en dos semanarios: El Redondel, de don Abraham Bitar, y Siempre! de don José Pagés Llergo. Cuando yo comencé a trabajar como reportero en el unomásuno de Manuel Becerra Acosta, Lumbrera dejó de firmar sus colaboraciones esporádicas con su propio nombre (igualito al mío) y se envolvió en su pseudónimo. 

Cuando murió, en 1988, decidí que si alguna vez llegaba a escribir de toros, firmaría como Lumbrera Chico.

Este será un espacio de reflexión y reencuentro, abierto por igual a taurinos y antitaurinos, para compartir la certeza de que tanto los unos y los otros somos postaurinos. La obsesión masiva por borrar del mapa la tristísima “fiesta brava”, debe consolarse con la entera certidumbre de que ésta ha dejado de existir. Ya no hay “fiestas de toros”, como se decía en el siglo XVI. No es necesario proseguir la guerra contra algo que se ha evaporado en el aire. 

Es absurdo sentir odio por quienes atesoramos una historia que se remota —en México— a 1524, y contra quienes todavía van a las plazas a cultivar sus nostalgias, a recordar a sus muertos, pero como castigo —además de ser tachados de “taurópatas, sociópatas y especistas”— deben resignarse a despotricar contra el representante personal de Miguel Ángel Mancera —el SeñorJuezDePlaza— por la escasa fuerza y el pésimo estado de salud de los chivos con patas de zancudo y antenas de mosca que saltan al ruedo, para que un público educado por Televisa, un público estúpido, obsceno, vulgar, analfabeta, repugnante como la portada de hoy del periódico Metro, una asquerosa mezcla de sangre y culos, no importa la fecha en que sean leídas estas palabras, grita ¡¡¡Oooole!!!, sin saber por qué.

Fuente: Polemon

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3 Comentarios »

  1. No tengo el gusto de conocerlo sin embargo su presentación me ha gustado, la he entendido, saboreado y por momentos me ha entretenido demasiado además de informarme de una manera amena y entretenida.
    Le deseo suerte y cuénteme desde ahora como uno mas de sus lectores.
    Gracias y saludos!

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  2. Y ese público educado por Televisa, de la moribunda fiesta dizque brava como bien señala “Lumbrera Chico”; su mentor resulta que es: “EL ÍNCLITO” Heriberto Murrieta.

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