Es un pasaje ineludible

Por Xavier Toscano G. de Quevedo

Nunca podremos cerrar el mes de agosto sin recordar —como cada año— al más grande de todos los toreros, que el pasado domingo 28, día en que celebramos la festividad de San Agustín, se han cumplido 69 años de la última tarde en la que actuó el “Califa de Córdoba” Manuel Rodríguez Sánchez “Manolete”.

¿Quién no ha escuchado alguna vez en su vida el nombre de “Manolete”? ¡Seguro estoy que nadie! Aun aquellos que nunca han sentido atracción por nuestra prodigiosa fiesta, y hasta los que —sin ningún argumento, y sólo por borreguísimo— pretenden destruirla. Y es que en el mundo entero se le reconoce al torero cordobés como el símbolo más emblemático del Espectáculo Taurino. Hablar de Manuel Rodríguez Sánchez “Manolete” es centralizarnos en nuestra atractiva y sorprendente fiesta, él tiene un lugar sagrado e inalcanzable entre todos los toreros que han marcado y dejado su huella en el acontecer de la tauromaquia desde su nacimiento hace más de 900 años, y obviamente en el siglo anterior, junto con José Gómez Ortega “Gallito” y Juan Belmonte precursores de la revolución en el toreo.
      
De estirpe torera, Manuel Laureano nació en la ciudad de Córdoba el 4 de julio de 1917 —está muy próximo el centenario de su nacimiento—,  su padre, también torero, se anunciaba como “Manolete”, aunque era más conocido con el apodo de “El Sagañón”, y de Agustina Sánchez que había enviudado anteriormente del torero Rafael Molina Martínez “Lagartijo Chico”. Sobrino nieto de José Dámaso Rodríguez “Pepete”, quien en el año de 1862, un 20 de abril, perdiera la vida en la plaza madrileña que se encontraba frente a la antigua Puerta de Alcalá; ¡Qué singularidades tiene la vida! Un toro de Miura de nombre “Josinero” le quitó la vida, y 85 años después “Islero”, igualmente de Miura, terminaba con la vida de Manuel.   

“Manolete” estaba cansado, el peso de toda la fiesta la sostenía él solo, habían transcurrido 13 años en su carrera que inició un 3 de mayo de 1934 en el poblado de Écija, y para 1947 su decisión era ya retirarse de los ruedos, pero faltaba su cita en el pueblo minero de Linares, provincia de Jaén, en donde estaba anunciado para las festividades del santo patrono del lugar, San Agustín, y esa tarde en quinto lugar salió al ruedo “Islero”. . . ¡Tenía qué ser de Miura!

Manuel Rodríguez Sánchez “Manolete” es sin lugar a duda la figura con más trascendencia y no solamente del siglo XX, es él el representante principal de toda la historia de la tauromaquia.

Torero de época, leyenda y arquetipo de la grandeza y solemnidad torera, entregó a la fiesta lo más grande que un torero pueda ofrendar: su inmolación.
 
Por lo cual, siempre habremos de resaltar que la majestuosidad y esplendor en más de IX siglos de trayecto de nuestra Fiesta, la enarbolan todos aquellos hombres que con dignidad, categoría, sacrificio y “honestidad”, han conquistado para la perpetuidad la gloria e inmortalidad dentro de éste mágico, sorprendente y dramático mundo, que existe y vive “únicamente” gracias a la presencia de su Majestad, El Toro Bravo.

Publicado en El Informador.

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