El Payo antidepresivo

El Payo. Foto Tauroagencia.

Por José Cueli.

Los toros de San Isidro, buenos mozos, guapos, espléndida presencia, aparecían en el redondel, lo recorrían, y tras tan atractiva presencia se les apreciaba terrible depresión. A la afición también se le sentía depresiva. Los toreros, a ritmo con la afición y con los toros, como idos. Los toros recibían una puya de rigor y cada vez más depresivos. Lentamente se veían sin movilidad, algunos con la cabeza suelta, a su aire.

Sustrayéndose a las severas reglas estéticas a que vivía sujeto el toreo, una vez más, la tendencia generalizada a apoderarse de toros industrializados, noblotes, caminando con dificultad, tirando cornaditas. Lo nefasto para el toreo es que los toros perdían su raza tornándose amigos del alma del torero. Lo que quitaba emoción al quehacer de los mismos. Las faenas se multiplicaban hasta el infinito, los pases descendiendo de las alturas del arte. Se pueden dar muchos pases sin toreo y todo lo contrario, pocos pases y mucho toreo. Es decir, las nociones de buen gusto y la aspiración a lo bello, a lo natural que es cautiverio en lo misterioso. Mientras no se encuentre la cuadratura al círculo, este mal fario de la fiesta no habrá encontrado su camino.

Los torillos fantaseaban en vez de embestir con aquellas caídas de las tardes en las cumbres lejanas de la ganadería, cuando el sol iba bordando sus transparentes gasas y ellos, con lágrimas en los ojos, se despedían del cielo azulísimo rumbo a la Plaza México; sus últimas tardes en el campo invernal eran de oro. Bajo la luz brillaba por los aires un rubor a fragancia de flores. Los árboles dormían en la quietud sagrada del cálido y radiante crepúsculo de grana y en la olorosa fronda oculta y solitaria. Temblaban las hojas y ramas en la que tristes crecieron arrastrando la cobija bugambilia. Los de San Isidro no elaboraron la pérdida de las vaquillas que los despedían para siempre.

Octavio García El Payo venía con ganas, en contra de la depresión generalizada. Con un torear lento, mexicanísimo, mostró el temple que asentó en la madre patria. Lástima que los torotes no permitían las faenas ligadas. De cualquier manera, El Payo se consagró cual continuador de la línea que dejaron en los redondeles Silverio, Manolo, Capetillo… El toreo a cámara lenta.

El juez salió muy exigente y le dio una orejita. Qué importa, El Payo dará la pelea a los toreros visitantes. En espera de que salga una corrida de toros que embistan. Los toros que embisten y no embisten están vaciando las plazas.

Publicado en La Jornada.

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