Opinión: La Feria Guadalupana

Por Alcalino.

Las razones no se me alcanzan, pero el próximo fin de semana dará la Plaza México una serie de tres corridas en días consecutivos, cuyo cierre coincide con el 12 de diciembre, fecha particularmente sensible a nuestra cultura. Pese a lo cual, esta Feria Guadalupana incluye más nombres de extranjeros que de mexicanos en su cartelería, al tiempo que parece desafiar temerariamente la situación taurina y económica del país, que, a propósito de lo segundo, acaba de ver cómo un partido de futbol americano anunciado con derroche de publicidad alojaba en el estadio Azteca 30 mil espectadores menos que su antecesor de 2006 (76 mil contra 106 mil en aquel entonces), mientras los encuentros por la liguilla del futbol nacional se juegan con visibles huecos en los graderíos, cuando lo usual, hasta principios del actual, era que un encuentro de éstos prácticamente paralizara las actividades de la ciudad donde se jugaba… y a veces las del país entero.


No se trata sólo de que el interés por la fiesta brava haya caído en picada –y Dios sabe cuánto bregó para conseguir tal efecto la empresa venturosamente saliente–, sino que el bolsillo de los mexicanos ya no da para más. Tratar de que se estire hasta cubrir el coste de tres corridas seguidas es chocar frontalmente con una realidad que tiene al pueblo llano casi a punto de colapso. Por algo, el presidente del Banco de México acaba de acogerse a esta sabia conseja: “mejor es que digan aquí corrió que aquí quedó”.

Y sin embargo.

En algo son pioneros los actuales empresarios de la México: será ésta la primera ocasión en que el embudo de Insurgentes acoja una feria de tal naturaleza, y nada ni nadie podrá despojarlos ya de esa bandera. En lo que no llevan mano es en la organización de una seguidilla de festejos anunciada al público capitalino en torno al 12 de diciembre, pues una hubo, bautizada en su momento como, precisamente, 1ª Gran Feria Guadalupana. La tramó en 1956 aquel taurino singularmente astuto y marrullero que fue Antonio “Tono” Algara. Para el efecto, arrendó el Toreo de Cuatro Caminos –no la México, en manos de su adversario Alfonso Gaona–, encampanó al arzobispo primado Miguel Darío Miranda y Gómez y proclamó a los cuatro vientos que las utilidades que esperaba obtener serían destinadas a obras de la basílica de Guadalupe. Y armó seis carteles con el concurso de dos primeras figuras hispanas –Miguel Báez “Litri” y Antonio Ordóñez–, una autóctona –el maestro potosino Fermín Rivera, recién recuperado del infarto que finalmente lo retiraría de los ruedos–, tres jóvenes en plan de irrupción triunfal a partir de sus recientes doctorados –los mexicanos Joselito Huerta y José Ramón Tirado, y el onubense Antonio Borrero “Chamaco”, flamante producto del tremendismo entonces en boga–, y la segunda alternativa de Fernando de los Reyes “El Callao”, triunfador de la última temporada chica con ese arte tan suyo, endeble siempre y por momentos genial.

De enviar el material bovino se encargarían los señores Madrazo –de La Punta y Matancillas–, Jesús Cabrera y San Mateo, ambas del campo bravo zacatecano, y del de Tlaxcala Rancho Seco y Mimiahuápam, la divisa debutante de Luis Javier Barroso.

Rivera y El Callao

 Un viernes condenadamente gélido –el 7 de diciembre de 1956–, ante tendidos colmados, partían plaza Antonio Ordóñez, Joselito Huerta y José Ramón Tirado. Lo que ninguno pudo partir fue el bacalao, porque a los de La Punta, de arrogante presencia, el sobrepeso los aplomó pronto y poca ocasión dieron a que la terna pudiera lucirse. Empero, la gente se armó de valor y prendas de abrigo y con idéntico entusiasmo emprendió, al día siguiente, la ruta hacia Cuatro Caminos. Se encontró con que al terciadísimo encierro de Cabrera hubo que parcharlo con dos reservas de San Mateo. Pero también con una faena grande del reaparecido maestro Fermín Rivera –le valió las orejas del cuarto, un noble cárdeno rebautizado “Los 21”–, una relampagueante pero muy ligada y original sucesión de ramplonerías a cargo del debutante Chamaco –le dieron la oreja– y una sobrecogedora faena sobre la derecha, de sentimiento casi silverista, con la que El Callao habría acabado con el cuadro si no llega a fallar tanto con la espada. Fue con el sexto, de larga y humillada embestida, que el huamantleco ahondó extraordinariamente en los medios de la plaza. Había cubierto el expediente de la alternativa sin pena ni gloria, pero con “Gordito”, de Jesús Cabrera, Fernando se sublimó.

Ordóñez y “Cascabel”

 Tan enorme fue la faena de El Callao que, al concluir la feria, los pareceres estaban divididos entre su faenón del sábado 8 y el que Antonio Ordóñez bordó al día siguiente con el 5º de San Mateo. Fue “Cascabel” un ejemplar de preciosas hechuras y nobilísima condición pero algo débil de remos. Desde su salida, al rondeño lo asistieron las musas del toreo más exquisito y clásico: verónicas señoriales, chicuelinas de seda y un quitazo por gaoneras en que, para echarse el capote a la espalda, Antonio trazó una larga afarolada cargando la suerte y recogiendo por detrás la punta del capote. Si El Callao había manejado asombrosamente la diestra, despatarrado en los medios y con la cabeza ladeá sobre la hombrera, la obra del artista de Ronda fue pródiga en naturales de asombroso temple, rematados con el clásico de pecho, alguna vez precedido de luminoso afarolado, para concluir con medios pases por delante dotados de un empaque y un sabor que todavía se recuerdan. Citó a recibir y pinchó, pero el inmediato volapié fue fulminante. Y mientras los restos de “Cascabel” eran arrastrados entre ovaciones en torno al anillo, el homenaje al inmenso torero se prolongó a lo largo de varias vueltas al ruedo, y parecía no terminar nunca.

Fue ésta del 9 de diciembre del 56 una tarde de pelea. La dio Litri en sus dos toros, bravísimo el primero, –tanto que el trofeo al mejor de la feria sería para este “Barba Roja”, al que pinchó–, y aquerenciado en tablas el 4º, con el que el de Huelva se jugó el tipo hasta arrancarle la oreja. Como de oreja debió ser la bravía faena de Huerta al 6º, “Llaverito”: poco favorecido en el sorteo, el poblano tampoco lo fue por el juez de plaza, que se retiró apresuradamente del palco, desatendiendo la unánime petición.

Flojo final

Lo que siguió valió bien poco, excepto para la empresa, que tuvo plaza llena todas las tardes. El lunes 10, un cartel juvenil –Tirado, Chamaco y El Callao– se estrelló en la mansedumbre de un hato más joven aún, de Rancho Seco, que desató las iras del tendido. Y aunque de presentación impecable, los Matancillas del martes 11 salieron tan parados como sus primos hermanos punteños del primer día, malogrando los esfuerzos de Rafael Rodríguez –llamado de urgencia para sustituir a Fermín Rivera, reportado con taquicardia– y del Litri. Sólo Antonio Ordóñez, impulsado por la inercia torera del domingo anterior, pudo aprovechar las escasas aunque suaves embestidas del cierraplaza “Canciller” para trazar una corta y asolerada faena de oreja.

Sin embargo, al día siguiente no pudo comparecer el rondeño, a quien, la víspera, el arpón de una banderilla dejada sobre la arena le hirió la planta del pie. El día de la Guadalupana, en corrida de seis matadores, lo sustituyó el propio Rafael Rodríguez, que fue quien mejor estuvo con la mansada del señor Barroso que malogró la tarde postrera, en que los cinco restantes integrantes del elenco se esforzaron en vano.

Las cuentas del gran capitán

 Al deslucimiento de la mayor parte de las corridas de la serie que hemos repasado –solamente los festejos del sábado 8 y el domingo 9 desquitaron con creces el precio del boleto–, le sucedería un último revés, pues el arzobispo primado se quedó esperando por los beneficios prometidos –taquilla, televisión, concesiones para vendimias varias…–, en tanto el Comité Organizador aducía pérdidas en vez de ganancias, argumento inverosímil, dada la sucesión de llenos que registró el coso cuatrocaminero.

Otro incidente desagradable fue el enfrentamiento a golpes que, en barreras de sombra, protagonizaron el cronista Carlos León y el matador retirado Carlos Arruza, quien aprovechó el casual encuentro para dirimir por la fuerza las desconsideradas críticas que, más por antipatía personal que por exceso de rigor, acostumbraba hacer el periodista al juzgar las actuaciones del Ciclón Mexicano.

Ayer El Toreo hoy la México

 Algunas ferias más, ninguna guadalupana, se celebrarían en Cuatro Caminos –en noviembre de 1964, dos en el año 67 y la última, de nueve festejos, en 1968. Este fin de semana, la Plaza México tendrá su prueba de fuego en ese sentido. Bajo el signo, más bien ominoso, de una época nacional, anímica y taurinamente muy distinta.

Publicado en La Jornada de Oriente

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