Cuando Cela soñaba con ser torero 

Cela y Dominguín

​Por Lucas Pérez.

Casi con la misma precocidad con la que desarrolló como prosista, Camilo José Cela descubrió en la Fiesta de los toros una prolongación de su fuerte personalidad, una fuente de inspiración divina que le acompañaría durante todos los días de su vida. Apasionado por las costumbres del pueblo, de sus vivencias, de sus emociones, de las gentes y los personajes que lo rodean, el veneno taurino no tardó en infectar la sangre de este gallego ilustre. Tan profundo caló en él la Tauromaquia que no dudó en rozar lo temerario y lanzarse alguna que otra vez al ruedo en las capeas de pueblos como Cebreros o Navas del Marqués y ganarse algún que otro revolcón. Unos percances que le ofrecieron la perspectiva real y más dura del albero para hacerle ver que lo suyo con los toros debería producirse al otro lado de la barrera. Como él mismo confesaba, «tenía más valor que arte». Y eso no era suficiente para alcanzar la gloria.

Ese valor, ese carácter, esa fuerte personalidad que le hizo único, se desarrolló después como aficionado, como apasionado de un espectáculo que le cautivó hasta tal punto de afirmar que «el toreo es un arte misterioso, mitad vicio y mitad ballet. Es un mundo abigarrado, caricaturesco, vivísimo y entrañable el que vivimos los que, un día soñamos con ser toreros». Cela, que siempre vio en la lidia un espejo de la cultura española, no dudó nunca en defender el toreo a pecho descubierto, de acudir a las plazas, de codearse con los ilustres personajes de la época como Luis Miguel Dominguín… Y como no, de trasladar su querencia al llamado arte de Cúchares a sus obras. Así lo acreditan libros como Izas, rabizas y colipoterras (1964), La bola del mundo(1962), El gallego y su cuadrilla (1978),Toreros de salón ( 1989) y Torerías (1991).

Un año antes de recibir el premio Nobel de Literatura (2003), Cela fue obtejo un curioso brindis en la plaza de toros de Pontevedra. Vicente Ruiz, El Soro, víctima de una broma de un miembro de su cuadrilla, se dirigió a Cela confundiéndolo con el maestro Marcial Lalanda:

-«Va por usted, por todo lo que ha sido en el toreo y por todo lo que representa para la Fiesta».

Soprendido, Cela recogió la montera de El Soro, que se disculpó después en el hotel por la terrible confusión. «No pasa nada hombre, no sabes lo que me he reído. Además yo en mis inicios quise ser torero y por momentos, me has hecho sentir torero», consoló Cela a El Soro.

Publicado en El Mundo

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