Curro, es la vida.

Curro Romero.
 

Por Fausto Romero-Miura Giménez.

El domingo, a las cuatro y veintiocho minutos de la tarde, mientras hablaba por teléfono con Fausto, mi nieto, oí una voz que no era la suya, más adulta y grave, que decía “¿Fausto?” Esa voz, personalísima, me sonó a sueño pero ¡no podía ser, era imposible que fuese la soñada! Pregunté: “¿quién es?” Y la voz, amable, sonriente y sabedora de la incredulidad que había de producirme, dijo: “Soy Curro”. 

¡Curro Romero, el ídolo de mi vida, la pasión que aún me abraza ! Y hablamos mucho y recordamos y reímos. Y me explicó que habían coincidido en el mismo restaurante y que Fausto, mi nieto, con la complicidad de Carmen, su mujer apiadada, le hicieron comprender lo feliz que me haría oírlo. 

Y el Maestro – ¡con qué señorío tan sencillo puede hacerse feliz a un niño y a un viejo seguidor!- me habló.


¿Lo haría Ronaldo, Messi o cualquiera de estos divitos?¿Penélope y Bardem, o su madre, ceja incluida? 


Curro, sigue siendo el Mito eterno, querido, cálido y tímido, con el señorío y la caballerosidad humilde de quien, en la vida civil, es Excelentísimo señor, Hijo Predilecto de Andalucía, Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, Académico de la Real Academia de Bellas Artes de Sevilla. Y, en la Torería, el dios, El Faraón.
El Toreo es grandeza. Y se es torero siempre y para siempre, dentro y fuera de la Plaza. Lo definió, como nadie, Fernando Cepeda, cuya madre, doña Leonor, una señora literalmente excepcional, me contaba que sólo iba a La Maestranza cuando toreaba Curro

Soy currista desde la primera vez que lo sentí torear -porque yo, en lo toros, no veo: siento; no soy espectador, sino sentidor-  en Almería, el 28 de agosto de 1959, la tarde de mi bautizo en una religión mágica que él me hizo profesar con creciente devoción, fidelidad y entusiasmo: el currismo, reconocido judicialmente, en sentencia del T.S.J.A. de 22 de enero de 1999: “sentimiento arraigado y profundo como el que más, creador de una ilusión permanente, de una esperanza incondicional y de una forma de entender la vida”  ¡De qué poca gente habrán dicho los jueces que su personalidad imprime carácter! 

¡Qué bendita locura, que, desde entonces, no me ha abandonado! El mismo Curro ha podido comprobarlo en alguna de las escasas conversaciones -es afable y cordial, pero poco hablador en palabras; habla con su toreo, que sigue vivo en nuestra memoria- que hemos tenido, como una a solas, en el Hotel Torreluz, cuando aparecí en su habitación, en la que estaba solo, cargado con mis avíos: dos grandes cuadros de López Canito con él de protagonista; varios tauromaquias y biografías; su disco de villancicos con Antoñete y Gitanillo de Triana, y varias fotografías en las que estamos juntos… con un intervalo de cuarenta años. Se sorprendió ante tanta devoción mía y, más, cuando entendió que yo le decía que sentirlo torear era como dar a luz. Carlitos -más bien Carlote- Núñez me llamó para contarme que Amós Serra, un amigo de los tres, le había contado que al Torero le pareció una comparación hermosa: que su toreo era como alumbrar una vida. De verdad, lo es. Y, seguro, si él entendió eso, es que eso era lo que yo quería decirle… Y otro día, en Aguadulce,  me ofrecí a hacerle de toro para que no se retirase sin haber toreado, aunque fuese de salón, un Miura… 

Se cumplen hoy 57 años, 3 meses y 13 días desde que lo sentí  por primera vez, y la pasión no hace sino crecer: como Machado decía “de toda la memoria, sólo vale / el don preclaro de evocar los sueños”, sustituyo sueños por recuerdos y re-vivo en presente, ahora, cada uno de los momentos mágicos que Curro Romero me hizo vivir entonces. ¡Y fueron tantos! La tarde, en 1967, en que se negó a matar un toro en Madrid, pasó la noche detenido en la temible Dirección General de Seguridad de entonces -en la que se coló el periodista Julián García Candau vestido de camarero- y al día siguiente salió a hombres con Diego Puerta y Paco Camino; los célebres siete toros con el vestido de terciopelo rojo que me costaron acabar la carrera de Derecho en octubre, pues coincidía la corrida con el último examen, en mayo: mis padres -también curristas- no sólo lo entendieron, sino que me animaron; la apoteosis de Granada; las tardes triunfales y sangrientas de Almería, incluida pañoleta roja perdida en la enfermería… y hallada… y escondida. Y es que tiene un record en nuestra hermosísima Plaza: el delirio de nueve orejas y un rabo… y siete tardes de bronca, en las que decía, porque sabía de nuestra locura/devoción: “no me duele que me tiren almohadillas, porque no tiran a darme”. Y más: la apoteosis de Antequera, cuando cruzó el ruedo ganándole terreno al toro en cada una de sus verónicas arrebatadas; su último Festival en La Algaba… horas antes de anunciar esa noche su retirada, sin alharacas y por sorpresa, y no como El Guerra quien, cuando le preguntaron “Maestro, ¿va a sentir nostalgia o pena cuando se retire?”,  respondió: “¿Pena yo? Eso, ustedes” 

Curro se retiró con su discreta modestia pero nos dejó con la pena de que habló Guerrita. Claro que, a los sesenta y seis años, y cuarenta y uno de Arte, tenía todo el derecho a pensar en él. Mi desconsuelo sólo podría consolarlo el pasado, recordándolo –a él solo en el cráter dorado del volcán escenario de la fiesta lúcica, de tantas luces; la fiesta coral de toro, torero y público- creando mariposas rojigualdas de percal en forma de verónica, y sus naturales tan naturales -“yo invito al toro a pasar, pero si no quiere, no le voy a insistir, sería una indelicadeza”,  decía- esculturas etéreas e irrepetibles que duraban, en la realidad, apenas décimas de segundo pero en la memoria de mi sentimiento toda mi vida.

Porque el currismo es devoción. Tanta que he seguido a su sobrino nieto, José Ruiz Muñoz, guiado también por Gonzalito,  la persona a quien más envidio en España, pues durante treinta y dos años fue el Mozo de Espadas, confesor y consejero de Curro, con quien establecí una relación muy cordial y quien, por cierto, no me desmintió que aquella noche de Feria comprase todas las hamburguesas a Uranga para que el Torero, que toreaba al día siguiente, pudiese descansar, cuando la Feria se celebraba en el Parque, al que afachaba el Gran Hotel. Y, ya de despedida, me cantó este fandango: “¡Romero! / y en el camino un Romero / que más allá tiene un camino / con l’ aroma del romero / se está alegrando el camino / de camino y de Romero”. 

¡Quién me iba a decir que, en el otoño de mi vida, mi nieto y mi Mito iban a alargar ese camino feliz!

Nada de Curro me es ajeno. Es un referente y modelo de vida. Curro, es la vida.


 Fuente La Voz de Almeria

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