Tendido 7: ¡Uffff! Avasallador padecimiento endémico

Por Xavier Toscano G. de Quevedo

Invariablemente en las reuniones, o cuando tengo pláticas con mis amigos —y ciertamente, ¡qué pocos son en la vida!— es obligado (¿por qué será?) que me pregunten: “¿cuál es el animal que más me agrada?” A lo que siempre y sin titubear respondo, “El Toro Bravo”, sin olvidarme jamás de los “Majestuosos Caballos”, pero sin lugar a dudas su “Majestad El Toro Bravo” sobre todos los demás animales de la creación, que cada uno de ellos son ya de por sí, una obra extraordinaria de la omnipotencia de Dios.

El Toro Bravo —hoy, por el “caprichito” de las figuras casi extinto o fulminado— aunque para muchas personas es algo desconocido, ostenta una serie de características muy propias y particulares que lo separan diametralmente de los demás bóvidos existentes. Los estudiosos de la zoología han calificado a su antecesor como el “Bos Taurus Primigenius”, que era un animal corpulento, provisto de largas y puntiagudas astas, cuya característica etológica era su comportamiento agresivo y acometividad, que pobló un extenso territorio de la Europa Central.

A través de los siglos fue paulatinamente desapareciendo —al igual que otros animales— de los montes y valles europeos hasta ver reducido su hábitat a una franja boscosa de Navarra y Aragón, en donde por casualidad fueron encontrados los primeros ejemplares, y así, gracias a su hallazgo nació y es el origen de este mágico y profundo espectáculo, que sin Él, Su “Majestad El Toro Bravo” —nunca me cansaré de decirlo— jamás se hubiera dado. Es por él, por su casta, su bravura y su raza, que se denomina “La Fiesta Brava”, “Fiesta de los Toros”, y los recintos donde se llevan a cabo las corridas, se les denomina “Plaza de Toros”.

Continuamos inexplicablemente con la ambigüedad de una situación en nuestro México que lleva ya bastantes décadas de terrible problemática, ya que aquí se le ha venido dando más preferencia a los “caprichitos” de los toreros, y particularmente a los de ultramar, para que sean ellos los que decidan la procedencia de los animales —ojo, que no escribí toros bravos— para sus actuaciones, buscando invariablemente a las ganaderías que viven afanosamente en la búsqueda de producir “el torito para comodidad y beneplácito de los toreros”, que tal vez sería más exacto decirlo, crear a un animal totalmente desprovisto de bravura y raza.

Este escenario que es inexplicable, incongruente y nefasto, es el común denominador en todas nuestras plazas, razón por la cual el aficionado se desespera y fastidia, el público se aburre y por lógica consecuencia busca alguna alternativa para distraerse, quizás con la música, con gritos, o simplemente platicando sin hacer caso de lo que en el ruedo sucede.

A esta mortificante y delicadísima realidad que estamos padeciendo, da la impresión que el nuevo público que asiste eventualmente a las plazas le da poca importancia, tal vez por falta de una mejor información, o quizás porque no volverán en un buen tiempo a presenciar otro festejo, entonces “lo mismo le da”.

¡Señores, la bravura se está extinguiendo! Nuestro Espectáculo Taurino precisa y obliga de un salvamento urgente. Han sido varias décadas de los infaustos y perjudiciales “caprichitos” de las empresas, “figuritas” y demás protagonistas, por ello: ¡ya basta! La verdad de nuestra fiesta debe llegar inmediatamente a las plazas, y ésta se obtendrá justamente, cuando aparezca de nuevo en los ruedos: su Majestad “El Toro Bravo”.

Publicado en El Informador.

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