Opinión: Lecciones de Tauromaquia 


Por Agustín Lascazas.  

No, no se me alebresten: no voy –ni lo intentaré siquiera- darle lecciones de Tauromaquia, ni de nada, a ninguno. ¡Bonito estoy yo para ponerme a dar lecciones!

Tampoco voy a hablar de los carteles del próximo serial de la Feria de San Marcos 2017, que se presentaron antier, luego de la que fue, según entiendo, una angustiosa espera.

Claro que tengo mi opinión sobre la confección del programa taurino, pero me la guardo para mí y para mis amigos cercanos. Hacerla pública sería entrar en el viejo juego de años: la gente del Medio espera los carteles, luego se queja. Se quejan según los gustos de cada quien. Unos porque no vienen suficientes figuras españolas, otros porque vienen demasiadas; algunos más porque falta o porque sobra algún torero; otros más porque las ganaderías no les gustan y, al fin de cuentas, porque el famoso Medio es así. Todos se quejan, pero luego están en la plaza.

Es ya un tópico el escuchar a un aficionado decir:

-Pero la culpa de que nos vean la cara es nuestra; ahí estamos de mensos, pagando y llenándoles la plaza.

La siguiente corrida ahí están sentadotes.

En fin que no pienso decir ni pío. Tendría que decir si me gustan o no (que no me gustan) y luego comenzar a exponer por qué. Eso me llevaría a criticar o hasta a ofender a algún torero, o algún ganadero, o alguna autoridad… Y de lo que menos tengo ganas, es de meterme en pleitos que, al final de cuentas, ni me van ni me vienen. Total que el día que una corrida me sea atractiva voy y el día que no, pues no voy.

Pero yo voy de otra cosa, de un día que recibí una lección sobre Tauromaquia que no se me ha olvidado y creo que no se me olvidará. Pero para llegar allí tengo que hacer uso de los recuerdos.

En casa de mis abuelos paternos, en la calle de Colón, según se entrara, había al lado izquierdo una pequeña cantina de estilo años sesenta. Los lunes por la tarde, envuelto en una cinta de papel, con un sello de Correos, estaba el ejemplar del domingo pasado de El Redondel. Venía destinado a Ramoncito Morales Junior, mi tío, que entiendo fue un tiempo corresponsal de ese semanario taurino que, creo recordar, fundó Alfonso de Icaza.

Él era un taurino de cepa y tenía una extraña virtud para ver los toros. Todavía hoy, algunos amigos míos, me recuerdan que era un placer sentarse en la plaza San Marcos a ver toros con él. “Cómo sabía ver toros Ramoncito”, es una frase que he escuchado muchas veces y durante muchos años.

Desde muy joven, muy unido a don Rafael Rodríguez se enamoró de la Fiesta y hasta estuvo contagiado del mentado “mal de montera”. Uno de los libros del Cossío lo menciona, en unas breves líneas: “Modesto novillero, de Aguascalientes, Méjico (sic)…”, y poca cosa más. Las crónicas familiares de su debut (y despedida) vestido de luces son mucho más elocuentes y divertidas, aunque pertenecen allí: a los asuntos privados.

Años más tarde, fallecido ya, pude conocer a Don Roque Sosa Ferreiro, el periodista taurino “Don Tancredo”, quien ya muy viejo vino a dar una conferencia a la casona donde está la Canacintra, justo en Colón, unos metros más delante de la que fue la casa familiar. Antes de eso, Jesús Gómez Medina (qepd), me invitó a una comida íntima que le ofreció en su casa. Cuando me presentó le dijo:

-¿A que no sabes quién es este? –me señaló-. Es sobrino de Ramoncito Morales.

Ahí, viendo una colección encuadernada de revistas de La Lidia, que dirigió don Roque, conocí las cartas que cruzaron el Océano, de la pluma de mi tío Ramón y de Luis Miguel “Dominguín”, quien trataba de explicar por medio de mi tío y de la revista los motivos del segundo “boicot del miedo” (el que los coletas españoles organizaron contra Arruza, Procuna y el último Lorenzo).

Años antes de eso, en los primeros años de la Monumental, cuando todavía los palcos eran unas ratoneras, estaba entre otras personas en uno de esos cubículos incómodos, justo mi tío Ramón. Sería el año 80 del siglo pasado –el moriría un par de años después-. Un toro salió evidentemente lastimado de las patas y la gente del tendido, y allí mismo, arreciaba la protesta para que lo devolvieran. El único que, con su tono pausado, casi tímido, dijo que ese toro era formidable y estaba sencillamente acalambrado.

Por alguna razón, el juez aguantó la bronca, y el toro fue picado. Curro Rivera, si mal no recuerdo, le cortó el rabo.

Esa fue una de las pocas lecciones que recibí en un ruedo de mi tío. Por alguna causa cada vez iba menos a los festejos. No sé si el cambio de época, de la llamada Era de Plata del toreo en México a los tiempos del dominio de Manolo, le significó un cambio que no le gustó. No lo sé, nunca lo dijo; nunca me lo dijo a mi por lo menos. Iba de vez en vez a las novilladas, hasta que también comenzó a espaciar sus asistencias, hasta que dejó de aparecerse por las plazas.

Contaba sí, con entusiasmo, algunas gestas de las que había sido testigo, cuando no dudaba en agarrar su auto y conducir hasta la Capital, o a Guadalajara, o a donde tuviera que ir para asistir a corridas en la Plaza México o El (viejo) Progreso.

Los toros, era evidente, seguirían siendo su pasión, aunque apenas hablaba de ello en los meses de la enfermedad que lo llevó a la muerte prematura. Tenía mi edad cuando murió.

Un día le pregunté, allí en ese lecho, porqué había dejado de ir a los toros.

-Me aburrí de las cosas que pasan hoy en las plazas–, me dijo.

Publicado en Aguas Digitalización 

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