Hosanna, Victorino (bajo palmas en Madrid con una corrida de la serie A)


Por José Ramón Márquez.

Aquí hay que empezar diciendo, como harán todos, que el entradón que se ha registrado hoy en Madrid, Plaza Monumental de Las Ventas, hace mucho que no se veía fuera de Feria, del trágala del abono cautivo, y que el mérito de este éxito de público, de esos 17.000 que se han dejado los cuartos en la taquilla, hay que anotarlo en primer lugar en el haber de Plaza 1, que ha sabido programar como su primera corrida de toros una corrida acorde a la categoría de la Plaza y, vista la entrada que se ha registrado, acorde a los gustos de la afición.

Podemos engañarnos si queremos, ¿quién nos lo impide?, pero en honor a la verdad se le debe conceder en segundo lugar el mérito del entradón a la A coronada, a la ganadería del Excelentísimo Señor don Victorino Martín Andrés, paleto de Galapagar y criador de reses bravas: convocados por el hechizo de la divisa azul y encarnada acudieron en masa las gentes a las taquillas abarrotando el sol y el sol y sombra y ocupando con alegría la sombra. Vamos, que te anuncian una de Gavira como la del año pasado tal día como hoy y vamos los de siempre más los cuatro chinos y los de la ribera del Indo con sus turbantes, y hoy te pintan en el cartel el hierro de Albaserrada y la gente acude en masa, porque tampoco parece que la terna Iván Fandiño, Alberto Aguilar y Gómez del Pilar fuese como para mover la taquilla.

Nos vamos a Las Ventas, pues, a ver a los de Victorino con la certeza de que la corrida de Victorino que nos ha de gustar será esta, y podemos apostar en BWin un euro y no perderlo a que la de San Isidro, con la entrada en ella de ese permanente amagar y no dar llamado Talavante, tendrá un registro menos violento, mas cobradiezmero para entendernos, que es el registro que menos nos interesa en estas vacadas de las que nos declaramos partidarios. Y a fe que la corrida no ha defraudado sobre lo que nos esperábamos: desde Las Tiesas de Santa María se vino Victorino hijo acompañado de seis galanes con mucho que torear, cárdenos, sanos, bien criados y con esas miradas huecas que tanto estimamos. La corrida arrojó un promedio de 576 kilos, que no dista mucho del promedio de 555 que dio la del San Isidro 1984, que tengo a mano el programa y lo miro por indicación del aficionado A. Entre los seis victorinos llamaba la atención por grande un Bosquimano, número 27, de 631 kilogramos, que fue recibido con palmas por la afición, y por chico un Gardacho, número 38, que sin ser el de menor peso sí fue el de menor presencia, recibiendo algunas censuras en forma de ese sonido agudo que se produce al hacer pasar con fuerza el aire por la boca teniendo los labios fruncidos. El sexto lo echaron de vuelta al averno de Florito para que quedase patentemente demostrado que don Trinidad López, por mucho que haya aprovechado la invernada para pegarse un cambio de look que le hace casi irreconocible, sigue siendo tan mal aficionado como antes. Habíamos venido a la llamada de Victorino y queríamos ver entera la corrida de Victorino, no a ese cacho feo de Cadencioso, número 42, de San Martín, que nos comimos con patatas porque al usía le dio por sacar el moquero verde cuando ya estaban banderilleando.

Por lo demás se puede decir que la corrida, en la que no existió dirección de lidia en modo alguno, fue muy mal lidiada y pésimamente picada, lo cual no redunda en la adecuada evolución del comportamiento del ganado: si echamos cuenta de los trapazos, recortes, pasadas en falso y demás contraproducentes trapacerías que se perpetraron con (o mejor contra) los toros es fácil comprender que estos hayan aprendido, desarrollando sentido y peligro. Al primero lo quiso poner Gómez del Pilar de largo al caballo y “El Patilla” hizo todo lo que estuvo a su alcance para que el bicho no se le arrancase, que los 598 kilos de Estaquero, número 89, y su seria presencia no debían animarle mucho a verle galopar hacia él. Luego ya una vez en jurisdicción al relance ahí la cosa cambiaba y los lanzazos manaban como cosa natural. Cobró en varas lo que le dieron y él se dejó y partió hacia las verdes praderas arrastrado por los benhures sin que nadie en Las Ventas haya podido contemplar el color de su lengua ni de la de sus hermanos. El segundo, un toro cuajado de preciosa lámina Barbacano, número 39, cumplió en varas. El tercero, el mejor del encierro, Buscador, número 72, que se empleó en el caballo, lo dejaron como un San Sebastián. El cuarto era el gigantón de Bosquimano, todo fachada, que una vez que se estrelló contra el murto de kevlar, se quedó ahí recibiendo el castigo que le quisieron dar. El quinto, el Gardacho, suspenso en penco. El sexto, el cacho feo de San Martín, tontibobo.

Para dar fin del encierro, como se dijo más arriba, Iván Fandiño, Alberto Aguilar y Gómez del Pilar, que venía a confirmar la alternativa que tomó en agosto de 2013. Reseñemos que Fandiño va ya para los doce años de alternativa, y Alberto Aguilar para los once, no son unos jóvenes inexpertos, llevan mucho tiempo alrededor del toro para saber qué se puede y se debe hacer a lo de Victorino y qué no. Si se sorprenden porque el toro se gira en medio de la suerte, lanzando un hachazo, si no se enteran de que hay que llevar a estos toros toreados y no hay que cortarles el viaje, si tantos años de alternativa no han servido para saber que esto no es lo de todos los días, mal vamos. En su primero, el de la confirmación, Gómez del Pilar, incapaz de hacerse con la fiereza del animal, con los gañafones que le lanza, hace un gesto como significando “Esto no es. Yo no he venido a esta guerra” y en ese gesto queda patentemente delimitada su incapacidad para estar frente a lo que no sea la tonta del bote.

Iván Fandiño, que acabó siendo despedido con pitos, dio otra nueva vuelta de tuerca a su particular via-crucis. Sin concepto ni ideas, extremadamente espeso y basto se encontró con el mejor lote de la tarde a condición de que quisiese jugársela. A ambos los recibió con un capoteo insulso, muy de peón, andando hacia atrás y sin infligir castigo, luego con la muleta compuso dos trasteos sin orden y cuando enhebró tres naturales muy del montón, tal y como suele ocurrir en estos tiempos, la gente bramó, que el respetable está deseoso de ver algo, eso no se puede negar.

Alberto Aguilar le sacó un compuesto derechazo a su primero, que tenía mucho que torear y mucho que lidiar. Por un momento pareció que a lo mejor salía la cosa, pero todo se quedó en lo que pudo haber sido si hubiese habido concepto de lidia, y mando y poder en la muleta, todo lo que no hacía falta alguna en el sobrero de San Martín ante el que Aguilar desarrolló una innecesaria tauromaquia basada en no cruzarse una sola vez y pegar unos telonazos despegados que fueron vitoreados por parte del público como si hubiesen visto resucitar a Lagartijo. De cómo mata, mejor ni hablamos.

Jarocho se llevó una ovación de lujo por poner un par a toro pasado y otro tomando el olivo, pero eso ya parece no importar a nadie.

Fuente: Salmonetesyanonosquedan.com

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