A Manolete

Por Magdalena Entrenas.

Ese era mi sino… Estaba allí plantado esperando a que se abriera la puerta de chiqueros para recibir al morlaco de mi vida en un país lejano que me podría dar la gloria para siempre y yo solo pensaba en él y en lo que había significado en mi vida, esa vida que ahora sin quererlo me ocupaba la mente.

Habían pasado cien años de su nacimiento y demasiados desde su presentación en los ruedos mexicanos; todos en el mundo taurino esperaban la llegada de un nuevo Califa que viniera a retomar aquella planta erguida y majestuosa y ahora que yo tenía la oportunidad, en mi mente no había otra cosa que una sucesión caprichosa de estampas de mi vida justo en aquel trascendente instante.

Vi desfilar a aquellos años cargados de dicha en la huerta familiar en la que aprendí que la tierra y las raíces son lo más importante; mi llegada a Córdoba para estudiar y aquellas escapadas continuas al campo buscando cualquier excusa para estar cerca del toro y de los maestros a los que veía de lejos y que tanto admiraba. Aparecieron retazos de ese vídeo que tantas veces vi de su llegada a la vieja plaza de la Ciudad de México y en la que pidió nada más llegar que ondeara la bandera de España ante el clamor de un público entregado a su figura. Desfiló por mi mente mi madre y tanto sufrimiento reflejado en su cara por ver que mi pasión me había llevado a tanta incomprensión antitaurina y al mismo tiempo tan lejos; mis amantes… y el gran amor de mi vida, roto por un sueño que había sido imposible y que ahora se podía hacer realidad; mis días de miedos y las grandes sombras de mi existencia, una existencia que en ese instante comprendí que había estado completamente vacía hasta llegar ahí, hasta alcanzar el memorable momento en el que, por fin, plantado en la arena de la Plaza Monumental de México , tenía la ocasión de homenajear ante los miles de aficionados que la abarrotaban la figura mítica del hombre que marcó mi existencia, Manolete.

Tenía dibujada en mi mente su figura hierática y esa chicuelina perfecta con la que, como él, quería envolverme hasta casi desaparecer para recibir a mi oponente. Y de repente la puerta de chiqueros se abrió, sentí retumbar hacia mi la arena, contuve la respiración mientras se aceleraba mi corazón y, sin más,… me desperté.

* Abogada
Publicado en Diario de Córdoba 

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