SEVILLA: FIESTA DE DESPEDIDA 

Por Álvaro Acevedo / Foto: Toromedia

Se despedía Rivera Ordoñez de la Maestranza y le montaron su fiesta con un público con ganas de divertirse, que es a lo que va la gente a las fiestas. Y el destino, para colmo de dichas, le guardó para el adiós un toro extraordinario con el hierro de Daniel Ruiz al que Francisco  toreó lo mejor que sabe. Más dispuesto que otras veces y, sobre todo, ajustándose más con el toro, lo muleteó fundamentalmente con la derecha en tandas ligadas, a veces incluso sometiendo la brava y profunda embestida de su oponente, en un trasteo correcto y acogido con cariño. Tanto, que no se tuvo en cuenta ni que la embestida del toro superó de manera flagrante su rústica forma de torear, ni que su voluntarioso trasteo contó con un bajonazo como rúbrica. En cualquier caso Rivera Ordóñez completó una actuación muy digna y es de justicia decir que desde el principio salió a por todas, pues además de la faena ya descrita, recibió a su primer toro con una larga cambiada en la puerta de chiqueros y además lo banderilleó con acierto. Y a quien da todo lo que tiene pedirle otra cosa es injusto, además de inútil.

Su hermano Cayetano también salió a por todas, aunque la excesiva debilidad de su nobilísimo primero le impidió cualquier posibilidad de éxito. Se desquitó en el sexto, otra vez con una actitud soberbia desde un arriesgado quite por gaoneras hasta la estocada final. Antes se la había jugado en un emocionante inicio de rodillas, muy de verdad, y había toreado despacio y elegante, con buen gusto, en una faena muy corta, pues el toro se rajó a los quince pases.

La fiesta tuvo un invitado de lujo, El Juli, que entendió de maravilla al mansito segundo pero lo pinchó; y se estrelló con el quinto, mansón y brusco. En el pecado llevó la penitencia, pues una figura del toreo no puede venir a Sevilla a ninguna fiesta, sino a competir (siempre) con los mejores, pero aceptó un cartel en el que pensó que todo sería pan comido, y se equivocó. Él se fue en blanco; a Francisco le obsequiaron con una oreja; y a Cayetano, ya con la fiesta desmadrada, hasta le pidieron las dos. 

Ferrera, era la misma plaza…

Publicado en Cuadernos de Tauromaquia 

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