Morante en la intimidad 

Morante posa frente al espejo con un habano en la boca. Marcelo del Pozo.

Por Rubén Amón. Fotos Marcelo del Pozo.

El puro, el habano, no es una excentricidad de Morante de la Puebla, ni una impostura de “torero original” que busca distinguirse en el callejón. Morante se distingue en la originalidad de la tauromaquia. Y en la concepción del toreo no como un oficio, sino como un misterio de consagración integral. Se torea como se es, decía Belmonte. Se es como se torea, apostilla Morante en el esmero de los rituales y de la integridad.

Morante es torero siempre, pero las imágenes de Marcelo del Pozo, estéticas, estáticas, esenciales, retratan precisamente el trance de vestirse. La mutación de hombre a héroe. El viaje del hotel a la plaza, hombres solos en compañía de hombres solos. Penetra la cámara en la estricta intimidad. Supondría una transgresión al silencio y al recogimiento si no fuera porque Morante no parece percatarse de que lo están escrutando. Fuma un habano porque es su costumbre. Y porque la combustión del tabaco, la ceniza, identifican la antiquísima liturgia del fuego y la catarsis.

“Me ayuda a relajarme el puro”, confiesa a EL PAÍS. “Me gusta el tacto, el sabor, la estética. Me envuelve la humareda. Me distrae. Y hasta me marea. Por eso tengo que tener cuidado. Y me acompaño de una bebida azucarada. El puro me hace compañía”.

Se purifica Morante en cada bocanada. Igual que el agua en cada sorbo. Igual que el botijo que Morante recoge entre sus manos. Como debía hacerlo Rafael El Gallo. Arcilla mojada. Tierra húmeda. Sosiego a la garganta que se ha quedado seca por el miedo. O por el respeto al misterio eucarístico que anuncian los agudísimos clarines. Maestro, la hora, le dice Juan Carlos, su mozo de espadas, entre la rutina y la solemnidad.

Le vemos casi desnudo. Le vemos en la intimidad. Sin gomina ni abdominales de atleta. “Abandonao”, podríamos decirle

“El miedo, la preocupación… Pesan. Y pesan más todavía en Sevilla. Porque es mi casa. Trato de distraerme antes de torear. Y me río o se me ocurren tonterías. Para despistar lo que llevo aquí dentro. Para distraer el murmullo de las entrañas. Me he echado la feria a mis espaldas. Y necesito reírme para conjurar el miedo”.

Y la capilla. El silencio. La oración al santo que corresponda. Y a la virgen de esclavina protectora. Pecadores de luces. Gentes antiguas. Y modernas por idéntica razón. El cielo de Sevilla es el mismo. Será el mismo, acuchillado por el giraldillo, bóveda de La Maestranza, eco de las plegarias que Morante balbucea sin convicciones. La capilla no es un lugar de fe. Es un refugio. Un templo del silencio.

Se anuncia por cuarta vez esta tarde en La Maestranza. Y vendrá al hotel a buscarle La Macarena. Una vieja furgoneta que perteneció a Los del Río. La Macarena, claro. Provista de pocos lujos y de un “loro” a la antigua usanza cuyos altavoces hacen resonar flamenco antiguo. “Porque el toreo y el flamenco se parecen mucho. La tierra, la danza. Me motiva, inspira. Y pongo la música a todo volumen. Como si ya estuviera interiorizando el compás de la verónica”, explica Morante con el arte a flor de piel.

No está concentrado Morante. Se concentran los futbolistas o los cirujanos. Morante está absorto, absorbido. Morante esta solo. Y se acuerda sin acordarse de Ringo Bonaventura, “cuando suena la campana te quitan hasta el banquito”, decía el púgil.

Y suenan los timbales con la impertinencia de la percusión remota. El fuego, el agua, el tambor, la cal. Morante en su eufonía. Y en su rechazo a las convenciones. Le vemos casi desnudo. Le vemos en la intimidad. Sin gomina ni abdominales de atleta. “Abandonao”, podríamos decirle. Y se abandona Morante, es verdad, pero se abandona cuando torea. Cuando se hace incorpóreo y cuando vemos en sus muñecas el temple de una estirpe a la que representa como si fuera el último torero. O el primero.

Por eso le concede dignidad a la escena de vestirse de luces la presencia de Pepe Luis Vázquez. Patriarcado del toreo sevillano. Manos de seda. Corazón de león… del mago de Oz. Y mago él mismo en el poder de la sugestión que Morante ha heredado. El hilo del toreo, escribía Pepe Alameda. “El arte de birlibirloque”, escribía Bergamín.

Y tiene Morante un ejemplar del libro, como el breviario del cura. Y como el vademecum del farmacéutico. Se lo sabe de memoria. Y de memoria se define a sí mismo Morante como un pesimista, porque no hace otra cosa que perseguir la alegría.

Entiéndase la contradicción. Compréndase el miedo al que Morante replica desde la sonrisa. “Al miedo se le puede engañar o despistar, pero no transijo con la superstición. Me he criado con ella, he crecido con ella. A ella he recurrido. Y he descubierto que la superstición es una gran mentira”. Palabra de un torero de verdad.

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