Opinión: Miguel Hernández, la forja de un taurino

Miguel Hernández, la forja de un taurino.

Su estrecha amistad con Cossío llegó a su máximo exponente en una ocasión límite, cuando Miguel Hernández fue detenido, hacia mayo del 39, en Portugal.

Por Ignacio Cossío.

Era la primavera del 35 cuando mi tío José María se subía bien temprano al tranvía de la calle Alcalá para ir desde su casa hacia su despacho de la Editorial Espasa-Calpe, en la calle Ríos Rosas 26. En esta ocasión no había subido apenas nadie cuando vio un joven repartir trozos de papel. Lo observó, cogió uno de ellos y leyó en silencio para sí. José María cerró sus gafas y lo llamó de inmediato. ¡Asombroso, qué personalidad, cimbreante, genial, perfecto, no he visto a nadie escribir así! Queda usted contratado en Espasa Calpe, por doscientas cincuenta pesetas al mes y será mi secretario personal. Juntos escribiremos de toros. Pero solo necesito saber su nombre y que acepte mi propuesta. Mi nombre es Miguel Hernández Gilbert, tengo 25 años y acabo de llegar de Orihuela, pero aquí tiene mi mano.

En el mes de junio del mismo año había aprendido Miguel sus primeras tareas, recogiendo documentación taurina en el Archivo Histórico Nacional, la Biblioteca Nacional y, cómo no, en la Hemeroteca Nacional, identificado siempre con un carnet de la UGT que Cossío le consiguió. El acopio de estos materiales sirvió y fueron de gran ayuda para la elaboración del tomo I que salió a la luz 1943 con sus biografías de Antonio Pérez Reverte El Espartero o José Ulloa Tragabuches, entre otras muchas.

Esa estrecha amistad llegó a su máximo exponente en una ocasión límite, cuando Miguel Hernández es detenido, hacia mayo del 39, en Portugal, al no llevar documentación, y es conducido por primera vez a la cárcel, concretamente a la 4ª galería, primera sala de Torrijos 65 en Madrid. Desde allí le escribe una tarjeta postal a Cossío, que se encontraba en la Editorial Espasa-Calpe, solicitándole ayuda para salir en libertad. El poeta finaliza la mencionada carta que publiqué en Espasa-Calpe por vez primera en 1999, con estas conmovedoras palabras de auxilio:

“Querido primo José María: (…), por nuestra amistad, nuestra familia y nuestra poesía, insisto en pedirte este gran favor. Un abrazo, Miguel Hernández”.

Tras recibir la citada carta, José María hizo todo lo que estuvo en su mano para que su buen amigo saliese en libertad de la cárcel donde se encontraba recluido. No sólo le solía visitar con frecuencia en su propia celda, sino que durante muchas noches se quedaba en vela esperando en antesalas y despachos para hablar con ministros y generales, a fin de evitar que fuera fusilado al día siguiente.

El día 18 de enero de 1940 es juzgado en Consejo de Guerra y condenado a la pena capital. José María promovió y encabezó personalmente un pliego de firmas de intelectuales avalando al poeta. Dicho pliego fue incorporado al sumario y su petición de clemencia fue finalmente atendida por el general Varela. Así rezaba la carta que se conserva en la Casona:

“El Ministro del Ejército. Madrid 24 de junio de 1940. Mi querido amigo y compañero: Tengo el gusto de participarle que la pena capital que pesaba sobre don Miguel Hernández Gilbert, por quien se interesaba, ha sido conmutada por la inmediata inferior, esperando que este acto de generosidad del Caudillo, obligará al agraciado a seguir una conducta que sea rectificación del pasado. Le saluda afectuosamente su atento s.s. y amigo. Firmado: J.E. Varela“.

Aquel día José María fue a Torrijos con la carta, sonaron de nuevo los golpes de las cacerolas en los barrotes al grito: ¡Cossío ha venido! Abrieron su celda, nadie de sus compañeros habló, se abrazaron los dos y solo se escuchó a Miguel decir: “Gracias por salvar la poesía española”.

Ocho años más tarde, José María tituló, escogió y prologó por expresa petición de su amigo Vicente Alexander y la propia viuda de Miguel, Josefina Manresa, una de las obras más conocidas e importantes del poeta, El rayo que no cesa, en la Colección Austral que Cossío dirigía. Éste fue el libro que le sirvió al poeta más joven y dotado de todos, Miguel Hernández, para ocupar definitivamente por méritos propios su primerísimo lugar de todas las épocas de la poesía castellana…. “Como el toro me crezco en el castigo, la lengua en corazón tengo bañada y llevo al cuello un vendaval sonoro”….

Miguel Hernández, señores de Ganar Alicante y Compromiso, fue más que la escultura de una hoguera de Alicante o el rostro de un cartel taurino junto a sus versos de toros, fue el rayo que necesitaba la Fiesta para alcanzar su inmortalidad.

Publicado en El Diario de Sevilla.

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