“Más cornadas da el hambre”


Por Jesús Rodríguez Gurrola.

Así tituló el escritor mexicano Luis Spota una de sus novelas, en ella la ficción lleva a dos personajes por el difícil camino del aprendizaje de las artes del toreo, eran los tiempos en que toda actividad se convertía en epopeya, lo mismo fuera para quienes aspiraban a ser profesionistas de cualquier ramo, como para quienes sólo deseaban conseguir un salario que llevara el pan a su mesa familiar.

Hoy los toreros ya no sufren esos avatares, pero siguen estando expuestos a los caprichos del destino para triunfar o caer en las garras de la desgracia, como ha sido el caso del recientemente fallecido torero español Iván Fandiño, nada tuviera de extraño su muerte, pues al fin y al cabo en esa profesión se juega la vida en cada tarde que los matadores se visten de luces y saltan al ruedo, lo lamentable además de la muerte de un ser humano, es que en aras de defender una política animalista se congratule y festeje la muerte del torero.

En las calles de las ciudades grandes y pequeñas de nuestro país, se asoma la muerte en un hecho ya cotidiano, cientos, quizá miles de hombres y mujeres son abatidos por manos criminales, lo mismo en bares y cantinas, como en la intimidad de los hogares, en las escuelas, en los centros de trabajo y nada parece terminar con este flagelo, sin embargo, la sociedad no se lamenta con tanta fogosidad y apasionamiento como cuando una bestia le da muerte a un torero, se asesinan periodistas, profesores, líderes sociales, soldados, marinos, policías y a su muerte aparecen los desplegados condenando los hechos, pero pronto la memoria se enmohece y los caídos en la lucha por defender a su patria, a su comunidad, pasan a ser una más de las tantas anécdotas que pueblan nuestro acervo popular.

Iván Fandiño murió en el ruedo, como dicen los japoneses, se enfrentó a un “toro salvaje con la sola defensa de un ‘trapo’ en sus manos”, nadie lo obligó a pisar la arena del coso, como nadie obliga a los aficionados a pagar por presenciar las “corridas”, festejos que han sido compañeros de los grandes momentos de alegría y fiesta, vividos en cada una de las querencias de nuestros pueblos.

La “porra del toro” que en cada corrida aparece en los tendidos o en las graderíos, tendrá esta vez ocasión de manifestar su repudio a la fiesta brava, pero igual que en cada tarde, saldrá de la plaza con la misma frustración, porque en el país hay aún muchos hombres y mujeres que llevan en su sangre la tradición festiva de una sociedad que se sigue nutriendo de sus tradiciones y de sus costumbres.

La fiesta de los toros una vez más se viste de luto, pero en su tragedia como en la de Paquirri, la del Pana o la del mismo Manolete, ha quedado abierta la página de la empatía, de la admiración y de la solidaridad de quienes en el mundo del toreo sentimos la misma pena y el mismo sentimiento de hermandad por la muerte de uno más de los últimos héroes, que quedan en ese mundo avasallado por la insensibilidad del progreso.

Publicado en El Occidental

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