
Seguramente para algunos es incompresible, y debido a ello es que emiten juicios insustanciales y poco certeros. Pero la realidad es que nuestro enigmático Espectáculo Taurino es un aconteciendo histórico, artístico, cultural y social, que lleva implícito un fondo de dramatismo y muerte. Es en esta única e incomparable celebración, que contamos con dos figuras opositoras: primero a su majestad el toro bravo, y de igual forma a un lidiador llamado torero. Cada uno de ellos dotados de sus propias defensas; el toro con sus cualidades propias que le ha suministrado la naturaleza, que son su carácter de acometividad —que lo diferencia de los demás bovinos de la creación— y sus astifinas astas. Y el torero con su inteligencia reflejada en los conocimientos adquiridos —denominado “oficio”— y sus implementos: capote, muleta y estoque, que constituyen un difícil equilibrio, pero que son las herramientas necesarias para crear y dar vida a este incomparable ARTE.
Este enmarañado dilema y sus dos protagonistas, son los elementos de una celebración solemne nacida de la casualidad —que fue el encuentro fortuito con el TORO BRAVO hace más de nueve siglos— y adoptada por el ingenio de los caballeros de esa época, y que a través de siglos de historia se convertiría en un hecho social, que no únicamente fue “adoptado” en sus inicios, sin que finalmente se “adaptó” a una sociedad que continua con “vigencia” hasta nuestros días.
Nuestro Espectáculo Taurino es un hecho cultural, como lo han definido durante su ya dilata historia un número importante de intelectuales, poetas y filósofos, como Federico García Lorca, el Dr. Ortega y Gasset, el premio Novel de Literatura Mario Vargas Llosa, y muchos más. Sin La Fiesta Brava, sería muy difícil concebir y comprender el desarrollo de muchas sociedades, iniciando por sus creadores, el pueblo español, y continuada y perpetuada por todas aquellas naciones de nuestro continente —México como grande precursor— donde sus sociedades igualmente se “adaptaron y la adoptaron” como parte de un legado histórico-cultural.
Esta es la realidad de nuestra Fiesta, en la cual el componente cardinal queda implícito en el riego de la tragedia de la muerte. Fundamento serio y muy radical que prevalece, pero que por ello, se convierte en algo profundo y de incalculable respeto que le es consustancial, que deriva en la probabilidad de que un TORO pueda herir e igualmente privar de la vida a un torero.
¡Hoy de nuevo debemos reflexionar! Apenas si habíamos ajustado un año de la tragedia de Víctor Barrio —9 de junio de 2016— y que todavía se habla con melancolía de su triste desenlace. Cuando una vez más lo nubarrones tornaron de negro el cielo de nuestro enigmático e inexplicable Espectáculo Taurino.
Y ahí está presente —¡Ay Dios Mío! ¿Por qué?— la muerte, que nos ha arrebatado la vida de otro torero. ¡Silencio, mostremos respeto! Un hombre, “Iván Fandiño Barros”, ha dejado su imagen grabada para la eternidad en la localidad francesa de Aire-sur L’ Adour. Fue en una placita modesta cercana a Mont-de-Marsan, pero él mostró su misma calidad y entrega torera, como si hubiera estado actuando en la plaza más emblemática de Nuestro Universo Taurino.
Sí, así de enigmática, profunda e inexplicable es la vida del TORERO, una lucha constante de renuncia en cada tarde, asumiendo un riesgo que ellos libremente han escogido, con la única ilusión —como otros tantos compañeros suyos a través de los siglos— de llegar a ser una figura importante y de alcanzar la gloria en este mágico e inigualable Espectáculo, que continuará estando presente en cada tarde y en todas las plazas del mundo, cuando el Eje Central y Único de esta milagrosa y sublime Fiesta, Su Majestad El Toro Bravo, salga a la arena.
Publicado en El Informador




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