Lo de Fandiño doloroso, lo de Tlaxcala vergonzoso


Por Jaime Oaxaca.

El pasado sábado en la tarde, antes de entrar a la novillada efectuada en la plaza El Ranchero Aguilar de la ciudad de Tlaxcala, se comentaba la trágica noticia del percance del matador Iván Fandiño.

Primero la sorpresa y en seguida el dolor. No fue una tarde cualquiera.

Varios aficionados recordaron la última vez que Iván Fandiño toreó en la Ranchero, alternó con El Pana, inclusive le brindó un toro, sucedió en la feria de 2015; mataron un encierro de Rancho Seco. ¿Quién diría que era la última tarde en esa plaza del mexicano y del español?

El par de toreros heroicos, cualquier día de éstos podrá platicarlo sin prisas, alegres, con alguna ocurrencia de El Pana, mientras consumen un habano en alguna nube para fumadores, Rodolfo lo acompañará con un jarro de pulque, Iván, con un vaso de sagardoa.

Se honró a Iván Fandiño en la capital tlaxcalteca. Supongo el drama interno de los novilleros mientras se rendía homenaje al torero que pagó tributo a la fiesta.

Fue un minuto de silencio antes de romper el paseíllo. A los jóvenes debió parecerles una eternidad bajo el rayo del sol que caía a plomo, tanto que durante la mitad del festejo nadie se sentó en la zona del juez de plaza, el cemento quemaba.

Pero ahí estaban desmonterados seis toreros que sueñan con hacerse figuras del toreo, que tienen ilusiones de obtener logros taurinos como Iván Fandiño.

La cuestión es que a los toreros que saben el oficio también los puede matar un toro. Tal como ha sucedido con figuras del toreo y como le aconteció a Iván Fandiño Barros, oriundo de Vizcaya, que cumpliría 37 años de edad en septiembre y 12 de alternativa en agosto.

Es posible que los seis novilleros, mientras guardaban el minuto de silencio, pensaran que algún día se les puedan guardar un minuto de silencio a ellos, quizá hayan comprendido perfectamente que pueden resultar heridos y muertos en la profesión que eligieron. Esos seis chavales aún no prueban la fama, ni honorarios altos, son parte de sus sueños, para eso se preparan; sin embargo, ya captaron que en la fiesta el riesgo es verdadero, literalmente se juegan la vida.

Si el diestro por el que se guardó un minuto de silencio toreó 286 corridas en los últimos seis años, si toreó prácticamente en todas las plazas importantes del mundo, si cortó orejas en Madrid, si no era un diestro improvisado y aun así sufrió una cornada mortal, entonces quizá en ese minuto pensaron que a ellos podría sucederles algo similar.

Debió ser un minuto de reflexión para los incipientes diestros, algunos fantasmas recorrieron su cabeza.

Ya cuando cada uno actuó fue otra cosa, en su mente sólo estaba la idea de triunfar, a sus posibilidades salieron a hacerlo.

Además de la congoja propia de la pérdida de un torero macho como Fandiño, de los que le salen al toro bravo, encastado, hubo desilusión en el ruedo tlaxcalteca por la presencia del ganado que se lidió. Fueron cinco novillos chicos y otro aún más.

Fue lamentable que se haya lidiado un encierro impresentable. Es evidente que pueden herir y matar el grande y el chico, pero las posibilidades son muy diferentes. Una bicicleta y una tráiler matan pero también con posibilidades diferentes.

Cada uno con sus conocimientos, los chavales arriesgaron el físico. Lo más dramático fue una voltereta que sufrió un chico peruano que cayó de cabeza con el cuello doblado, quedó en la arena sin moverse y se pensó en lo peor, su juventud y elasticidad del cuerpo hicieron que se recuperara y regresara al toro, también una voltereta de un joven de Huamantla cuando se tiró a matar sin estoque.

¿Quién gana cuando se lidia un encierro tan pequeño? El riesgo está presente, pero existe la sensación de un simulacro. Claro que los chavales torean con gusto, con ganas, se la juegan, se sienten toreros porque lo son, pero novillos como los que lidiaron y mataron, sin trapío, deberían hacerlo a puerta cerrada, a manera de entrenamiento, cuando estén listos, entonces sí, que los programen para una novillada formal, con novillos auténticos. Mencionar que se lidió un encierro chico no es faltarle el respeto a la fiesta, en todo caso se lo faltaron los organizadores.

Tarde aciaga: lo de Fandiño doloroso, lo de Tlaxcala vergonzoso.

Publicado en El Popular

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