OPINIÓN: La Feria del Toro de Pamplona es un desprestigio para la tauromaquia

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El problema es la autoridad, que se toma a chanza las corridas con decisiones arbitrarias.

Por Antonio Lorca.

Llama poderosamente la atención que algunas voces autorizadas hayan denunciado el intento del gobierno navarro de modificar negativamente el reglamento taurino de esa comunidad y nadie se haya sentido ofendido ante el denigrante espectáculo taurino que ha sido la llamada Feria del Toro.

No hay nada que cambiar en el reglamento porque el ejecutivo autonómico y el ayuntamiento de Pamplona ya han decidido mofarse de la fiesta de los toros, humillarla y desprestigiarla a la vista de todos ante el silencio más absoluto de taurinos y aficionados.

Porque eso es lo que tiene la televisión, que divulga los valores de un acontecimiento, pero también sus miserias. Y la tele ha corroborado este año que la muy prestigiosa Feria del Toro es una verbena de pueblo en la que un concejal enfundado en un carnavalesco frac y un tímido y peripuesto asesor destrozan y echan por tierra el bien ganado prestigio de una plaza de primerísima categoría que ya no puede caer más bajo.

No es el toro el problema, el de más presencia, descarado de pitones y astifino del campo bravo; no es el público, -al sol solo le importan el jolgorio, la comida y la bebida, y la silenciosa sombra ni está ni se le espera-; ni los toreros, que hacen de tripas corazón para sortear las tarascadas de animales imponentes, muchos de ellos con aviesas intenciones.

Se concedieron 26 orejas, la mayoría inmerecidas, y la mejor faena se quedó sin premio. El problema es la autoridad, que se toma a chanza las corridas, y desprestigia la tauromaquia con decisiones arbitrarias que funden los plomos del aficionado más templado y generoso.

 

Y grave es que ello suceda entre la pasividad de los distintos sectores taurinos. Todos los que se rasgan las vestiduras, con razón, ante los ataques de los antitaurinos permanecen en silencio ante las barrabasadas protagonizadas por el presidente y el asesor del palco de Pamplona con el peregrino argumento de que su presencia, y, lo que es peor, sus cómicas decisiones forman parte de la tradición y, en este caso, además, con el beneplácito de un reglamento autonómico que permite arbitrariedades como las que se han visto en los pasados Sanfermines.

Se han celebrado ocho corridas, una novillada y un festejo de rejoneo, y se han paseado 26 orejas (18, los toreros de a pie; 6, los rejoneadores y 2 los novilleros). Un éxito sin precedentes si muchos trofeos no hubieran sido muy inmerecidos e incomprensibles regalos de la presidencia. Sin ánimo de molestar, más de veinte orejas nunca debieron refrendar las actuaciones bullangueras de toreros poco afortunados con los engaños, pero conscientes de que existen varias condiciones fundamentales para triunfar en esta plaza: brindar a la solanera, aguantar dos o tres tornillazos de rodillas, dar muchos pases (no es necesario torear), sufrir una voltereta y matar con rapidez, aunque sea de un infamante bajonazo. En tales casos, el señor del frac se siente enternecido y no duda en mostrar su pañuelo una o dos veces -no siempre lo tiene claro-, haya o no petición mayoritaria en los tendidos.

Así, el balance de orejas no refleja en modo alguno lo sucedido en el ruedo. No hubo salida a hombros -nada menos que cinco entre los toreros- que superara el aprobado; varios toros no recibieron la faena que su casta merecía, y muchos toreros pasearon orejas a sabiendas que no habían hecho méritos para ello.

Como suele ocurrir en tiempos de desatino, la mejor faena de la feria quedó sin premio, y esa fue la de Antonio Ferrera a un toro de Núñez del Cuvillo; torerísimo, inspirado, innovador, diferente… El torero más interesante, sin duda, del escalafón actual.

Perera toreó muy bien a un buen toro de Jandilla, pero era la hora de la merienda y no le hicieron ni caso (pero ni en el bullicioso y hambriento sol, ni en la silenciosa, y también comilona, sombra); una justa oreja paseó Pepe Moral después de dibujar los mejores naturales de la feria a un toro de Escolar; detalles toreros, también, de Talavante y Ginés Marín; entrega y valor de Roca Rey, Román, Caballero y Javier Jiménez, y heroico y dolorido Rafaelillo.

Buenas corridas, en líneas muy generales, de Jandilla, Victoriano del Río y Núñez del Cuvillo, algún toro aceptable de José Escolar y Fuente Ymbro, y párese de contar.

Y no hay que olvidar la dramática y conmovedora cogida que sufrió Pablo Saugar Pirri la tarde de los deslucidos toros de Puerto de San Lorenzo, de la que tardará tiempo en curar.

Ya lo dijo el genio alemán Leibnitz: “Sobre las cosas que no se conocen siempre se tiene mejor opinión”.

Pamplona era la muy prestigiosa Feria del Toro cuando solo la conocían los navarros y los afortunados foráneos que podían permitirse lo que era todo un lujo.

Si no hubiera televisión, Pamplona seguiría gozando del respeto y la fama que siempre tuvo en los años del blanco y negro. Pero llegó el color, -la tele de pago-, y todo se fastidió. ¿Y esta es la famosa Feria del Toro? Una milonga, una afrenta, un desprestigio y una deshonra para la tauromaquia.

Y los taurinos, callados…

Publicado en El Pais

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