Sólo para villamelones: Momentos épicos en la fiesta de los toros


Por Manuel Naredo.

Hay momentos épicos en la fiesta de los toros; momentos inolvidables y casi inenarrables; imágenes que se quedan para la posteridad y que se vuelven eternas.

Eso pasó en Valencia, en una de las varias corridas de la Feria de Julio, concretamente la tarde del pasado sábado veintidós. Y el protagonista es un torero murciano que responde al nombre de Paco Ureña.

Le hizo una muy buena faena a un toro de Luis Algarra, que envió esa tarde un encierro con animales encastados y nobles, pero lo verdaderamente extraordinario vino cuando ejecutó el siempre riesgoso episodio de entrar a matar. Se fue tras la toledana con verdad inobjetable y exponiendo en serio, consiguiendo una estocada entera, y sobre todo, una voltereta impresionante que le causó traumatismo cráneo encefálico y variadas escoriaciones en el rosto.

Las escenas fueron dramáticas, como dramático fue ver a Ureña levantarse como pudo para seguir, estoicamente, en el ruedo. La taleguilla blanca rasgada desde la rodilla hasta la cintura, el chaleco atravesado por una cornada, el rostro cubierto de sangre, los brazos desmayados y sin fuerza, y esa mirada perdida pero inquebrantable.

Esa imagen, la de un valiente torero herido manteniéndose en el ruedo a fuerza de pundonor, sacando fuerzas desde lo más profundo del alma, podría firmarse como el instante que refleja lo cruel y heroico que puede ser el auténtico mundo del toro.

Le dieron una oreja y lo llevaron a la enfermería, donde fue atendido de inmediato, pero regresaría más tarde, ya corrido el turno, a lidiar al burel que cerró plaza, con las facultades disminuidas, pero la decisión incólume.

Hizo otra faena completa, acaso no tan significativa como la primera, pero volvió a ejecutar la suerte suprema con verdad y riesgo; se fue tras el morrillo con idéntica decisión a la primera oportunidad, metiéndose entre los pitones como si en ello le fuera la vida.

Y ahí vino la otra imagen para la historia: la del momento justo en que Ureña, con la cara marcada por un parche blanco que le impusieron en la enfermería, se va tras el acero, exponiendo el cuerpo y demostrándonos, una vez más, lo mucho que significa, de riesgo y de corazón, el arte de torear.

Fue una estocada casi perfecta, pero desde el palco le negaron la oreja y se ganaron una bronca igualmente inolvidable. La verdad es que era lo de menos, pues nunca como esa tarde del sábado en Valencia, volvió a demostrarse que los apéndices con los que se premia la labor de un torero no dejan de ser despojos que no miden del todo la grandeza.

Me parece que Paco Ureña se ganó en Valencia el convencimiento hasta de los más reticentes, y nos regaló al menos dos estampas históricas. Nos recordó, en fin, que el toreo sigue siendo épico.

Fuente: Diario de Queretaro

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