¿La Fiesta en Paz?: ¿Qué haremos sin Morante? Por Leonardo Páez

Tras la noticia de que el diestro Morante de la Puebla decidió retirarse de los ruedos por tercera ocasión, fuertes emociones habrán padecido mexhincados, hispanópatas, ganaderos de la ilusión, poderosos empresarios-apoderados y cronistas positivos, más los conspicuos profesores de estética tauromáquica, descubridores del hilo negro del arte frente a reses discretas de trapío, mansas pero voluntariosas, que tras recibir un pujal de trámite o puyazo fugaz en forma de ojal, llegan a la muleta con pasadora y perruna docilidad para que ante ellos desplieguen su duende los comodinos diestros-marca que medio figuran y extasíen a los degustadores del toreo sin misterio pero bonito, aunque no llenen plazas porque su naturalidad depende de la docilidad, no de la intensidad de las embestidas, alejadas del dramatismo.

Sin embargo, taurinos y aficionados todavía se sorprenden de la pérdida de posicionamiento de la otrora fiesta brava y de la escasa pasión que despierta, pues insisten en olvidar que esta fiesta es de toros antes que de toreros, y que sólo frente a reses de lidia sin exceso de kilos, pero con cuatro años cumplidos y sus astas íntegras las expresiones artísticas y técnicas tienen sentido. Evitada la bravura por los taurinos y olvidada por el público, los resultados están a la vista.

Flojo el argumento de Morante en su tercera retirada: “los presidentes –jueces de plaza– y los veterinarios me han aburrido” o, si se prefiere, los que en España no sueltan orejas como confeti ni aprueban toros anovillados, me fastidian.

Desmemoriado o cínico, el exquisito diestro y deficiente estoqueador se olvida de las reses que ha toreado en México en 18 años de venir: Teófilo Gómez (en exceso), Fernando de la Mora, Julio Delgado, Bernaldo de Quirós, etcétera, sin haber querido ver ni en pintura, igual que sus colegas que figuran, hierros mexicanos cuya garantía es la emocionante exigencia de su encastado comportamiento, no la nobleza boba.

Ahora, en 20 años de alternativa un torero ya tuvo suficiente tiempo para evolucionar, madurar, exigir, decaer y aburrirse. El problema no reside en quién se va y quién llega, sino en el estancamiento de una tauromafia que hace décadas se olvidó del toro bravo y de estimular a buenos toreros que lo enfrenten.

Saludé en su casa a Huberto Batis, maestro universitario severo y magnífico de muchas generaciones de escritores, autor fecundo, investigador riguroso, bibliófilo desbocado, editor incansable, erudito columnista, gozoso director de revistas y suplementos e irredento sensualista, quien de entrada me soltó: ¿Por qué no me has entrevistado sobre el tema de los toros? Porque nunca me dijiste que te interesaban, respondí sorprendido luego de casi medio siglo de conocernos. Pues toma nota, ordenó.

“En 1946 Manolete era tema obligado en todo México. Mi padre, que no era aficionado, quiso atestiguar aquel fenómeno sociocultural, por lo que un sábado de enero decidió llevarme a la antigua plaza El Progreso, de Guadalajara, pero ¡en hombros!, ya que entre aquella multitud era la manera más segura de cuidar a un niño de 11 años. Recuerdo que también toreaba El Soldado, y quizá por eso los toreros en sus vistosos trajes se me figuraron muñequitos o soldaditos de plomo. Nunca volví a una plaza, a diferencia de Gurrola, Elizondo, Becerra o Chumacero, aunque siempre tuve la curiosidad de regresar, y eso que durante 20 años trabajé a dos cuadras de la Plaza México”, concluyó el entrañable Huberto su capítulo taurino.

Publicado en La Jornada

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