¿La Fiesta en Paz? Merecido homenaje a Jorge Rosas El Tacuba por su huella en el toreo mexicano

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A la desmemoria, en México añadimos con frecuencia el desagradecimiento. Y es que al poder establecido y las tecnologías de la información y el dizque conocimiento, de pasada animan a olvidar tradiciones y trayectorias, sucesos que nos identifiquen y enorgullezcan, pues los pueblos sin memoria quedan a merced de los ineptos y listillos del desquiciado y corrupto presente.

A esta disposición al olvido no podía ser ajena nuestra manoseada, desatendida y autorregulada fiesta de los toros, que a la creciente indiferencia de unas autoridades sometidas a la modernidad de Washington, siguió el lamentable rescate de los empresarios más ricos en la historia del toreo, quienes lejos de dignificarla, engrandecerla y reposicionarla, la han reducido a chou predecible y monótono, al confundir repetitividad con bravura, amiguismo con competencia y diversión con pasión.

Por ello adquiere mayor relevancia que el grupo cultural taurino Tertulias Onces –creación y legado del inolvidable Jaime Rojas Palacios y hoy a cargo de los entusiastas José Inocencio Rodríguez y Alfredo Álvarez en la alucinante casa del matador Miguel Cepeda El Breco– haya llevado a cabo un merecido homenaje al extraordinario novillero Jorge Rosas El Tacuba (Ciudad de México, 23 de abril de 1932), que llenara de torería y de apoteosis innumerables tardes en las plazas México, El Toreo, Guadalajara, Torreón y muchas otras, por su valor, carisma y sello, saliendo en hombros de la enfebrecida multitud, no de costaleros a sueldo, hasta en tres ocasiones consecutivas en el coso de Insurgentes, con o sin corte de orejas, pues cuando un torero de verdad se entrega delante de los pitones, los públicos no dudan en corresponder.

Una lástima que el concepto entrega ya no lo valoren los neoempresarios y muy pocos toreros lo posean.

Hoy, cuando las novilladas en la capital se ofrecen sin imaginación ni juego suficiente para los triunfadores, bueno es recordar que en la temporada chica de 1958 El Tacuba actuó siete tardes en la plaza México, con la añeja y probada fórmula de repetir el domingo siguiente al que triunfa y al que interesa. Y eso que simultáneamente operaba El Toreo de Cuatro Caminos, hoy convertido en soleado centro comercial repleto de franquicias gringas. Paso al falso progreso.

Con un lleno como los que solía provocar en las plazas, hablaron de El Tacuba el empresario y en sus mocedades fino novillero Paco Calderón, el matador Guillermo Rondero, apoderado del joven ecuatoriano Julio Ricaurte, el crítico taurino Arturo Combe, el novillero Rodrigo Cepeda El Breco, que recientemente triunfara en Morelia, el maratonista internacional José Ernesto Betancourt y el aficionado Raúl Reynoso de la Torre –60 años de acudir a la México y no hay ningún estímulo a la lealtad–, entre muchos más.

La parte artística corrió a cargo de la guapa cantante de folklore Claudia Hermoso La Cigarra, con temperamento y expresión para dar y prestar, e hija por cierto de El Tacuba; de la cantautora Gaby Saló, que trabaja en el pasodoble Breco, lucero y oro, tras emocionarse con su faena valerosa y sentida, y de Javier Mendoza Garduño El caballero de la música ranchera, poseedor de magnífica voz y presencia, quien me dijo: “Toco puertas como los toreros modestos, pero sin palancas no hay posibilidades. Los concursos ya están armados y a los medios no les interesa sacar nuevos valores, privando a las nuevas generaciones de conocer e incrementar la música de su país”.

¡Salud, querido Tacuba, que el desaprovechamiento continúa!

Publicado en La Jornada.

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