“Quiero ser torero” o la zozobra que provoca la decisión de un joven de hoy

Por Antonio Lorca.

El riesgo, los estudios y el incierto futuro, entre las grandes preocupaciones familiares:

Primer grupo: Manuel Perera, Juan José Villita, Valentín Hoyos…

Segundo: Ángel Sánchez, Diego Carretero, Jorge Isiegas…

Tercero: Santana Claros, Ferrater Beca, David Salvador…

Y cuarto: Jorge Cordones, Juan Viriato, Quinito…

Son los nombres de 12 chavales que quieren ser toreros. Pero, ¿a cuántos aficionados les suenan estos apellidos? A muy pocos, sin duda.

Resulta, no obstante, que la mayoría de estos novilleros cuenta con motivos suficientes para formar parte del universo taurino.

Los del primer grupo compusieron la terna de la final (sin caballos) de La Oportunidad, celebrada recientemente en la plaza madrileña de Vistalegre. Los del segundo han hecho el paseíllo este año en Las Ventas y no pasaron desapercibidos. Los del tercero tuvieron el honor de pisar el albero de la Maestranza vestidos de luces.

Y los del cuarto han tenido menos fortuna: Cordones solo ha lidiado una novillada en 2017; Viriato, dos, y Quinito, tres.

El negocio taurino actual es perverso y maquiavélico

12 jóvenes cargados de sueños, dispuestos a mil sacrificios, y a perder la adolescencia y los años mozos (y la vida, si fuera necesario) en la búsqueda de un objetivo que solo está al alcance de unos pocos elegidos.

Estos 12 nombres no son más que una representación de los 145 novilleros con caballos que componen el escalafón de 2017, a los que habría que añadir los que han debutado sin picadores, y los que acuden regularmente a alguna de las 58 escuelas taurinas que funcionan en este país.

En mayor o menor medida, unos locos bajitos, unos héroes sin reconocimiento que pretenden aprender a base de golpes, sinsabores y muchos olvidos una de las profesiones más difíciles de este mundo. (No hay que olvidar la máxima no reconocida públicamente por ninguna institución civil o eclesiástica, pero igualmente válida: es más difícil ser figura del toreo que Papa de Roma).

Los novilleros son los grandes olvidados de la tauromaquia moderna; olvidados, sí, menos en su casa, donde se vive -mejor, se padece-, por lo general, una verdadera pesadilla. Sobre todo, si la familia no pertenece al universo taurino, y un día se encuentra con la sorpresa de que el chaval reúne a los suyos y dice aquello de “Papá, mamá, quiero ser torero”.

En ese momento, la zozobra se instala en el hogar. La primera preocupación, el miedo al riesgo (el peligro inminente y constante es consustancial a la profesión taurina); la segunda, los estudios (y es tan absorbente que pocos son los que consiguen mantener la cabeza fría y compaginar el ‘veneno’ de los toros con la necesaria formación). Y la tercera preocupación: el incierto futuro como aspirante a la gloria en los ruedos (se celebran muy pocos festejos menores, por lo que es casi imposible descubrir las verdaderas condiciones de un novillero, que, sin la preparación necesaria, se ve obligado, si la fortuna lo acompaña y sus protector le consigue el contrato, a acudir a la Maestranza o Las Ventas a jugarse a una carta su presente y su futuro).

El escalafón de novilleros de 2017 es tan esclarecedor como dramático: 52 de los 145 que lo integran solo se han vestido de luces una sola tarde; 23, dos tardes; 13, tres, y 9 novilleros, cuatro tardes. En total, 97 personas que se han encontrado de sopetón con la extrema dureza de su vocación.

O sea, que el muchacho es un genio o lo tiene muy complicado. Si es un superdotado, asunto harto difícil, deberá demostrar con celeridad sus condiciones, esperar que la suerte le acompañe, y que surja un avispado y arriesgado apoderado de postín dispuesto a correr con los muchos gastos que hoy supone sacar a un torerillo del anonimato. Y aún así no tiene garantía de nada.

Si, por el contrario, el aspirante apunta buenas maneras, tiene el valor suficiente y ofrece sobrados motivos para ‘funcionar’ en la profesión, luchará con todas sus fuerzas por salir cuanto antes del pelotón novilleril, tomar la alternativa lo más dignamente posible y engrosar -eso sí- la larga lista del paro en la que guarda cola un gran número de matadores noveles a los que el sistema les tiene vetado el paso.

Porque el negocio taurino actual es perverso y maquiavélico: es un círculo herméticamente cerrado, dominado por varios grandes empresarios-apoderados que representan a las figuras y empeñados en repartirse en exclusiva la cartelería de las ferias más importantes. En consecuencia, boicotean a los nuevos toreros –valores emergentes se les llama ahora- y tratan de desterrarlos al olvido o a la desesperación.

¿Y los demás? ¿Qué ocurre con esos más de cien chavales que cada año esperan una llamada telefónica que no suena y ven cómo se marchitan sus sueños? Unos -muchos- prueban con desigual fortuna en el escalafón de subalternos; otros reaccionan a tiempo y dirigen sus pasos hacia sectores profesionales menos espinosos, y el resto… El resto –en un número mayor de lo que permite la suposición- se aferra a sus fantasías y celebra sus veintitantos años sin oficio ni beneficio y expulsado del sistema.

Se comprende, entonces, la zozobra y el desasosiego de una familia cuando un hijo le dice un día: “Papá, mamá, he decidido ser torero”.

Yerran los taurinos al permitir que los novilleros sean los desventurados de la fiesta; porque algún día, aunque sea con ochenta años cumplidos, -pero ese día llegará- se retirarán las figuras actuales y no habrá recambio entre los matadores de toros. Y se han equivocado en su empeño de vivir de las rentas del pasado y no promocionar la fiesta de los toros entre los aficionados jóvenes. Más pronto que tarde llegará el día en que los tendidos estarán completamente vacíos.

Honor y gloria, pues, para todos los aspirantes a toreros en una sociedad hedonista, bienpensante, buenista y vacía; honor y gloria a los que se rebelan contra su destino y afrontan un difícil reto de sacrificio y esfuerzo, regado de sinsabores y, muchas veces, por la propia sangre. Honor y gloria para todos ellos; para los elegidos para la gloria y para los que derraman dolorosas lágrimas ante un sueño hecho añicos.

Hace unos días, en un acto taurino celebrado en Sevilla, la exministra Carmen Calvo desempolvó una frase de Erasmo de Rotterdam: “Todos merecemos la vida, pero se la merecen más los valientes”. Pues eso…

Publicado en El País

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