Innovación, sueños y fantasía, propósitos taurinos para el año 2018

Plaza de la Real Maestranza, en tarde de feria. MARCELO DEL POZO REUTERS.

¿Será capaz algún empresario de sorprender al mundo del toro con una chispa de locura?

Por ANTONIO LORCA.

Echas un vistazo a la relación de ganaderías contratadas para la Feria de Abril de 2018 y se te cae el alma a los pies.

Se te ocurre ir al cine a ver la película Ferdinand, el toro, y sales con la moral por los suelos al comprobar cómo disfrutan los niños, más que probables antitaurinos del mañana.

Repetir en la Feria de Abril las ganaderías de 2017 suena a escasez de ideas y suicidio económico

Lees las entrevistas que algunos portales taurinos han realizado a las figuras para hacer balance de la temporada pasada y sorprende el continuo autobombo, las justificaciones y parabienes, sin un solo atisbo de autocrítica medianamente seria.

Repasas el escalafón de matadores de toros y, con muy contadas excepciones, son los mismos de ayer, de anteayer y los mismos de años pasados.

Hablas con aficionados de verdad, de esos que tienen el veneno del toreo circulando por sus venas, y muestran un triste desencanto por tantos toreros aburridos y comodones, por esos empresarios que parecen desconocer lo que es la modernidad y actúan como en la época en la que las plazas se llenaban solas, por los toros inválidos, descastados, criados para la desesperación… Aficionados desencantados por una rutina desesperante.

Esperabas, quizá ingenuamente, que el nuevo presidente de la Fundación del Toro de Lidia, Victorino Martín, presentara sus cartas credenciales ante la sociedad con una reflexión profunda, valiente y acertada sobre el momento difícil que atraviesa la fiesta, y resulta que se ha limitado a enviar una carta al director general de Canal Sur para agradecerle que mantuviera a Manuel Díaz El Cordobés como presentador de las campanadas de Nochevieja y no cediera a las presiones de los antitaurinos. Pues, muy bien.

Te paras a pensar un momento y te asusta el silencio del invierno. Los que pueden, cruzan el charco, aterrizan en las Américas y lidian —es un decir— novillos infames en plazas de renombre que hoy no son más que el triste recuerdo de un glorioso pasado.

Los que aquí se quedan descansan después del ajetreo, hacen liquidaciones, generalmente irrisorias, se pierden en la niebla o se refugian en el campo, y esperan, pacientes, a que pase el temporal, con la secreta esperanza de que todo siga igual, y comience otra temporada que, al menos, se asemeje a la anterior.

Y por si fuera poco, ¡los antitaurinos…!, que parecen multiplicarse y presionan con renovadas fuerzas desde todos los frentes.

No es que todo sea de color oscuro; seguro que hay toreros, pocos y realmente convencidos -pero con la boca cerrada- de que el camino de la fiesta no es el más adecuado para su supervivencia futura; seguro que en las dehesas hay toros rebosantes de casta, bravura, nobleza y fortaleza, aunque la mayoría —ante el rechazo radical de los veedores de los toreros— encuentre su destino en los festejos populares; y, sobre todo, quedan aficionados dispuestos a pasar otra vez por taquilla con la esperanza de que una tarde inesperada surja la chispa entre un toro y un torero, y entre ambos se produzca el misterio de la emoción.

Así las cosas, ¿cuáles podrían ser los propósitos del nuevo año? Más que propósitos, los deseos para la temporada de 2018. Quizá, la fiesta pudiera ser distinta con unas pocas gotas de innovación, algunos sueños y un detalle de locura en forma de fantasía que devolvieran la sonrisa a más de uno.

No debe ser cosa fácil, hoy por hoy, ser empresario de La Maestranza, lejanos los tiempos de la bonanza económica y taurina, con la presión desbordante y el ‘chantaje’ de las figuras que imponen ‘sus’ toros o amenazan con el olvido, con el abono en los huesos, la ausencia más que injustificada de Morante y un público veleidoso con el torerismo.

Pero repetir las ganaderías de la Feria de Abril de 2017 con la única novedad de La Palmosilla, que sustituye a los toros de Daniel Ruiz, no es de recibo. Las mismas de siempre, las que imponen los toreros que mandan. ¿Pero no deben mandar los clientes? ¿Por qué no se les pide opinión? La propuesta sevillana suena a escasez de ideas, a entreguismo y a suicidio económico. La mortecina afición de Sevilla necesita un revulsivo, una novedad, un acicate para volver a los tendidos, y a la empresa solo se le ocurre tirar la toalla. Mala cosa… No hay que olvidar que el empecinamiento en el error solo produce nuevos errores.

¿Y Madrid? ¿Encerrará San Isidro alguna fantasía del empresario francés o volverá a limitarse a anunciar treinta festejos en los que la indiferencia supere con creces a la expectación?

Sería deseable, por otra parte, -urgente e imprescindible, más bien- que las figuras actuales se decidieran a romper la burbuja que las aísla de la realidad y se enfrenten, de una vez por todas, a los verdaderos y acuciantes problemas que sufre la fiesta de los toros. Basta ya de tanto razonamiento insulso, vacío, falso y ególatra para justificar un espectáculo que se desliza por un resbaladizo precipicio.

Por cierto, ¿cómo es posible que un torero con 28 años de alternativa siga encaramado en la cabeza del escalafón y para muchos represente el summun de la torería actual? Olé por el artista, pero algún mal, y muy grave, padece esta fiesta para que así sea. O fallan los toros o fallan los aficionados. O el sistema.

¿Cuándo los que dirigen el negocio comprenderán que hay que dar paso a los toreros nuevos, más allá de Roca Rey y Ginés Marín? ¿Cuándo caerán en la cuenta de que los nombres de quienes ocupan los puestos más relumbrantes de las ferias suenan a rancios?

Y Victorino, la gran esperanza blanca, debe saltar al ruedo cuanto antes y cantar a los cuatro vientos sus propuestas rompedoras para que este enfermo recupere el aliento y vuelva en sí con posibilidades de recuperación.

¿Algún empresario, por último, será capaz de liarse la manta a la cabeza y asombrar al mundo con una chispa innovadora en lo referente a toros y toreros?

Ojalá algún taurino -torero o empresario- se vuelva loco y sorprenda a todos con una fantasía; pero hay que dudarlo, porque todos parecen muy cuerdos, empeñados en la pícara defensa de sus intereses más cercanos.

Publicado en El País 

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