Emilio de Justo dibuja una faena de emoción en la plaza de Vistalegre

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Emilio de Justo da la vuelta al ruedo tras cortar una oreja al tercer toro de la tarde. Kiko Cuesta Efe.

Por ALEJANDRO MARTÍNEZ.

Durante los siete u ocho minutos que duró la faena de Emilio de Justo al tercer toro de la tarde los espectadores y aficionados que se dieron cita en el Palacio Vistalegre para homenajear al ganadero Victorino Martín Andrés vivieron en sus carnes la emoción del toreo. Los ‘bien’ y los aplausos protocolarios se tornaron en sentidos ‘olés’ y en vibrantes ovaciones. La razón es que en el ruedo se habían encontrado un toro y un torero.

El trasteo ejecutado por el diestro extremeño no fue perfecto ni completamente lucido, pero y qué. Allí había emoción y verdad. El toro de Victorino -o novillo, luego se verá por qué- tuvo la principal virtud de la transmisión. La transmisión que da la casta. Pero también las dificultades y la exigencia que conlleva esta condición. Sin terminar de humillar ni entregarse, el cárdeno ejemplar de la divisa azul y encarnada mantuvo hasta el final una actitud desafiante y, por momentos, respondió con brusquedad y violencia.

Pero De Justo no se amilanó. Siempre bien colocado, muy de verdad, le plantó cara y firmó una obra de enorme valor que remató con una estocada trasera y tendida -y un descabello posterior-, que cobró tirándose muy derecho encima del morrillo de su oponente. Esperando al animal con la muleta retrasada, aguantó los parones, y dibujó muletazos que tuvieron largura y verdad. Cada vez que llegaba el momento del embroque, nadie sabía si el torero seguiría con los pies en el suelo. Y, tras el remate, una mezcla de entusiasmo y alivio se liberaba en los tendidos. La oreja, de peso. Su labor frente al manso y deslucido sexto estuvo cargada, de nuevo, de entrega y pundonor, pero fue un tanto embarullada.

Al tercero se le debería haber recibido con el ‘cumpleaños feliz’. Melonchero, que así se llamaba el animal, cumplía los cuatro años este mes de febrero. Es decir, podría haberse lidiado igualmente como utrero. Algo así, en una corrida de Victorino, no tiene perdón. Sobre todo, teniendo en cuenta que no fue la excepción, sino la norma. Los otros cinco astados que saltaron al ruedo acababan de cumplir los cuatro, en enero o diciembre. Utreros adelantados, que se dijo siempre. Y en la apariencia se notó, vaya si se notó. El encierro tuvo cara, pero solo eso. Chicos y vareados todos, y alguno, como el quinto, era una cabra. Y todos, o casi todos, lucieron una expresión de adolescentes y no de hombres con toda su barba, como esos cinqueños que dieron gloria a este hierro.

El cuarto, el más toro de la corrida, fue, además, el que más empujó en el caballo. Aunque bien es verdad que acudió al relance, metió la cabeza bajo el peto y se llevó al picador hasta el mismo centro del ruedo. Y ahí se acabó la historia porque su matador, Curro Díaz, nos privó de un segundo puyazo (ya un tercero o cuarto es pura utopía). Díaz, que ante el noble primero solo había dejado un par de detalles de torería y se había mostrado acelerado, evidenció falta de ambición cuando, tras una notable tanda al natural en la que se sintió toreando, se limitó a ponerse bonito, a citar fuera cacho y a pasar al toro lo más rápido posible, antes de irse a por la espada entre la sorpresa general. La orejita que le dieron tras un espadazo bajo y delantero fue de sonrojo.

Daniel Luque, tan correcto y técnico como carente de pasión y alma, sobresalió en un cambio de mano, un par de redondos, y un pase de pecho ante el segundo, que solo sacó casta a la hora de morir, y se estrelló con el morucho quinto, que no pasaba.

Publicado en El País

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