Opinión: Tlaxcala, Morante y saltillos

Por Alcalino.

Lo de Tlaxcala, el sábado por la noche, fue un desborde de sensibilidad. De cuando las corridas tenían misterio, los aficionados paladar y los toreros personalidad. La torre de adobe de San Francisco y la luna llena –es decir, la eternidad– presidieron un festejo de detalles torerísimos, casta auténtica –nadie en su sano juicio, con setenta años encima, se arrima como se arrimaron los tres– y emociones entrañables. Nadie se acordó de las faenas interminables ni de burreles idénticos en su mansa pasividad. Triunfó el toreo.

Por eso la gente paseó en hombros a Miguel Villanueva, Raúl Ponce de León y Rafael Gil “Rafaelillo”. Y les gritó ¡Toreros! con más fuerza y convicción que nunca. Y hubo lágrimas de alegría y de nostalgia en rostros jóvenes y viejos.

Morante, televisión y tancredismo. Una vez más, Morante de la Puebla se apresta a reaparecer vestido de luces. Será en la feria de Jerez de la Frontera, el 12 de mayo. Pero antes, se sometió a una entrevista en la que expuso puntos de vista tan originales como, seguramente, debatibles. No se tentó el corazón para consolar a quienes lo añoran expresando que “deberían estar agradecidos de que no me haya ido del todo”. Por su parte, él no extraña en absoluto partir plaza en la Maestranza el domingo de Resurrección. Tampoco estará en la feria de abril. Sí en septiembre, para la sanmiguelada. Mas no por eso deja de ver corridas. Tomarle el pulso a la temporada. Dar fe del estado del arte.

Televisión. Como José Tomás, se negará en lo sucesivo a participar en corridas televisadas. “Entre los beneficios y los perjuicios de la televisión ganan los segundos”, dice. Y se explica: “No es buena la actual forma de retransmitir, con expertos que están todo el tiempo queriendo descifrarlo todo, yendo muchas veces por delante de lo que ocurre; ya no se mantiene ese respeto, ese misterio que tanto me atraía cuando de joven veía corridas por televisión… Es como si los comentarios de ahora se quisieran equiparar a los de los partidos de fútbol. Y eso no tiene sentido, acaba con la intimidad que necesita quien está viendo la corrida en su casa… A mí, como a Curro Romero, me gustan los comentaristas del tenis. Cuando saca un jugador, silencio. Cuando acaba la jugada, se habla… Se ha querido magnificar el contenido de los comentarios y el toreo es mucho más serio que toda esa farándula” (El Mundo, 21 de marzo de 2018).

Tales apreciaciones me trasladan a los orígenes de mi afición, cuando Paco Malgesto y Pepe Alameda –por radio y televisión– exaltaban tal vez en exceso lo que acontecía en el ruedo. Pero sin abusar de consideraciones técnicas –atinada pero discretamente apuntadas por Alameda– ni anticipar lo que se les podría hacer o dejar de hacer a los toros. La actual saturación analítica –también presente en escritos taurinos– es una de las causas de que el aficionado se haya vuelto no sólo fríamente puntilloso sino con frecuencia despectivo hacia los toreros, situación muy marcada en España, no en México, donde lo han alejado de las plazas motivos más poderosos que las teletransmisiones.

¿Arte de birlibirloque? En su juventud, coincidente con la que después sería considerada la edad de oro del toreo, José Bergamín se decantó resueltamente por Joselito El Gallo y contra Juan Belmonte. Los fundamentos de esa postura están en “El arte de birlibirloque”, donde pondera la movilidad sobre la quietud y la rapidez sobre la lentitud, entre otras “virtudes clásicas” contrapuestas a los “vicios modernos” del belmontismo, criterios de los que sin embargo abjuraría a la larga (en “La música callada del toreo” hace apología de Curro Romero y Rafael de Paula como presuntos herederos del arte genial del trianero).

Viene a cuento lo anterior porque Morante, en la citada entrevista, finca su enésimo retorno, tras cerca de un año de su último alejamiento, en el deseo de “darle un aire más fresco al toreo, con movilidad alegre y lejos del tancredismo que ahora domina… El toreo pasa por unos momentos demasiado estáticos, preconcebidos y aburridos. Me gustaría darle la vuelta a todo esto… Es un misterio y una maravilla que se debe observar y sentir, no intentar descifrar”. (ídem). ¿Cómo el sábado en Tlaxcala?

Tan radical declaración de intenciones no contradice, por cierto, la trayectoria estilística del de Puebla del Río. Un torero que no se parece a ninguno, pero que gusta de remarcar esa singularidad salpicando su arte con guiños de otros tiempos –aflamencados giros que remiten al feo pero famoso molinete belmontino, pases de pecho “alzando el brazo al techo”, que diría el poeta, en implícito homenaje a los años 20 y 30 del siglo pasado, recortes sobre piernas para muy toreramente dejar en suerte al animal…–. Claro que el encanto de tales reminiscencias no está tanto en ellas mismas como en su contraste con el resto del cuadro: la maravilla de su verónica –de las más hermosas de todos los tiempos por temple, mando, plasticidad y precisión–, su manera de avanzar hacia las afueras mediante muletazos de trinchera y de la firma de geométrica finura y, por supuesto, su mágica forma de ligar el toreo en redondo, sobre todo con la zurda, tan alejada de los robapases al uso. Mensaje dirigido a quienes no acababan de entender esa rara mezcla de ajuste y estética claramente contemporáneos con ramalazos de una tauromaquia escapada de épocas y conceptos remotos.

Lo del tancredismo, en cambio, parece una censura, no tan velada, al novedoso impulso que traen toreros como Andrés Roca Rey, que está demostrando que es posible dar una vuelta más a la tuerca de la quietud, y representa un peligro cierto para sí mismo y para el resto del escalafón, dentro de ese contexto de frialdad y desorbitada exigencia en que han derivado los excesos de tecnicismo en el ruedo y en el relato.

Obsérvese que, en España, la crítica más ligada a determinadas figuras empieza a mostrar reservas ante el estilo del peruano, a ponerles sordina a sus éxitos y a fustigarlo o ningunearlo cuando no llegan.

Lo indudable es que, sin Morante de la Puebla, el toreo parece más monótono y opaco. Y que su reaparición debe ser bienvenida. Casi tanto como lo sería la de José Tomás.

Casta imperecedera. ¿Posee el tiempo vasos comunicantes? El toro, leitmotiv de la Fiesta, dice que sí. Y lo dice con los argumentos irrefutables de la presencia arrogante, la casta brava y la picante nobleza. El Domingo de Ramos, Victorino Martín envió a Las Ventas un encierro de su exclusiva marca y un tercer toro –cárdeno arromerado, veleto, precioso de hechuras– cuya impresionante forma de humillar y seguir los engaños en ningún momento dejó de exigir muy buen pulso y mucho toreo por parte de Saúl Jiménez Fortes. Ese toro era casi un clon del quinto de San Mateo para una encerrona de Fermín Espinosa “Armillita” en El Toreo hace la friolera de 74 años. Fue el 20 de febrero de 1944, se llamó “Desertor” y su fiera aspereza puso a prueba la maestría del coloso de Saltillo, diestro poco grato al ganadero Antonio Llaguno, que se propuso amargarle la tarde con un hato escogido muy a propósito. En vano, porque “Armilla” salió de la plaza en hombros.

Aquí tiene el lector estas fotografías de ambos astados para que mire y compare. Tanto “Armillita” como Jiménez Fortes torean en redondo sobre el pitón derecho. Más fiera la embestida del sanmateíno, más humillada y pastueña la de Victorino, que se fue sin una oreja al destazadero. Pero, sobre todo, impresionante la semejanza entre los astados, saltillos legítimos los dos. Y un dato sorprendente más: Fortes consiguió alargar el viaje de “Mucamo” mediante la técnica muletera que utilizaban para sacar partido de numerosos sanmateos los ases de la baraja nacional en la época de oro nuestra: esperar al toro con la sarga a la altura casi de la pierna de la salida –es decir, sin “enganchar adelante”, como ahora se usa e incluso se exige–, para embarcar, conducir y alargar la embestida hasta la consumación del pase. Mando más acentuado en Fermín porque así lo demandaba “Desertor”, mayor desmayo en Saúl, a tono con la suavidad del victorino. Por cierto, esa faena de Jiménez Fortes quedó como muestra de un valor, una clase y una sabiduría torera dignas de mejor suerte. Toreando así, este malagueño –tan castigado por los toros y por las empresas– tendría que figurar en las ferias de postín al lado de los mejores.

Publicado en La Jornada

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