SEVILLA. “Una noble corrida de Cuvillo”

Reabierto el debate sobre el toro de Sevilla, cuatro y casi cinco ejemplares dan la razón a sus partidarios. Dos orejas muy generosas para Manzanares. Festejo solo discreto.

Por Barquerito.

Martes, 17 de abril de 2018. Sevilla. 9ª de abono. 9.500 almas. Primaveral. Dos horas y veinte minutos de función. Seis toros de Núñez del Cuvillo. Castella, silencio tras un aviso y saludos tras un aviso. Manzanares, dos orejas y saludos. Talavante, una oreja y silencio. Dos pares notables de José Chacón al primero

LA CORRIDA DE Cuvillo, muy astifina, fue dechado de nobleza. Con una excepción, la del sexto toro, negro berrendo, de familia muy distinta a las de los cinco previos. Tampoco es que el del cierre fuera toro pérfido ni artero, porque en la ganadería de Cuvillo no los hay, pero se soltó de una primera vara que cobró empujando a favor de querencia, cobró un segundo puyazo trasero -y lo acusó, cabezazos sueltos- y reculó en banderillas. Valentín Luján perdió pie al salir del tercer par -probablemente un patinazo en la raya de cal- y el toro se volvió a buscarlo en el suelo. Ni al quite a tiempo de Manzanares obedeció el toro al tener la presa tan a mano. Pero no pasó nada.

Tampoco cuando Talavante salió prendido y volteado de la estocada con que tumbó al tercero de la tarde. No solo la paliza, sino el batacazo. Sentado en el estribo, asistido por muchos, Talavante tardó en reponerse y se asustó la gente. Fue solo el susto. Talavante llevaría el recuerdo del percance y pasó de puntillas, o a la defensiva, con el berrendo. Ni intención de gobernar al toro ni de meterse con él. Era el último de los seis que mataba en el abono de Sevilla. En tres de las cuatro últimas corridas en puntas estuvo anunciado: el sábado, el lunes y el martes. Sesión continua. Una idea contraproducente.

Lo más redondo que hizo Talavante esta vez fue un quite por delantales en los medios al segundo de la tarde, el de mejor nota de todos. El tercero estuvo a punto de desarmarlo en el recibo de capa. Tan despegados fueron los lances de saludo. No lo más redondo, pero sí lo más brillante fue la decisión de irse a los medios de partida con ese tercer toro, que cabeceó y se escupió en varas, pero galopó con ganas en banderillas. Trujillo le puso dos pares soberbios y de pronto pareció el toro claro y pronto. La apertura de faena con largos muletazos genuflexos y su coda fue promesa de trabajo mayor. Solo la promesa porque, de más a menos, la deriva abundó en el conformismo de fondo y en cosas para la galería: los desplantes, los muletazos rehilados, los pases mirando al tendido, los cites frontales muy impostados, una arrucina ligada con un molinete. La banda, en tarde gratuita y regalosa, puso música de fondo.

También la primera faena de Manzanares se vio regalada de los músicos antes de los diez viajes, ninguno de mayor cuantía. Un pasodoble tan torero como el “Cielo andaluz”, de Pascual Marquina, tenido por predilecto del torero. No solo la afinada orquesta de Tristán, que no paró y hasta resultó invasiva por su falta de medida. El toro, de tranco suave y seguro, la fuerza precisa, candentito y cadencioso -de nombre, Encendido-, fue música también. Espaciada en seis o siete tandas de logros desiguales, pero jaleada como acontecimiento por una mayoría y sin votos en contra, la faena tuvo por remate una estocada en la suerte natural. Manzanares recibió al toro sin aliviarse, pero la espada cayó trasera. Tardó mucho en doblar el toro, que se salió de rayas afuera en larga agonía. Esa muerte -la boca cerrada, como prefieren los toristas- levantó un clamor en ola. El clamor se hizo tan contagioso que hasta el mismo presidente sucumbió: dos orejas. No a la vez.

De manera que, echando cuentas, a Manzanares le bastaba con una más del quinto de corrida para abrir la Puerta del Príncipe famosa. Estaba de dulce la gente. El palco, también. Y no menos el toro, de manos leves y pantanosas, el carburador algo gripado y la misma nobleza del común de la corrida. Manzanares lo libró en el recibo con una larga cambiada de rodillas en tablas, pero el toro tardó en ser fijado a pesar de una molienda notoria de capotazos estériles. Morosa hasta la exageración, sembrada de tiempos muertos sin cuento, la faena se convirtió en parodia del toreo despacioso. De abajo arriba, de uno en uno, muchos paseos. Media atravesada y un descabello.

El primero de Castella, brusco al principio, se apagó después de enganchar mucho la muleta. Castella estuvo fino con el capote -templados lances rodilla en tierra-, pero se puso trabajoso solo después de haber arrancado faena con una estimable tanda de ayudados por alto del repertorio mexicano, a suerte cargada. No lo vio con la espada. Tampoco en el segundo turno con un cuarto que se paró y se quedó a mitad de suerte hasta dos veces. Sin rechistar. La carga de nobleza. Sin inmutarse Castella, que se sintió obligado a seguir y seguir. Se llevaba un botín de tres orejas a mitad de corrida. La tómbola.

Publicado en Torodos.com

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