Crónica de Sevilla: “El Juli y Roca Rey, una rivalidad en ciernes”

Jueves, 19 de abril de 2018. Sevilla. 11ª de abono. No hay billetes. 12.000 almas. 27 grados a la sombra, algo de viento. Dos horas y diez minutos de función. Cinco toros de Jandilla y uno -4º- Vegahermosa, que completaba corrida. Los seis, de Borja Domecq Noguera. Antonio Ferrera, silencio en los dos. El Juli, vuelta al ruedo y silencio. Roca Rey, saludos y saludos tras un aviso.

Por Barquerito. Foto Arjona.

POR INTELIGENCIA, por temple y por la manera de torear en posado desmayo, El Juli. Por frescura, ambición, poderío, descaro y temeridad, y temple y desmayo también, Roca Rey.

Con uno y otro, y con los dos únicos toros de Jandilla que lo permitieron, cada uno a su manera, se midieron sin disimulo los dos toreros. El brujo y el aprendiz de brujo. El águila y el aguilucho, que ya vuela solo y planea y, si fuera preciso, muerde. Igual que El Juli hace veinte años.

Dieron los dos la talla. No solo por separado en sendas faenas que no tuvieron en común nada más que sus muchos recursos, su cabeza y su firmeza, sino también en una misma y sola baza juntos. En el segundo toro salió Roca Rey en su turno a quitar. Con gesto de retar, calentar y desafiar, un quite mixto de cuatro caros golpes, muy despaciosos, casi tanto como los tres lances sueltos a pies juntos con que El Juli se había hecho admirar en el primer quite propio. El remate de ese quite fue una espléndida media ceñida y a pulso. Contó además la manera de irse Julián de la cara del toro después de dejarlo puesto en suerte. Pura marchosería.

El quite de Roca fue celebradísimo. Por inesperado, por teatral y porque el torero limeño domina mejor que nadie los lances en bucle rescatados del repertorio barroco mexicano -saltilleras, gaoneras, los faroles en rizo de El Calesero– y los interpreta con aire ligero y seco, soltura notable y la imprescindible y elástica verticalidad. El toro se había empleado en dos puyazos de Salvador Núñez, iba a cambiarse el tercio y El Juli tuvo la brillante idea de recoger el guante y de salir a replicar con toda la tropa cerca. Se abrió de rayas afuera y en distancia, cobró dos chicuelinas de giro raudo y manos muy bajas, jaleadas las dos, y, sobre todas las cosas, remató esa réplica con dos lances de recorte a pies juntos antológicos, uno por cada mano.

Esos dos recortes sentenciaron a su favor la partida. Fue el momento cumbre de la corrida. Contando incluso el supino primor con que El Juli, en desmayo no impostado sino todo lo contrario -tensión cero-, llegó a torear con la izquierda muy a su antojo al toro de los quites. En los medios, en el tercio, entre las rayas también. Donde convino, porque el viento, que lo descubría, hizo a Julián rectificar su primer camino -las rayas delante de la Puerta del Príncipe- y buscar abrigo debajo de los músicos, que se arrancaron con una versión muy rica del Suspiros de España.

Siendo metódica, fue faena cargada de improvisaciones. Algunas del calado de seis muletazos por tanda y su broche. Por la mano derecha no había dejado de protestar el toro, que amagó con rajarse cuando El Juli quiso aplicarle el tercer grado. Por esa mano lo acabó obligando también. Sobró la coda de la faena. Tal vez estuviera Julián desatado. El toro se puso gazapón, se resolvió la cosa. Una estocada en la suerte contraria. Hubo petición sobrada. El palco se enrocó sin contar pañuelos. La vuelta al ruedo fue una fiesta.

Contando el quite, en fin, pero de otra manera tanto o más que el arrojo, la astucia y la limpia resolución de Roca Rey para buscarle y llegar a hallarle al sexto jandilla el cómo, el dónde, el cuánto y el cuándo. Un toro que huía de su sombra, no aguantaba más de dos viajes seguidos y solo tuvo una secreta virtud: no puntear ni cabecear. Dentro de la mansedumbre, su nobleza. Eso fue lo que adivinó Roca Rey, juncal, suelto de brazos, la muleta en vilo suave, sin carreras ni prisas ni pisotones, aunque tocara perseguir al toro y recorrer en pos de él el perímetro casi entero del óvalo de la Maestranza. Poderle a un toro tan rajado como ese -más que ninguno en unas cuantas ferias-, taparlo y gobernarlo y hasta someterlo en una penúltima tanda en carrusel pareció milagro. Al tercero de corrida, de viajes cortos y revoltosos, lo había tumbado Roca de una estocada en corto hasta el puño tan de las suyas. A este lo pinchó cuando ya acariciaba un triunfo de peso.

Por lo demás, la corrida de Jandilla fue un jarro de agua fría. Por su falta de combatividad, entrega y hasta fijeza. Las hechuras, sí. El fondo, no. Ferrera, distinguido en la brega como siempre, se llevó un lote deslucidísimo: se echó el primero, se aplomó el cuarto, El quinto, último de los cuatro que El Juli mataba en la feria, solo pegó taponazos antes de pararse.

Publicado en Torodos.com

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