‘Gallero’ cambió la vida del torero

Por Luis Carlos Peris.

Casualidades de la vida en cualquiera de sus apartados en general y del toro en particular. Se cerraba la Feria de 1971 con la tradicional corrida de Miura y se quitaba un torero del cartel. Precisamente, el torero que había triunfado rotundamente en las tres miuradas anteriores, Pepe Limeño.

Una sucia faena en los corrales durante el sorteo de la corrida de Arranz fue el motivo. El heroico torero sanluqueño se había sentido maltratado por la prepotencia de quienes administraban a Manuel Benítez El Cordobés, denunciando públicamente que le habían hecho trampa en el sorteo para que pechase con los dos toros de más trapío y el escándalo fue de órdago.

Bajo una fuerte depresión, Limeño se recluyó en su casa de Sanlúcar de Barrameda y mandó el parte facultativo. Y las cosas que se trae la vida en sus costuras, el sustituto iba a ser agraciado con un premio gordísimo, el más gordo que se reparte en el mundo del toreo, el de cortar un rabo en la Maestranza. Vino a suplir al compañero un paisano, el isleño Francisco Ruiz Miguel, que se topó con Gallero, un toro excepcional de Eduardo Miura.

El cartel de esa corrida última de Feria lo abría Fermín Bohórquez a caballo con una terna a pie formada por Andrés Hernando, Ruiz Miguel y Florencio Casado El Hencho, que había triunfado el año anterior con la de Zahariche.

El de la Isla entró en la corrida sustituyendo a su paisano Limeño, que se quitó del cartel. Aquel enorme triunfo le sirvió al torero para darle un giro rotundo a su carrera profesional

Gallero era negro con bragas, marcado con el número 100 y 521 kilos de músculo y osamenta. Era la primera vez que Ruiz Miguel se ponía delante de un toro de Miura y bien que entendió a ese corrido en segundo lugar. El toro salió queriéndose comer todo lo que se movía, pero ya con el capote, el cañaílla dominó al animal a base de redaños y de una disposición desmedida. Entendiéndolo a la perfección y con una gallardía admirable, el torero logró que la plaza entera fuese un clamor. Redondos y naturales por doquier siempre cerrados con el de pecho interminable. Las dos orejas las tenía en su poder, pero fue tal la perfección con que ejecutó la suerte suprema, a recibir, muy despacio, dejándoselo venir con un valor desmedido mientras la espada iba entrando lentamente hasta partirle el corazón a Gallero.

La plaza parecía un manicomio nevado y Ramón Mediano, el presidente, no tuvo más remedio que sacar el tercer pañuelo. Seguidamente sacó el pañuelo azul para que el extraordinario toro de Miura se fuera al desolladero tras una lenta vuelta al ruedo. El paseo triunfal de Ruiz Miguel con el rabo de Gallero en la mano fue una ceremonia en la que se aunaron solemnidad y alborozo a partes iguales, con el torero exultante en el convencimiento de que ese toro le había cambiado la vida.

Ha sido el último torero de a pie que logró la proeza de cortar un rabo en la Maestranza. Ese toro fue el salvoconducto que encontró para una carrera muy provechosa, una carrera en la que rentablizó como nadie el amargo cáliz de matar lo más duro de la cabaña brava. El isleño Francisco Ruiz Miguel bebió de la fuente de Rafael Ortega y, como su inolvidable maestro, es de los poquísimos elegidos que saben lo que es corresponder a las ovaciones de Sevilla con un rabo en las manos, con el rabo, nada más y nada menos, de un toro de don Eduardo Miura. Ocurrió tal hecho el 25 de abril de 1971 y fue, precisamente, en la primera ocasión que Paco Ruiz Miguel se enfrentaba a un encierro de Zahariche en la Feria de Sevilla.

Aquel rabo a un toro de Miura iba a marcar la trayectoria profesional de Ruiz Miguel. Suele pasar en el toreo que cuando un torero triunfa con una corrida de Miura, el premio es matar más corridas de Miura, y de Pablo Romero, y de Victorino, y de Guardiola o Cuadri. Es como si el premio se convirtiese en castigo, pero la verdad es que nuestro hombre escribió los mejores capítulos de su biografía con los hierros calificados de duros.

Aunque toreó en Sevilla algún que otro hierro de los llamados bombones, como Lisardo, Osborne, Marqués de Domecq o Bayones, Ruiz Miguel se había especializado en corridas para héroes y hubo ferias en que mató la de Miura y Pablo Romero, la de Miura y Murteira Grave, la de Miura y la de Palha, algo que debe poner los pelos de punta desde el mismo momento en que uno se ve anunciado.

De esa forma transcurrió la vida de Ruiz Miguel no sólo en Sevilla, sino en toda España. Especialmente en Madrid, el torero de La Isla gozó de un cartel impresionante y sus salidas a hombros por la puerta grande de Las Ventas fueron bastante frecuentes. Pero volviendo a la trayectoria de Ruiz Miguel en la Feria de Sevilla hay que decir que cuando obtenía el premio de esas corridas llamadas comerciales, o bombones, como se quieran llamar, no encontraba material apto para que luciese su toreo. Y es que el toreo del isleño era de poderle mucho a los toros, eludiendo más que acompañando las embestidas. Y, claro, ese toreo sólo interesa cuando delante hay un toro con fiereza y en una corrida donde la tragedia es el primer señuelo para el aficionado. Indudablemente, Gallero le cambió la vida a Paco Ruiz Miguel.

Hitos para la Historia (VIII).

Publicado en El Diario de Sevilla

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