Cúchares: Madrid, Sevilla, La Habana…

Por Álvaro R. del Moral.

Nació en los madriles –hoy hace justo dos siglos– y murió en La Habana, hace casi 150 años. Pero se le consideró siempre sevillano y del barrio de San Bernardo, ese vivero torero vinculado al viejo matadero de la Puerta de la Carne sin el que no se pueden entender los caminos, el oficio y las fuentes del arte de torear desde la prehistoria del oficio hasta prácticamente nuestros días. Francisco Arjona Guillén, Curro Cúchares en los carteles, es una de las ramas fundamentales del frondoso árbol del toreo hispalense, injertada en las raíces más hondas del viejo arrabal.

Cúchares era hijo de carcinero y sobrino carnal por vía materna de Curro Guillén, aquel torero legendario que también había velado sus armas en el antiquísimo matadero. Un toro de Cabrera –antecedente remoto de la actual ganadería de Miura– lo mató en la Maestranza de Ronda el 20 de mayo de 1820, dos años justos después del nacimiento de su sobrino. Sus restos se enterraron junto a los chiqueros de la plaza de piedra, en el mismo sitio que se depositaron después las cenizas de Antonio Ordóñez.

Guillén alternaba en aquella tarde infausta con Juan León, ahijado de alternativa y diestro arqueológico que acabó tomando bajo su amparo al joven Curro Cúchares. El aprendiz aprendió las primeras letras taurinas en la efímera escuela de Tauromaquia que impulsó Fernando VII en los corrales del matadero. Su maestro, precisamente, fue el gran Pedro Romero de Ronda, que había reclamado para sí mejor derecho sobre la plaza de director que se había ofrecido en un primer momento a Jerónimo José Cándido. Sabemos que la vida activa de aquella academia de toreros fue breve pero permitió poner en circulación a dos toreros fundamentales como Paquiro y el propio Cúchares, que empieza a saborear las primeras mieles del triunfo bajo la protección de Juan León, que además acabaría siendo su compadre.

En la década de 1840 ya es una figura indiscutible que ha ascendido a la categoría de primer espada. Su competencia con José Redondo El Chiclanero forma parte de la mitología del romanticismo taurino. La pugna entre ambos lidiadores terminó de enconarse en el ruedo de la Corte a costa de la discusión en torno a matar el primer toro de la tarde. Ambos acabaron marchándose hacia el burel empuñando su estoque y el asunto acabó con Cúchares durmiendo en el calabozo. La competencia prosiguió pero la sangre, una vez más, no llegó al río.

¿Qué aportó Cúchares al toreo? El tratadista decimonónico José Velázquez y Sánchez señaló que en él se reunían «la alianza de la intrepidez con la más completa seguridad de ánimo, las alternativas de la agilidad con el aplomo perfecto, las consecuencias de una enseñanza clásica y la feliz inspiración del privilegiado instinto, la gracia que hace al torero simpático a los ojos de la multitud, y el mérito que le recomienda a la estimación de los inteligentes». Su puesta en escena, en cualquier caso, distaba mucho de lo que hoy podríamos entender por un torero clásico.

A Cúchares tampoco le faltaron detractores. Un folleto publicado en Madrid en 1845 señalaba, con cierto aire despectivo, que el torero «salta, brinca, corre, capea, banderillea, mata, descabella, adorna, saluda y zapatillea a los toros». El mismo texto advertía que «no se ha hecho ni se puede hacer más malo o bueno, porque unos aplauden y otros silban…».

Cúchares mantuvo una intensa relación con su patria chica y fue el responsable de la rehabilitación de la hermandad de San Bernardo en los años de su apogeo. Bajo el amparo del torero se logró volver a poner la cofradía en la calle en 1839. Pero el mataor murió lejos de la Giralda. Ya estaba mayor y en franca decadencia cuando aceptó un contrato para torear en Cuba. Y allí marchó sin saber que el Caribe sería su propia Samarkanda. La enfermedad del vómito negro –la fiebre amarilla– lo despachó para el otro mundo en La Habana. Corría 1868, el nefasto año de aquella revolución mal llamada Gloriosa que supuso un auténtico zarpazo patrimonial para la ciudad. Los restos del mítico torero de San Bernardo no pudieron ser trasladados a Sevilla hasta 1885. Desde entonces han reposado a los pies de los dos crucificados de la Salud. Tras la mesa de altar, por un hueco practicable, se puede llegar hasta la lápida del matador. Una inscripción escrita a mano reza que «dichoso aquel que fuera llorado sin dejar en la tierra un enemigo».

Publicado en El Correo Web

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