Cayetano ¡Un señor! Por Bardo de la Taurina

Tal vez en el mundo existan dos países, donde las orejas sean más baratas que los sorbetes pueblerinos, esas dos naciones lo son los Estados Unidos de Mr. Trumpetas donde en los estados de California y Florida conforme se va acercando uno a los reinos mágicos de Disneylandia le empiezan a obsequiar las famosas orejas y orejitas de Mickey Mouse, y el otro lugar también sede de la váratela lo son las plazas de toros mexicanas, donde el despilfarro con que se realiza esa tomadura de pelo, es pavorosa, ridícula y por ello hasta insultante pa’ el espectáculo mismo.

Hoy en México ese patético despilfarro es uno de los tumores cancerígenos que mayor daño le han causado a la Fiesta de Toros y Toreros, por la razón obvia que cortar, recibir en dadiva o como galantería del palco una oreja sin valor, pues no causa más que náuseas y devaluación del apéndice, conozco algunos jueces de plaza que me distinguen con su amistad y mi menda les corresponde con respeto, más lo personal nunca será impedimento pa’ señalar los secretos a voces, que cabe la posibilidad de que incluso los señores que suelen ejercer de jueces, no estén al tanto de ellos, y en todo caso se le puede incluso considerar como víctimas de las circunstancias o hasta de sus propias personalidades, ¿Qué cómo está eso? pues como algunos alcohólicos que son los últimos en enterarse de su candidatura al club de Baco.

Cuando en la Plaza México el empresario lo era San Satanás, el galeno Rafael Herrerías se decía o creía que los jueces por temor al endemoniado carácter del promotor o por otras cosas que vaya usted a saber si siquiera existieron (no lo sé, a mí no me constó y por eso nunca hable de ello) y que se resume a que con esa alineación de jueces tan extensa nunca han podido unificar criterios y ni a la hora de juzgar si un toro cumple pa’ ser lidiado de acuerdo a la categoría de la plaza, en los últimos años se desorejaban a las reses con más imaginación y fantasía que la Kriptonita.

El caso es que el thriller que en algunos y con algunos personajes, no con todos, ¡afortunadamente! empieza conjuntamente con los empresarios, los ganaderos, los picadores y los jueces, que agarrados de la mano, son las gentes menos aceptadas y hasta por el contrario, ¿la causa?, en orden; los empresarios por la razón que casi siempre será muy difícil complacer a todos en el armado de los carteles, sumándole a ellos las ganaderías de bravura laxas que adquieren y que van en contra del espectáculo desde el punto de vista de los aficionados, esto mismo alcanza a los ganaderos a los que se les sataniza por vender animales que no son propios como ya se dijo pa’ la categoría de determinadas plazas, en estos caso digo que hay tres clases de ganaderos, los que lo son por tradición y/o afición, los que están en esto por esnobismo y los que lo hacen por puro negocio, a tanto la edad, a tanto el kilo… el que sigue, los picadores por tradición ya se sabe la animadversión que existe hacia ellos.

Con los jueces dicen los de pipa y guante y los de galería, es decir todos, que chorrean hasta derramar un innecesario, injustificable y chocantisimo exceso de protagonismo, cuando reciben al paseíllo de las cuadrillas con ese porte echando el pecho tricolor, la mirada del orgullo, los brazos elevándolos como lábaro patrio en 16 de septiembre desde el balcón presidencial, luego ese jaloncito cortito y vigoroso como la preparación del Jab fulminante del Ratoncito Macías el cual usaba pa’ mostrar el músculo y la quitada del sombrero texano, digna de López Moctezuma en un film del Indio Fernández, ahí a la gente se le revuelve el estómago y se las empieza a guardar, pues si bien la fiesta no es de descamisados tampoco puede ser paradigma de ostentación de un hombre que es empleado delegacional y al que solo le falta la Banda Presidencial.

Y vienen el acto estelar, el del cobro de factura, el que se da a la menor posibilidad de alharaca sin importar si hubo faena o cachondeo, estocada o lo que se le parezca, la gente con esa muina guardada y sin reparar quien sea el torero, en lo que hizo o dejó de hacer, se empiezan a enchufar en los tendidos a través de los kleenex o pañuelos desechables y el juez ve una oportunidad de volver a enseñorearse desde el palco presidencial y es en ese momento cuando le empieza a reventar la ulcera a los miles de aficionados, al darse el trance de por estilo o costumbrismo usía se hace del rogar con desplantes que van de lo rondeño a lo gitano y abajo la gente con las piedras en el hígado moviéndosele como licuadora, está que arde, y ahí viene el temple del juez que aguanta estoico, incólume, que se desgañite la masa, que ruja la prole pañuelo en mano, que el de abajo siempre sea el de abajo… ¡va la oreja!

Y aquí es donde hay que excluir al matador, al torero, al torerín, el que al momento de recibir la oreja de mentiras que fue exigida un segundo antes, es avasallado ahora por un tsunami de pitos, de contras, de infundios, de gritos, de peladeces, de reproches, pero que hay que diferenciar las manifestaciones negras que siempre lo son para el juez y la oreja de la discordia pues aquí el de luces, se vuelcan sobre de ella hasta casi arrebatársela al alguacilillo, creyendo en las más de las veces que la merecen sin importar la kermes de los alaridos insultantes, ¡no, no, no!, regrésala, tírala, fuera, buú…buú…

En Madrid un torero, un señor, un educado llamado Cayetano con toda la dignidad del mundo en la Feria de San Isidro, dicto la norma de la categoría y el respeto supremo del que debe de hacer gala un matador de toros, con motivo de una oreja dudosa; silenciar primero a la turba rijosa, congelar la acción en el tiempo y ya con la tormenta amainada levantar la cara del triunfo de la cordura, de la conciliación, del poner las cosas en su real contexto.

¿Habremos aprendido la lección?

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